Problemas candentes de nuestro movimiento

2 mayo, 2015 por arenaslibertad

Artículo "Problemas candentes de nuestro movimiento" 
extraído del libro Por dónde empezar
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Cuando el enemigo nos ataca…

Toda persona que de alguna manera participe activamente en el movimiento democrático y revolucionario de nuestro país, conoce la existencia de diversas corrientes políticas que circulan en el mismo. Esta proliferación política es algo que siempre ha sucedido en todos los países. Es un fenómeno inevitable que tiene su raíz en la misma naturaleza de toda sociedad dividida en clases. Cuando se agudizan las contradicciones entre estas clases, cuando la lucha de clases remueve hasta sus cimientos a la sociedad, no pueden por menos salir a la luz las más variadas, viejas y “nuevas”, teorías y tendencias. Como es natural, e independientemente de las particularidades con que se nos presentan, nuestro país no es una excepción. De ello se deduce lógicamente que el hecho de que circulen varias corrientes o “líneas políticas” no significa, como algunos ingenuos bien intencionados pretenden, que todas ellas sean variantes más o menos afortunadas de una misma política proletaria. Por el contrario, en el movimiento democrático y revolucionario compiten, por así decir, dos grandes políticas: una proletaria y otra burguesa, y esta última se subdivide en distintas variantes que representan los intereses de éste o aquel sector de la burguesía. La clase obrera no tiene más interés que acabar con la explotación que sufre. Sin embargo, las diversas capas que componen la clase burguesa tratan, cada una por su lado, de llevar el agua de los acontecimientos a su molino.

Esto es inevitable y de una lógica aplastante. Lo que sucede en la práctica, en el desarrollo de la lucha de clases, es que las capas más bajas de la burguesía, por la posición que ocupan entre los monopolistas y el proletariado, adoptan una postura vacilante; oscilan entre el proletariado revolucionario y la burguesía monopolista, y, al fin, o se ponen bajo la dirección del proletariado o bajo la dirección de la oligarquía. Esto es también inevitable, pues este sector de la burguesía -en el que se puede encuadrar al campesinado, a los pequeños comerciantes ya sectores de intelectuales y profesiones liberales- no puede encabezar ni dirigir la revolución; por consiguiente, terminan poniéndose de un lado u otro de los dos grandes contendientes.

Queda claro que una de las principales tareas del proletariado consiste en atraerse a una parte, lo más importante posible, de estos sectores y neutralizar a otros a fin de hacer su revolución. Pero esto sólo puede hacerlo la clase obrera si está organizada y lleva una política independiente de la burguesía, si traza una línea clara de demarcación con su principal enemigo, así como con sus posibles aliados, y se dota del instrumento para ello: el Partido y su línea política.

Ahora bien; en las condiciones en que actualmente se desarrolla la lucha de clases en nuestro país (caracterizada por la falta del Partido de la clase obrera) no es posible aún que esas cosas se den plenamente, por lo que, en tales circunstancias, es normal que estas capas pequeño-burguesas aparezcan con una apariencia de independencia e incluso que sus representantes, organizados en diversos grupos, se presenten como indiscutibles “representantes de la clase obrera”. La realidad es bien conocida de todos como para que nos pongamos ahora a demostrar lo contrario. Lo importante a destacar aquí es que a pesar del radicalismo que predican algunos de esos grupos en sus consignas (manifestado incluso en algunos aspectos de sus actuaciones prácticas), estos representantes de la pequeña burguesía, como las capas que representan en la mayor parte de los casos, marchan actualmente a la zaga de la política de la oligarquía representada en nuestro movimiento por el grupo de Carrillo. Sólo en los casos y lugares en que el proletariado (todavía de forma espontánea o muy débil y poco sistemática) ha rebasado con sus luchas revolucionarias todos los planteamientos revisionistas, se han movilizado estos sectores colocándose bajo la dirección de la clase obrera, tirando así por tierra los programas de los dirigentes pequeño-burgueses y poniendo en crisis a sus organizaciones.

