Es la guerra

14 junio, 2015 por arenaslibertad

Artículo "Es la guerra" 
extraído del folleto La guerra imperialista
PARA DESCARGAR EL FOLLETO PINCHA AQUÍ -> La GuerraImperialista

Extracto del Informe Político del C.C. presentado por el camarada M.P.M. (Arenas) al III Congreso del Partido. Julio de 1993.

Aún no había terminado de ser demolido el Estado Soviético, cuando las contradicciones interimperialistas comenzaron a ocupar el primer plano de la escena internacional. Consecuencia inmediata de este derrumbamiento y del resurgimiento de la Gran Alemania fue la guerra del Golfo, que nuestro Partido calificó, nada más comenzar, como la primera batalla de la III Guerra Mundial. Esta llamada de alerta fue recibida por mucha gente con claras muestras de escepticismo. Pero, ¿cómo? ¿Una nueva guerra mundial ahora, cuando ha desaparecido la única causa que podía provocarla? El coro de la propaganda imperialista, que siempre habla de paz cuando más febriles son sus preparativos guerreros, había logrado crear la confusión necesaria para sus planes. Pero esta situación duró poco tiempo. A la iniciativa yanki de atacar Irak siguió el reconocimiento, por parte de Alemania, de Eslovenia y Croacia. Esta medida, que fue respaldada por los gobiernos de la CEE, si bien es verdad que algunos lo hicieron a regañadientes, habría de suponer la guerra en los Balcanes, y ellos lo sabían, pues no es la primera vez que esto sucede. Inmediatamente, los EEUU respondieron con el “golpe de Minsk”, que de hecho ponía a la Rusia burguesa a sus pies. Y la lucha ha continuado en Somalia y tiende a extenderse. Esta vez no se trata de “contener” al comunismo, sino de ocupar posiciones estratégicas como primer paso del enfrentamiento entre los grandes Estados capitalistas.

Este enfrentamiento aparece cada día más claro e inevitable, por más que traten de disimularlo con ataques a terceros países y utilicen a éstos como intermediarios, azucen a unos pueblos contra otros y siembren el odio y las intrigas por doquier. Es la vieja táctica de los imperialistas de dividir a los pueblos y utilizar cualquier pretexto para agredirlos y someterlos. ¿Cuánto tiempo tardarán los mismos imperialistas en llegar directamente a las manos? Todo depende de cómo se desarrollen los acontecimientos en Rusia y en el área de los Balcanes (…)

Por el momento, pensamos que no se puede detener la agresión y el pillaje de los imperialistas, por lo que tendrá que ser la propia guerra la que los debilite y ponga un límite a sus atropellos. El viejo “orden” no se podía tener en pie por más tiempo, dada la debilidad que aquejaba a la URSS y a los demás Estados Socialistas ya desde su mismo origen. La URSS, particularmente, no ha cesado de estar en guerra y de sufrir el acoso prácticamente durante los 70 años de su existencia. La experiencia de todos estos años había demostrado que no le quedaba más que una de estas dos alternativas: avanzar en la profundización del proceso revolucionario, enfrentándose para ello al imperialismo, o detenerse a mitad de camino para terminar siendo víctima de sus propios errores e inconsecuencias. Pero su derrumbamiento final no ha dado lugar a la aparición de un “nuevo orden” internacional, ni está claro todavía cómo habrá de ser creado éste en las condiciones de crisis general del sistema capitalista. Desde luego, lo que sí se puede asegurar es que EEUU no va a poder imponer la esclavitud a los pueblos por más que lo intente. Su política hegemonista, su pretensión de avasallar incluso a los demás Estados imperialistas, está también destinada al fracaso. Esta es la fuente de la mayor parte de los conflictos actuales. La nueva diplomacia de las cañoneras que han inaugurado, la agresión y ocupación militar so pretexto de “ayuda humanitaria”, el establecimiento de “zonas de exclusión” sin límites para ellos, la utilización de la ONU para sus fines guerreros, expansionistas y avasalladores, la violación de la soberanía de otros países y de toda norma de derecho internacional, todos estos hechos y otras muchas circunstancias, son la guerra, ano ser que consideremos como la cosa más normal, o como ese “nuevo orden,) del que tanto se habla últimamente, el recurso a la fuerza y las demás tropelías que está cometiendo por todo el mundo esa banda de gánsteres y matones que gobierna los EEUU. Lo cierto es que éstos pretenden controlar las fuentes de materias primas y las zonas estratégicas, sin lo cual no podrían tratar de imponerse a las otras potencias imperialistas. Hasta dónde les van a dejar éstas ir, sin verse en el papel de parientes pobres, es cosa que está por ver. Pero en cualquier caso se verán impelidas a luchar, ya que de esta lucha van a depender a partir de ahora sus intereses “vitales”.

