Bajo el monopolismo no hay lugar a las ilusiones parlamentarias y pacifistas

17 mayo, 2015 por arenaslibertad

Extraído del artículo "El punto de viraje" 
incluido en el libro El fin de la Reforma
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El monopolismo, como lo dejó bien sentado Lenin, tiende a la reacción política y no a la democracia. Los revisionistas y otros oportunistas de su misma calaña, pueden desgañitarse hablando de la “evolución” política del régimen monopolista y fascista español hacia formas “democráticas”. Ya nadie mínimamente consciente los va a creer.  Si se produce algún cambio en la situación política del país, no será por la propia dinámica del régimen, sino pese a él, contra él y por la presión del movimiento de masas. En otros países capitalistas, sucede algo parecido. La base económica del liberalismo político, la economía de libre competencia, ha pasado para nunca más volver, y el monopolismo tiende al control por una exigua minoría, y a la supeditación a sus intereses, de toda la vida económica, política y social. Sólo en las condiciones donde el revisionismo es fuerte, donde la ideología burguesa ha conquistado importantes posiciones en las filas obreras, la burguesía monopolista puede permitirse el lujo de conservar una apariencia de libertad.

En esos países, para el partido revolucionario del proletariado es obligado utilizar el parlamento, los sindicatos, la legalidad vigente, a fin de organizar y desengañar a las masas que todavía confían en el aparato represivo y explotador burgués. La lucha, por el momento, se desenvuelve en el marco de la legalidad y adopta formas relativamente pacíficas. El objetivo del Partido es, como ya hemos dicho, organizar y educar cada vez mejor a las masas, defender e incrementar sus conquistas y prepararse así para el derrocamiento violento del capitalismo. Las condiciones para ese derrocamiento están madurando a ojos vistas y se presentarán más tarde o más temprano. Tomemos ahora el ejemplo de los países coloniales y semifeudales. En esos países no existe parlamento, ni sindicatos obreros, ni tradiciones políticas propias de toda sociedad desarrollada. Las masas viven ahí en condiciones de la más absoluta miseria, explotadas y oprimidas por el imperialismo y la reacción interna. En tales condiciones, la única manera de liberarse consiste en desarrollar, desde un principio, la lucha armada, la formación de un ejército y de un amplio frente popular y nacional.

España, está claro que no es un país colonial ni semifeudal. Tampoco existen libertades, ni sindicatos obreros legales. Las huelgas y otras formas de lucha están prohibidas y por ese motivo, cualquier acción de masas que se produce, inevitablemente, se politiza con gran facilidad y apunta directamente contra el Estado de la oligarquía financiera. España es un país de capitalismo monopolista de Estado y de régimen fascista fuertemente centralizado y sin ningún tipo de defensa que lo preserve de las oleadas revolucionarias. Esto explica el estado latente de enfrentamiento del pueblo con el monopolismo y el estado a su exclusivo servicio. Además, en nuestro país, se conserva una gloriosa tradición de lucha; el parlamentarismo y la legalidad burguesa, esos trastos viejos del capitalismo, han quebrado completamente; el mismo régimen fascista los ha hecho añicos y ya no los puede componer por mucho esfuerzo que viene haciendo.

En tales condiciones, ¿qué métodos de lucha son los más apropiados? El parlamentarismo, la “sosegada” sociedad liberal burguesa o cualquier otra modalidad de dictadura de la burguesía resultan mejor que el régimen fascista. Nosotros, comunistas, podríamos trabajar más y mejor, o al menos resultaría más cómodo nuestro trabajo. Las masas podrían organizarse, etc. Pero ¿para qué hacerse ilusiones vanas? En España no puede darse más que una forma más encubierta de régimen fascista o una verdadera democracia de tipo popular. Esto no quiere decir que no se produzca una crisis que nos permita, durante un corto período, trabajar más abiertamente, fortalecernos e incluso abrir una brecha aún más grande de esta manera.

Más, ¿todavía puede alguien creer que las flamantes “asociaciones”, aún en el caso de que adquieran el aspecto formal de partidos, con sus pomposos nombres de “popular”, “democrático” y otras maravillas de la imaginación, van a conseguir engañar a mucha gente? Nosotros lo dudamos. Una guerra civil, que todavía dura, y 40 años de régimen fascista no son cualquier cosa, no pasan en balde. Menos aún si los actuales “demócratas” hicieron y hacen la guerra al pueblo. Un Ruiz Giménez, un Gil Robles, un Fraga o un Carrillo (ni todos juntos ni por separado), van a jugar mejor papel que Solís, Arias, Cabanillas, etc. ¿Existe algún otro equipo de “repuesto” con suficiente prestigio entre las masas y la confianza necesaria de la oligarquía? Ningún país del mundo y ninguna otra revolución ha pasado por el mismo camino. Por eso, quienes se aferran a esquemas, sin analizar las condiciones de su país, su historia, la psicología de las masas que lo habitan, etc., sólo pueden recoger fracasos. Pero, además, no hemos sido nosotros los únicos ni los primeros en concebir las cosas de este modo. Lenin ya habló de los problemas de la lucha que se plantearían en un “presidio” como es nuestro país bajo el fascismo: “Cuando se mantiene la propiedad privada de los medios de producción, todos los pasos hacia una mayor monopolización y nacionalización de la producción se ven, inevitablemente, acompañados de una creciente explotación de las masas trabajadoras, de un aumento de la represión, de crecientes dificultades para ofrecer resistencia a los explotadores, de un crecimiento de la reacción y del despotismo militar” [1]. ¿Cabe hablar, en semejantes condiciones, de los viejos métodos de lucha, del parlamentarismo, del legalismo, de los “pactos”, “alianzas” o “compromisos históricos”? Naturalmente, cabe hablar, sólo que para una cosa: para sostener el tambaleante régimen burgués.