Lo mismo cabe decir respecto al revisionismo, en quien los grupos aludidos encuentran hoy un punto de apoyo y una fuente de inspiración política. La falta del Partido y de un movimiento obrero revolucionario organizado crea esta situación y, lo que en estos momentos resulta más importante a tener en cuenta por nosotros: una reacción por parte de ambos contraria a que sea el proletariado el que se ponga de forma consciente y sistemática a la cabeza del movimiento y lo dirija. Esta reacción contraria a la dirección de la clase obrera y, por consiguiente, a la revolución, se expresa hoy en una oposición, más o menos encubierta bajo diversas formas, a que se reconstruya el Partido. Las posiciones al respecto no están aún muy delimitadas ni de los grupos en cuestión muy definidos, pero tanto unas como otros existen. Bien bajo los supuestos “revolucionarios” sindicalistas, bien bajo los supuestos de la “existencia” del Partido o de la creación de éste por cada nacionalidad. Si existen el Partido (o hay que crearlo en cada nacionalidad) y la lucha consciente del movimiento de masas, está claro que estas cuestiones no serían un problema que tenga que resolver el proletariado de España. Pero los marxistas-leninistas no comulgamos con tales ruedas de molino. Debemos tener conciencia clara de lo que significa todo eso si queremos comprender mínimamente los últimos acontecimientos y su futuro desenvolvimiento.

Últimamente, la actividad llevada a cabo por nuestra Organización, destinada a poner al desnudo el carácter contrarrevolucionario de la política revisionista: nuestra crítica sistemática y nuestro boicot al “pacto” con la oligarquía (que el revisionismo trata de imponer a la clase obrera sirviéndose de esos grupos políticos burgueses), así como a su táctica complementaria, las “huelgas generales políticas” (con las que pretende liquidar el incipiente movimiento revolucionario de la clase obrera); toda esta tarea nuestra desplegada como parte de la labor de esclarecimiento, organización y lucha contra el fascismo, a pesar de las enormes deficiencias y limitaciones, está jugando un importante papel en la radicalización de las luchas de masas en algunos lugares del país; está permitiendo un deslindamiento de campos con el revisionismo por parte de un movimiento cada vez más amplio, y una pérdida acelerada de su influencia entre las masas.

Como era de esperar, estos hechos nos están reportando los ataques más feroces del revisionismo y de algunos de esos grupos políticos pequeño-burgueses. Esto no debe sorprendernos. Es la reacción más inmediata de la burguesía ante los avances  firmes de la clase obrera. Demuestra que la burguesía comienza a preocuparse seriamente y a perder sus esperanzas en la posibilidad de servirse de la clase obrera para sus propios intereses. Y no es para menos el motivo de esta preocupación, pues si antes pensaban repartirse como buenos hermanos el pastel de la explotación del proletariado (naturalmente llevándose los monopolistas la parte del león), ahora no podrán hacerlo, por lo que las peleas entre ellos serán más frecuentes y agudas. Esto sólo puede beneficiar a la clase obrera.

Está claro que ante esta perspectiva, ni los ataques abiertos de unos y otros, ni sus” juicios” a nuestra actuación, lograrán doblegarnos y hacernos desistir de nuestro empeño de esclarecer y organizar a la clase obrera para la lucha revolucionaria, consciente y organizada.

Cada día debemos estar mejor preparados para llevar a cabo esta labor y para desviar los golpes del adversario contra el mismo. En particular hay que resaltar que no deben cogernos desprevenidos en ningún terreno los golpes y patrañas que dirigirá contra nosotros, cada vez con mayor saña, el fascismo, bien a través de sus agentes carrillistas, bien de forma directa a fin de aislarnos y destruirnos. Debemos cerrar filas sin descuidar ningún aspecto de nuestro trabajo. Esto significa, en primer lugar, que debemos incrementar todavía más nuestra ligazón con las masas y estar vigilantes contra las maniobras y celadas del enemigo. A menudo oímos los cantos de sirena de éste para que entremos en su legalidad o en los tinglados que monta el revisionismo como plataforma para entrar en ella. Pero el trabajo de masas es una cosa muy distinta. Estos son verdaderos viveros de agentes y policías. A pesar de ello, los comunistas debemos de estar allí donde estén los obreros para arrancarlos de la influencia reformista y de las garras de la policía, pero en modo alguno se debe llevar la actividad en esos lugares de forma que se ponga al descubierto a la Organización. Los errores cometidos en este sentido pueden traer graves consecuencias.