¿Qué podemos hacer ante esta situación? En un primer momento, no mucho más de lo que ya estamos haciendo. Hay que tener en cuenta las medidas de sobreexplotación que ya están tomando todos los gobiernos capitalistas para tratar de “salir de la crisis”. Estas están siendo acompañadas de un conjunto de otras medidas de carácter político, policial y militar, destinadas a controlar a las masas ya convertir a los llamados países “democráticos” en verdaderos presidios para los trabajadores. Son previsibles nuevas y aún más draconianas medidas represivas en previsión de la situación de “emergencia” que pueda presentarse a no muy largo plazo. La formación de gobiernos de “unidad nacional”, las expulsiones y deportaciones masivas de inmigrantes o su detención en campos de concentración, como ya ha comenzado a suceder, serán otras tantas medidas de uso corriente. Pero, sobre todo, se desatará una caza de brujas, una persecución feroz de todos los “sospechosos” o susceptibles de ofrecer alguna resistencia y de expresar opiniones contrarias o algo distintas de la opinión oficial. Todo esto se hará, lo están haciendo ya, en nombre de la “democracia”, de los “derechos humanos” y de la lucha contra el “terrorismo”, naturalmente. Como decimos, tal como se presenta actualmente la situación, esta avalancha militarista, fascista, policíaca, va a resultar muy difícil de contener en un primer momento, por lo que al mismo tiempo que la denunciamos, alertando sobre las nuevas cargas económicas, las nuevas masacres y los grandes sacrificios que ha de suponer para las masas populares, debemos prepararnos en todos los terrenos para hacerle frente y meternos en “aguas aún más profundas”, en espera de una situación más favorable que, inevitablemente, llegará. Habrá, pues, que preservar las fuerzas organizadas e incrementarlas hasta donde sea posible, sin exponerlas más de lo necesario, de manera que cuando se presente la ocasión podamos tomar la iniciativa y derrocar al régimen. Más sobre este particular no se puede adelantar en estos momentos.

¿Quiere esto decir que en tal situación no se puede mantener la lucha o que cualquier forma de resistencia acabaría en una derrota? Esa sería una consideración falsa y capitulacionista, puesto que si se parte de esa idea, de la consideración de que la lucha no habrá de servir para nada, ¿para qué tomarse entonces la molestia de resistir? Nosotros estamos convencidos de que al fascismo y al imperialismo se les puede vencer y de que en esta derrota las masas populares habrán de jugar el papel principal. Este convencimiento está avalado por nuestra propia experiencia, pues creemos haber demostrado que, aun en las peores condiciones imaginables de terror fascista, siempre se puede combatir.

Esta misma experiencia es la que nos permite ser objetivos y no precipitar un desenlace que puede resultar desfavorable. Hay que tener en cuenta la correlación de fuerzas a nivel general y más concretamente en nuestro país, la cual resulta ahora a todas luces desfavorable para la causa popular. Esta situación tendrá que cambiar. De hecho ya está cambiando y la guerra no hará sino acelerar mucho más esta tendencia. Debilitará a los Estados imperialistas, elevará la conciencia política de las masas, les mostrará claramente el camino de la lucha armada a seguir para liberarse y, en definitiva, posibilitará un nuevo ascenso de la revolución mundial. Mientras tanto, y hasta que llegue ese momento, debemos ser pacientes y proseguir la lucha de resistencia con todos los medios a nuestro alcance hasta convertirla en guerra civil revolucionaria.

La guerra imperialista, si se produce -y es lo más probable- habrá de facilitar también la obra. Esto que acabo de decir puede parecer paradójico, pero no lo es si consideramos fríamente las cosas. Hoy no está en manos de nadie evitar o detener la guerra. Y por lo mismo, resultaría un grave error lamentarnos, ponernos a lloriquear cuando ésta estalle o sea declarada. La posición del partido revolucionario ante el fenómeno de la guerra no puede ser la de ponerse de parte de los pacifistas o la de tratar de atenuar las contradicciones, sino la de prepararse y preparar a las masas en todos los terrenos para aprovechar dichas contradicciones y llevar a cabo la revolución.

Por lo demás nosotros, comunistas, no somos partidarios de la guerra; incluso se podría decir que somos sus más encarnizados enemigos, puesto que al oponer la guerra civil revolucionaria a la guerra imperialista no hacemos otra cosa sino crear las condiciones que permitirán acabar con todas las guerras. Nosotros no consideramos que la guerra sea una fatalidad, sino resultado de determinadas relaciones sociales, de relaciones entre los Estados y clases que forman la sociedad; tampoco hacemos depender el triunfo de la revolución socialista de la masacre y la catástrofe que supone siempre toda guerra imperialista, pues la experiencia ha demostrado que la revolución puede triunfar sin que se haya producido antes una guerra de ese tipo. Ahora bien, en situaciones como las que enfrenta hoy la humanidad, la guerra imperialista no sólo es posible, sino que podría convertirse en un aliado involuntario de la revolución. Esto ya ocurrió durante la I y II guerras mundiales desencadenadas por los imperialistas y puede volver a ocurrir en la tercera en una escala mucho mayor y, por lo mismo, de forma posiblemente ya irreversible. Pero la revolución, en cualquier circunstancia, es necesaria e inevitable, y es lo único que, en última instancia, puede impedir la guerra. Ambos fenómenos tienen sus causas más profundas en la crisis del sistema capitalista, en la contradicción fundamental que lo corroe por dentro.

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