Una valiosa aportación

20 junio, 2015 por arenaslibertad

Artículo "Una valiosa aportación" 
extraído del libro El fin de la Reforma
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Mucho hemos escrito en los últimos cuatro años acerca de las experiencias más importantes de la lucha de clases en nuestro país y sobre lo que, con demasiada ligereza, se ha dado en llamar “movimiento de Comisiones obreras”. Pues bien, en apoyo de nuestros análisis y apreciaciones ha acudido ahora un folleto (“Charlas en la prisión”) con la firma del señor Camacho, máxima autoridad, si las hay, en la materia.

Qué duda cabe de que con éste y otros folletos semejantes, los carrillistas habrán de conseguir resultados contrarios a los que persiguen. Los obreros avanzados ya tienen una visión clara de las cuestiones que en él se tratan. Por este motivo sólo nos vamos a detener aquí en los aspectos que nos parecen más importantes de dicho folleto y en el sentido ya señalado; es decir, como corroboración de nuestro análisis y apreciaciones anteriores. Sólo cabe agradecer al señor Camacho su valiosa aportación a la difícil tarea de clarificar a la clase obrera. De veras que esta vez, como tendremos ocasión de comprobar en las líneas que siguen, los obreros tienen sobrados motivos para estarle eternamente agradecidos.

“Los trabajadores, aún viviendo en una sociedad infectada de fascismo, como cuerpo vivo en la sociedad no podían morir como clase, sin que pereciera aquella; por ello, como una necesidad histórica, crearon su antivirus, su anti-cuerpo: las comisiones obreras”.

 

Esta sorprendente tesis (sorprendente por su gran originalidad y por la profundidad de pensamiento que revela) alumbra todo el trabajo realizado por Camacho para exponer la historia y los fundamentos de las “comisiones obreras”. Aún a riesgo de que se nos acuse de tergiversadores (no sería la primera vez que ha sucedido) nos vemos obligados a desmenuzar, antes de nada, las brillantes ideas que esa tesis enuncia.

Retengamos la afirmación de que los obreros vivimos en una sociedad “infectada de fascismo”, esto es: en una sociedad moribunda, podrida, donde sólo la clase obrera constituye un cuerpo sano, pleno de futuro. Pero, como tal cuerpo sano en una sociedad que muere, la clase obrera no puede pretender conservarse como clase manteniendo “aquella” sociedad, recurriendo al ardid de crear un “anti-virus” para vegetar en ella. No, la clase obrera sólo puede aspirar a acelerar la muerte de esa sociedad enferma, destruirla hasta los cimientos para edificar sobre sus escombros otra nueva, y para eso ha de dotarse de los instrumentos necesarios (su partido, sus organizaciones de clase), no inventarse una “vacuna” contra el contagio fascista.

A decir verdad, las CCOO han sido precisamente eso: un “anti-virus” creado, no por los mismos trabajadores, como quieren hacernos creer, sino por los Camacho y compañía, a fin de que los obreros no emprendieran el justo camino de la lucha contra la explotación y el fascismo; para que los obreros vegetaran en esta sociedad que muere y no se preparasen para enterrarla definitivamente. Para eso fueron concebidas y creadas las Comisiones; un “anti-virus” contra las aspiraciones revolucionarias del proletariado. Más sinceridad no se le puede exigir a Camacho.

“Ante la ineficacia de los grupos clandestinos y la sumisión de los verticalistas a los explotadores, los trabajadores… elegían o designaban, previa asamblea o consulta, una comisión”.

 

Es evidente la relación entre el sometimiento de los verticales a los explotadores y el hecho de que los trabajadores celebren asambleas democráticas (que no es lo mismo que una “consulta”). De esas asambleas sólo pueden salir acuerdos que comprometan a todos (forjándose así la unidad indispensable para la lucha) y la elección de una comisión representativa (que no es lo mismo que la “designación”, señor Camacho) para negociar directamente con los patronos. Es de esa manera como se arrincona, en su actitud “sumisa”, a los verticalistas. Los trabajadores demuestran así que no necesitan para nada ese instrumento de la patronal y del Estado fascista; que aún en las condiciones más difíciles también se puede luchar y conseguir mejoras, crear sus propios métodos de lucha y sus organizaciones independientes de la burguesía.