En segundo lugar, contra los que se “espantan” del veneno arrojado contra nosotros por los revisionistas y comparsas, debemos señalar, como enseña el camarada Mao, que “es malo si una persona, partido, ejército o centro de enseñanza no es atacado por el enemigo, porque eso significa que ha descendido al nivel de éste”. Si el revisionismo nos ataca y nosotros atacamos al revisionismo, está claro que es porque nosotros no hemos descendido a su nivel de traición ni esos traidores están dispuestos a ponerse al nivel de la revolución. Muchos camaradas se duelen de que trotskistas y revisionistas coincidan en llamarnos “fascistas”, y no hay motivo para ello. Esto es muy normal que lo digan ante la falta de argumentos con qué atacar a los revolucionarios. (También Lenin y los bolcheviques fueron acusados por la burguesía y los mencheviques de ser “agentes del imperialismo alemán”). Nosotros no debemos enfadarnos, pues si lo dicen los revisionistas y otros traidores a la clase obrera eso no es malo y contribuye a su desenmascaramiento completo, ya que los comunistas llamamos a los revisionistas socialfascistas demostrándolo cada día, y las masas lo tienen cada vez más claro, mientras que ellos nos llaman fascistas y otras cosas por el estilo, lo que no demuestran ni podrán demostrar jamás. He ahí la diferencia en esta disputa: “Es bueno si el enemigo nos ataca, porque eso demuestra que hemos deslindado los campos con él. Y mejor aún si el enemigo nos ataca con furia y nos pinta de negro y carentes de toda virtud, porque eso demuestra que no sólo hemos deslindado Los campos con él, sino que hemos alcanzado notables éxitos en nuestro trabajo” [i].

Tal es nuestro caso. Es indudable que no sólo hemos deslindado los campos con el enemigo, sino que también hemos logrado éxitos en nuestro trabajo, y como ambas cosas constituyen la base más firme y segura de nuestros triunfos futuros, es de esperar que en lo sucesivo los ataques del enemigo dirigidos desde todas partes contra nuestro movimiento y su vanguardia serán cada vez más frenéticos, a medida que la fosa existente entre ellos y nosotros se vaya haciendo más ancha y profunda y logremos nuevos y más decisivos éxitos.

Por ello, se hace necesario que estemos cada vez mejor preparados en todos los aspectos. Pero ¿se puede hallar una base más firme, una cuestión más candente, política y práctica, para llevar a cabo nuestro trabajo que el desenmascaramiento de las maniobras del “pacto” y las huelgas liquidadoras del revisionismo? Es indudable que no. Sólo esta tarea nos puede ayudar enormemente en estos momentos a aislar al revisionismo, esclarecer a las masas, impulsar sus luchas y reconstruir el Partido. Por eso, en este aspecto, nuestro esfuerzo se debe centrar en poner al descubierto esa política traidora del revisionismo a la vez que vamos perfilando y avanzamos de forma cada vez más clara y sistemática la línea de nuestra revolución.

Las desviaciones revisionistas sobre
las huelgas y las alianzas, y las posiciones revolucionarias marxistas‑leninistas

Ya hemos señalado cómo, con la política del “pacto” y de la “huelga general”, el revisionismo viene tratando de engañar a las masas y de destruir el movimiento revolucionario sirviéndose de otros grupos pequeño-burgueses. Esta política que aplica hoy el revisionismo en España, no obstante las peculiares condiciones de nuestro país, no varía en nada respecto a la que lleva a cabo en otros países europeos. Es la política tradicional de la socialdemocracia, del capital financiero, en el seno del movimiento obrero y popular. La socialdemocracia siempre ha tratado por todos los medios a su alcance -y no son pocos- de supeditar el movimiento obrero a los intereses de los monopolios, haciendo del movimiento un instrumento dócil en manos de las fracciones parlamentarias de esos partidos. La política de pactos con la llamada burguesía “democrática”, las combinaciones de “izquierda” o de “centro-izquierda” y otros cambalaches por el estilo acompañado de las amenazas de “huelga general” que utiliza el revisionismo, no son otra cosa que la táctica que emplea la burguesía para engañar a las masas obreras y encubrir la supeditación del movimiento al “cretinismo parlamentario”, a los pactos para la venta de los intereses del proletariado por un plato de lentejas. Esto les reporta a los jerifaltes revisionistas buenas tajadas en empleos tranquilos y bien renumerados como premio a su traición.