Un futuro sombrío para la oligarquía

Sin ser España un país colonial y semifeudal, la lucha de clases adquiere cada vez más la forma de una lucha de todo el pueblo, dirigido por la clase obrera, contra una ínfima minoría oligárquica aislada y que, para sostenerse, se ve obligada a emplear los métodos de un ocupador fascista extranjero. Fomentar la resistencia contra ese enemigo de todo el pueblo, aislarlo completamente, golpearlo en todas partes, crearle todo tipo de dificultades, hacer imposible su “gobierno” de terror y expoliación, de modo que todo eso se convierta en un poderoso movimiento de resistencia popular dirigido por la clase obrera, es la única vía posible de lucha en España.

Esto no quiere decir que renunciemos a la utilización de cualquier posibilidad de trabajo legal, o que vayamos a dejar en manos de los oportunistas la bandera de la lucha por la consecución de mejoras. Los recientes acuerdos tomados por nuestro Comité Central creemos que no dejan lugar a ninguna duda a este respecto. Pero va a ser tan estrecho el margen que, incluso para arrancar una pequeña reivindicación, habrá que librar una verdadera y prolongada batalla social. ¿Qué debemos decir a las masas?, ¿que todo va a resultar muy sencillo, que no harán falta los esfuerzos y la lucha más encarnizada, que no deben de prepararse para ello? 0 a los camaradas y amigos que son tiroteados y perseguidos cuando van a tirar una octavilla o a colocar un cartel, ¿les pediremos que vayan con las manos vacías?, ¿diremos a las masas y a los camaradas: no exigir nada, no hacer nada?, ¿¡es eso lo que tenemos que hacer!? Al parecer, el régimen monopolista no deja otra salida. Pero sí que la hay y no es tan desesperada como parece. En el cuadro de la realidad que hemos descrito hay muy poco lugar para lo que llamamos “lucha clásica”, parlamentarismo, legalismo, etc. y, la verdad sea dicha, no hay ningún motivo para lamentarse de ello. Sabemos que más de uno se va a poner las manos en la cabeza ante una afirmación tan rotunda. Los datos que nos han llevado a la misma, ya han sido suministrados.

El régimen fascista en España tiene dos alternativas: seguir como está o mudar de fachada. En ninguno de estos dos casos se va a solucionar nada y, como es lógico, la oligarquía no se va a suicidar; no va a renunciar a sus privilegios, no va a devolver voluntariamente al pueblo lo que le ha robado con las armas, no va a demoler el monstruoso aparato burocrático-represivo que ha ido creando a través del tiempo. Por consiguiente, es también muy lógico y natural que las masas, y menos aún la clase obrera, no entrarán por el aro de esas dos alternativas. ¿Quiere esto decir que no existe otra? En modo alguno. Pero esa otra alternativa ya no es propiamente una alternativa del régimen; es una alternativa contra el régimen: Gobierno Provisional democrático revolucionario, consejos obreros y populares, nacionalización de los monopolios y del capital financiero, derecho a la autodeterminación de las nacionalidades de España, etc. Tal es la alternativa que propone al pueblo nuestro Partido. Con ella se comenzarían a resolver todos los problemas. Queda claro que eso no se puede lograr sin derrocar antes, sin demoler hasta los cimientos al podrido régimen fascista-monopolista.

Ahora cabe hacer la siguiente pregunta: ¿Seremos capaces de tirar al fascismo y de acumular la suficiente fuerza para marchar hacia el socialismo sin pasar por una etapa de régimen parlamentario burgués? Nosotros afirmamos: sí, somos capaces, y eso es perfectamente realizable. La clase obrera de España, dirigida por su Partido (y lo será con un poco de tiempo), atrayéndose a los campesinos pobres y otras capas populares con su lucha resuelta, es más que suficiente para derrotar al fascismo, crear un régimen de verdadera libertad para el pueblo, sin fascistas y sin monopolistas, y marchar así al socialismo sin necesidad de pasar por el parlamentarismo burgués, imposible que pueda darse en nuestro país más que a condición de que renunciemos a toda mejora ya todo derecho. En ese caso, ¿para qué serviría? Sólo para una cosa: para lavar la cara y legalizar al fascismo. Esa podredumbre, ese trasto viejo, no nos hace falta para nada, ha muerto, y bien muerto está. Resucitarlo resultaría una comedia. Las masas, por las propias necesidades de la lucha han prescindido por completo de él y han creado formas nuevas, superiores, de lucha. Llegado el momento, el pueblo se dotará de una forma política de Poder mil veces más democrática y económica que la más “democrática” forma parlamentaria burguesa. ¿Cómo? Eso ya lo veremos. Una cosa está bien clara: es una completa mixtificación, una falsedad en la que han abundado los revisionistas, suponer que no existe otra forma de lucha revolucionaria, ni otra vía para llegar al socialismo, que la parlamentaria y legalista.

Publicado en BANDERA ROJA

2ª Época – año 1- nº 5, noviembre de 1975

[1] V.I. Lenin: Discurso pronunciado en el II Congreso de la Internacional Comunista.

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