Tal es el meollo de la política de la burguesía, de la política que propugnan y tratan de poner en práctica Carrillo y su grupo en nuestro país. Lo que sucede es que en España no existe el parlamentarismo burgués dado el alto nivel alcanzado por la lucha de clases. La burguesía se sirve de la forma parlamentaria de poder como la más deseable, fina y “civilizada” de ejercer su dictadura; cuando esta forma ya no le sirve para engañar y contener a las masas, recurre a la forma de poder fascista. Pero ocurre que ya en España no valen ni una ni otra. La guerra nacional revolucionaria fue una gran lección histórica para las masas respecto al parlamentarismo, y después de 33 años de terror fascista esta forma se muestra también incapaz de contener el movimiento que ya hoy lo desborda todo. El parlamentarismo y el fascismo están muy desgastados en España: ni engaña el primero ni atemoriza el segundo a nadie a pesar de que, como única salida, la oligarquía pretende engañar a la vez que acuchilla al pueblo y a sus luchadores de vanguardia; no puede renunciar a ninguna de estas dos cosas; una es complemento de la otra.

El fascismo, como forma de poder de la gran burguesía correspondiente a la etapa monopolista, se ha convertido en España en un tigre de papel: tiene colmillos auténticos pero nada puede hacer frente a las aspiraciones de auténtica libertad del pueblo. La cuestión para ella es contar con una base social en qué apoyarse (cuanto más amplia mejor) y que incluya a un vasto sector de la clase obrera. Pero todos estos proyectos se vienen una y otra vez abajo por el impulso de la lucha revolucionaria del pueblo encabezado por la clase obrera. Y mientras esta lucha se dé en la proporción actual todos sus planes de “apertura”, de “democracia”, no son más que vanos deseos irrealizables, y ellos lo saben. Por eso tienen que liquidar al movimiento revolucionario que, a pesar de la falta del Partido, del empleo a fondo de la represión y de la labor desmoralizadora y disgregadora del carrillismo, surge cada día y se desarrolla con mayor fuerza y extensión.

Hay que tener en cuenta que para la oligarquía no se trata de consolidar posiciones ya conquistadas en el movimiento obrero y popular, como sucede en otros países europeos, sino de ganar esas posiciones. Esto hace que la labor de nuestros revisionistas -hay que reconocerlo- resulte mucho más difícil, esté plagada de contradicciones y, por tanto, más próxima al fracaso. Por eso los carrillos y cía, se ven obligados a actuar con mucha más cautela, utilizan el guante blanco y una demagogia mucho más rastrera para cometer y encubrir sus fechorías; también por esto, aquella organización (sólo puede serIo una organización marxista-leninista) capaz de penetrar los “misterios” de este santuario de la mafia política, capaz de poner al descubierto sus “secretos” esclareciendo a la clase obrera y organizándola para la lucha contra el fascismo y todos sus lacayos, esa organización se atrae, como hemos visto, todas las calumnias y el odio más feroz de los contrarrevolucionarios. Y eso porque de hecho dicha organización se ha situado a la vanguardia del movimiento revolucionario.

Las huelgas políticas y las alianzas
en la perspectiva de la insurrección
armada de masas

Todo verdadero comunista sabe que las huelgas (en particular las huelgas políticas) y las alianzas del proletariado con otras clases o capas revolucionarias, constituyen dos partes fundamentales de la estrategia y la táctica de todo partido comunista auténticamente revolucionario. Pues mientras que las huelgas, durante un largo periodo, son el principal método de lucha de la clase más explotada y oprimida, su alianza con otras clases y capas que padecen también, aunque en menor medida, la explotación y opresión monopolista, garantiza al proletariado poderosos aliados para hacer la revolución.

Sin embargo, el problema que se plantea es el siguiente: huelgas generales políticas y alianzas ¿para qué? ¿Hacia dónde deben apuntar?

En primer lugar, no cabe discusión en cuanto a que las alianzas entre dos clases sólo son posibles cuando tienen por delante un enemigo común y poderoso. Por ejemplo, el fascismo y el capital monopolista en España. El proletariado de España tiene interés en destruir el aparato estatal fascista y en expropiar a los monopolistas. En ello no tienen nada que perder y sí mucho que ganar. También está interesado en implantar la democracia más profunda, porque con ello tampoco va a perder nada. Con estas cosas tiene por delante un mundo nuevo que ganar. Pero ¿acaso perderían algo los campesinos, las nacionalidades y otras amplias capas de la población? ¿No tienen todos el mismo interés? No hay duda de ello. Todos, junto a la clase obrera, están interesados en liquidar el fascismo, en expropiar a los monopolistas e implantar la democracia más amplia y profunda. Pero para eso hay que forjar una sólida alianza; lograda ésta en la lucha ¿quién garantizaría esa democracia y las transformaciones revolucionarias más urgentes y necesarias? Esto sólo lo puede garantizar un gobierno que sea del pueblo y revolucionario, y un gobierno de tal tipo sólo puede ser el que se sostenga sobre el pueblo en armas.

Así pues, el objetivo político fundamental, tanto de las huelgas políticas como de las alianzas del proletariado, no puede ser otro que el de la insurrección armada popular para conseguir imponer un gobierno provisional revolucionario que acabe con el fascismo y recoja la voluntad del pueblo. Este gobierno provisional convocaría elecciones libres para una asamblea de representantes de las organizaciones del pueblo, de la cual saldría la constitución y el nuevo gobierno.

Así se resume la estrategia y la táctica del comunismo (otra cuestión, que luego veremos, es la de si hoy, en nuestro país, la clase obrera está en condiciones de abordar firmemente estas tareas). Stalin dice que “la estrategia y la táctica del leninismo son la ciencia de la dirección de la lucha revolucionaria del proletariado”. Por lo que hemos dicho queda claro que el proletariado no puede en ningún momento renunciar a esa ciencia para conducir al triunfo a la revolución (y aquí no caben las charlatanerías ampulosas y pedantes sobre el “carácter” y los “objetivos finales”). Como está indicado, se trata de la estrategia y la táctica del leninismo, de la ciencia de la dirección de la clase revolucionaria, y no de la “ciencia” política de la burguesía para engañar a la clase obrera.

Esta “ciencia” burguesa, como decía Lenin, “deja en la sombra la cuestión del derrocamiento del gobierno… (Pero) nosotros debemos colocarla en primer plano e insistir en la necesidad de un gobierno provisional revolucionario. Es más, debemos indicar el programa de acción de dicho gobierno, programa que corresponda a las condiciones objetivas del momento histórico por el que estamos atravesando ya las tareas de la democracia proletaria” [ii].

Tendremos que hablar mucho de estas cuestiones en el futuro. Lo que importa subrayar ahora es que todo esto forma la base fundamental de la táctica y la estrategia del marxismo-leninismo; forman, junto a las tesis marxistas-leninistas sobre las huelgas políticas y sobre las alianzas del proletariado, lo que constituye la universalidad del marxismo-leninismo, universalidad que -¡para qué hablar del revisionismo!- nuestros “comunistas” más fogosos han arrinconado, entregándose a las más mezquinas deformaciones pequeño-burguesas y sindicalistas de la política proletaria.

Especulando con la consigna de huelga general política y con la necesidad que tiene el proletariado de contar con aliados para llevar a buen fin la revolución, los partidos socialdemócratas y sus herederos revisionistas han despojado a esa política de todo lo que hay en ella de revolucionario, tratando de convertirla en un instrumento útil para el gran capital. Han despojado a la consigna de huelga general política de lo más esencial: su transformación en insurrección armada de masas, y a la política de alianzas del proletariado del único aliado natural y seguro: el campesinado.

De este modo, las huelgas generales y los pactos, más que en una manifestación de fuerza del pueblo frente a sus enemigos, se convierten en actos de impotencia, en mascaradas pacifistas, fáciles de asimilar por el capitalismo, y en masacres de los destacamentos avanzados del movimiento.

Ya se ve que no exageramos al llamar a los jefes revisionistas socialfascistas ni actuamos como “policías” cuando nos oponemos con energía a sus maniobras liquidacionistas.

Hace mucho tiempo que Lenin señaló de modo rotundo que “la huelga general, como forma independiente y principal de lucha, ha caducado, que el movimiento, con fuerza espontánea e irresistible, rebasa este estrecho marco y engendra la forma suprema de lucha: la insurrección” [iii]. Ya, ya… nos dirán los oportunistas, y nos opondrán incontables “argumentos”. Por nuestra parte no vamos a insistir mucho, no vamos a referirnos a los numerosos ejemplos de todas las revoluciones. Sólo indicaremos las experiencias más cercanas y conocidas de todos. ¿Recuerdan el movimiento del 68 en Francia? O, más reciente y próximo a nosotros, ¿se han parado a analizar mínimamente las experiencias de Asturias, de Granada, Sevilla, Erandio, Barcelona, Vitoria, Ferrol, Vigo, etc.? ¿Conocen el significado del movimiento insurreccional de 1909 en Cataluña, el de 1917 en toda España, el del 34 en Asturias y otros lugares?

Lenin tampoco exagera al analizar el alcance preciso de las huelgas generales. Nosotros, como él indica, debemos poner todo esto muy en claro: debemos “proclamar bien en alto la insuficiencia de las huelgas políticas; debemos propugnar entre las grandes masas la insurrección armada” y poner al descubierto todos los “tapujos”, todo lo que tienda a ocultar la “guerra encarnizada” que deberá librar el pueblo para lograr su libertad plena.

Claro que para eso la clase obrera necesita estar organizada como clase independiente y contar con una vanguardia disciplinada y clara que la dirija a través de las grandes batallas que ha de librar. También precisa de unos aliados. Sin estas dos cosas la insurrección está abocada al fracaso, y nosotros, comunistas, no podemos jugar a la insurrección, no podemos utilizar al pueblo como conejillo de indias. El problema, en todo caso, consiste en ver si el proletariado, dirigido por su vanguardia, es capaz de reunir en torno suyo al campesinado y a otros sectores y en qué condiciones puede hacerlo. Lenin dice que “la experiencia de todas las revoluciones y de todos los movimientos de las clases oprimidas, la experiencia del movimiento socialista mundial, nos enseña que sólo el proletariado es capaz de reunir y arrastrar consigo a las capas dispersas y atrasadas de la población trabajadora y explotada” [iv].

No nos vamos a detener a confirmar con datos y experiencias de nuestro país y del extranjero estas afirmaciones. Basta con recordar el ejemplo de Vietnam y de las luchas de Vigo para comprender la justeza de esas afirmaciones. Sólo falta ver las condiciones en que esto se realiza, como haremos a continuación. Pero ya podemos comprender con más claridad el abismo existente entre la política de la burguesía para la clase obrera y la del proletariado revolucionario en relación a dos cuestiones tan fundamentales como son las huelgas generales y las alianzas.

Desprovistas éstas de su contenido científico-revolucionario, y cuando se hace más necesario pertrechar al proletariado y a su vanguardia de la política y el instrumento capaces para hacer la revolución, los traidores a nuestra clase y a la causa socialista vienen utilizando ambas cosas de forma que sean “instrumentos de paz y no de guerra” (desarmando así a la clase obrera frente a la guerra permanente que mantiene contra ella el gran capital).

Poner al descubierto estas patrañas burguesas y organizar a las masas para que actúen en consecuencia, son las tareas más importantes del momento. Ante la magnitud e importancia de tales tareas, ¡qué ridícula y mezquina aparece la actividad sindicalista que llevan a cabo ciertos grupos “comunistas “, empeñados en hacer de esta labor suya nada menos que la “responsabilidad del movimiento obrero en su conjunto”!

La organización independiente del proletariado
es condición indispensable para el desarrollo
de la lucha

El cuadro general que hemos descrito quedaría incompleto si no hiciéramos algunas referencias a lo que sin duda harían los del “pacto” si, aprovechando el estado actual de desorganización, lograran llevar las cosas por el sendero de los intereses de la oligarquía. Aquellos que mantienen todavía alguna duda al respecto, que repasen mínimamente nuestra historia más reciente. Verán que la “Ley de Defensa de la República”, la de “Tenencia ilícita de armas”, sobre “Jurados mixtos”, “Orden Público”, etc… fueron todas promulgadas, por el gobierno del “pacto de San Sebastián” y destinadas a desarmar al proletariado e impedir su lucha para explotarlo más fácilmente. Tal fue el papel que jugó el gobierno republicano-socialista: “legalizar la contrarrevolución”.

Por otro lado, las actuales maniobras pactistas, con su complemento de huelgas generales, no son cosas nuevas ni las han inventado Carrillo y su grupo en España: tenemos los precedentes de la Asamblea de Parlamentarios de Cataluña de 1917 y la ya citada de San Sebastián. Las dos aplicadas con buenos resultados para la burguesía. Esto hace que una y otra vez ésta trate de utilizar esa experiencia como la mejor arma en contra del movimiento obrero revolucionario. ¿Significa todo esto que el comunismo rechaza las huelgas generales y las alianzas políticas?

Vimos anteriormente que no, que la cuestión estriba en que, tanto una cosa como la otra, el comunismo las emplea basándose en una táctica y una estrategia científicas y revolucionarias, esto es, buscando el momento oportuno y con el objeto de destruir el aparato del Estado burgués y edificar uno nuevo, no para desviar a la clase obrera y reforzar el Estado monopolista.

Así pues, podemos considerar que las huelgas políticas son el medio principal de educación de las masas con vistas al derrocamiento del Estado burgués. Lo mismo cabe decir de las alianzas. Unas y otras, si no las provoca el revisionismo para sus fines liquidadores, se pueden producir de forma espontánea, más o menos organizada e inconsciente. Es lo que estamos viendo a menudo. Pues bien, son estas huelgas las que hay que generalizar dotándolas de una organización y un programa. Para ello es preciso que la clase obrera se organice y avance el programa de esa unión del pueblo. Mientras esto no sea una realidad que imprima su sello a todos los acontecimientos importantes, mientras los comunistas nos distraigamos en desarrollar una actividad sindical o en participar en los “pactos” y huelgas del revisionismo, no dejaremos de ser unos seguidistas y haremos mucho daño al movimiento, pues de eso sólo se beneficia la burguesía. Todo “pacto” o “huelga general” que no tenga como objetivo la educación y organización de las masas para la destrucción del poder burgués, única mente beneficia a la burguesía, desmoraliza y desorganiza a las masas. Este es el objetivo que el enemigo de clase anda buscando continuamente.

Por eso, a esta política burguesa hay que responder desenmascarándola sin andarse por las ramas, sin “tapujos”, desarrollando a la vez el movimiento revolucionario de la clase obrera y de otros sectores de la población en la persecución de sus objetivos.

El P.C.E., durante la época en que fue dirigido por José Díaz, actuó de esta forma, al igual que todo auténtico partido comunista. En el período de construcción del partido, de la organización independiente de la clase obrera, pese a sus múltiples errores, el partido actuó basando toda su estrategia y táctica en la preparación de las condiciones para que la clase obrera, a partir de su independencia política y orgánica, pudiera encabezar y dirigir a todo el movimiento democrático y revolucionario. Puede decirse que a partir de los acontecimientos de Asturias esa etapa había concluido en lo fundamental: la clase obrera, en gran número, había roto con la socialdemocracia y comenzaba a orientar sus pasos por el camino que señalaba el P.C.E. Esto provocó una polarización de fuerzas muy favorable a la clase obrera, la cual comenzó a atraerse a importantes sectores de la población. Fue entonces cuando la gran burguesía se vio obligada a recurrir a los métodos fascistas. De esa manera, la situación cambió radicalmente: Las posiciones hegemónicas que había conquistado el proletariado en el movimiento popular le dotó de suficiente fuerza y capacidad para proseguir la lucha por sus objetivos de clase en otro terreno: en el del frente antifascista.

Los trotskistas y otros oportunistas nunca podrán comprender estas cosas, a las que ya en otras ocasiones hemos hecho referencia. Se pierden en palabrería demagógica sin entender nada. Incapaces de hacer el análisis concreto de cada situación para aplicar soluciones adecuadas a cada caso, se transforman irremediablemente en agentes del fascismo, se pasan una y otra vez al campo del enemigo. En la etapa de desorganización de la clase obrera, colaboran con la burguesía y tratan de que ésta atrape al proletariado entre sus zarpas. En el momento de la hegemonía del proletariado, acusan a su vanguardia de colaborar con la burguesía. Así siempre atacan a la revolución, siempre atacan al comunismo y colaboran con el revisionismo y el fascismo.

 

Editado en BANDERA ROJA nº 19, noviembre de 1972

[i] Mao Tse-Tung: “Ser atacado por el enemigo no es una cosa mala sino una cosa buena”.

[ii] V.I. Lenin: “Dos tácticas de la socialdemocracia”.

[iii] V.I. Lenin: “Las enseñanzas de la insurrección de Moscú”.

[iv] V.I. Lenin: “La democracia burguesa y la dictadura del proletariado”.

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