Camacho, con ese tufillo burocrático que despide su escrito, intenta desnaturalizar la democracia proletaria. Pero donde pone más atención, donde en realidad centra su ataque es en las organizaciones clandestinas, que califica de “ineficaces”. ¡Y esto en las duras condiciones del fascismo, de la represión más sangrienta! Camacho quiere hacer creer que esos “grupos clandestinos” son una invención innecesaria y que basta con desplazar de sus puestos del vertical a los que sirven a los explotadores, para que ese sindicato sirva a los obreros. En otras palabras, que desde un sindicato controlado por la policía, sindicato al que los obreros combaten, se puede servir a los intereses de la clase obrera. Como es sabido, en la práctica, esta concepción, adornada con los más bellos argumentos sobre la “utilización de las posibilidades legales”, se ha traducido en la liquidación sistemática de parte de los carrillistas de las organizaciones clandestinas creadas por los propios obreros para combatir al fascismo y la explotación que padecen.

Cualquiera puede comprender que, bajo el fascismo, la condición indispensable para que se celebren asambleas, etc. tiene que venir necesariamente de un mínimo de organización clandestina. Es esto lo que Camacho, y con él todos los oportunistas, califican de “ineficaz”. La gran mayoría del proletariado de España -habría que reconocer entonces- se engañaba y se ha estado engañando a lo largo de todos estos años al no entrar en el sindicato fascista. Es esto lo que dan a entender los carrillistas cuando proclaman: “¡el sindicato es nuestro!” y consecuentes con ello se dedican a llevar a grupos restringidos de obreros engañados para que los fiche la policía, para “imponer la legalidad” del régimen.

La experiencia del movimiento obrero nos enseña que, efectivamente: se deben utilizar “todas las posibilidades” legales para organizar y educar a las masas, y que, en el caso de que la burguesía consiga influenciar a un número considerable de obreros y encuadrarlos en organizaciones amarillas, nosotros, los comunistas, debemos ir allí para desenmascarar a los burgueses y ganar para la causa socialista a los obreros más avanzados. Pero aquí, los Camacho y compañía, han intentado hacer todo lo contrario.

En las condiciones de nuestro país, la existencia de organizaciones clandestinas, compuestas por los obreros más avanzados de cada fábrica o zona industrial, no perjudica lo más mínimo al desarrollo del movimiento de masas, la realización de asambleas amplias de fábricas, la elección en ellas de comisiones de delegados, las huelgas y manifestaciones; no impide la acción abierta de las masas, sino que, por el contrario, las fomenta y son el único apoyo que encuentran los trabajadores para que sus luchas no sean completamente espontáneas, estén expuestas al fracaso, o para que no queden completamente aislados. etc. De tal forma, la organización clandestina también se fortalece y se extiende. Las experiencias de las primeras huelgas de importancia iniciadas en Asturias, en Cataluña y en el País Vasco así lo atestiguan. Entonces, claro está, aún no se había creado el “anti-virus”. Esta es una creación posterior, como luego veremos.

El éxito inicial de aquel movimiento se debe, entre otras cosas, a que las asambleas y la elección de comisiones, que desaparecen una vez cumplido su cometido, no son formas de organización, sino procedimientos de lucha. Un procedimiento de lucha, como la huelga, que emplean las grandes masas de forma abierta y democrática. Contra tales procedimientos nada pueden los patronos y su policía. A no ser que arresten a miles de trabajadores. Por este motivo tienen que centrar su atención en las organizaciones clandestinas; en los “agitadores”. Estas son cosas que todo el que haya participado activamente en el movimiento obrero conoce perfectamente.

Pues bien, ahora, (aunque no sólo ahora) Camacho se presenta hablando de la “ineficacia” de los grupos clandestinos. Naturalmente, son ineficaces para sus propósitos de liquidar al movimiento revolucionario y llevar a las masas a la legalidad del régimen fascista. Para esto no sirven los grupos clandestinos de obreros avanzados, y la mejor forma de combatirlos, dado el evidente fracaso del sindicato vertical y de la policía, consiste en que se presente un “líder obrero”, con años de cárcel en las costillas, predicando su “inutilidad” y las ventajas de la legalidad.

“Existen datos sobre una comisión en la mina asturiana de ‘La Camocha’ que nació en 1957… de la que formaban parte obreros comunistas, socialistas, el cura y el alcalde del barrio obrero de ‘La Camocha’, éste último falangista”.

 

He aquí el gran descubrimiento “histórico” que revela Camacho en su folleto: la verificación de la línea de “conciliación nacional”. Una comisión “obrera”, supuestamente de la mina, integrada por “comunistas”… el cura y el falangista del pueblo ¿y cuántas verdaderas comisiones obreras, de delegados, impulsadas por las organizaciones clandestinas? Estas comisiones, aparte de lo ya apuntado más arriba, no atraen la atención “investigadora” del señor Camacho. Para él, lo importante, lo que tiene importancia decisiva para la historia es que, por fin, se reúnen los “comunistas” con un cura y un falangista. Este es el embrión de la nueva organización, la fórmula al fin descubierta, el “anti-virus”. Este “anti-virus” habrían de extenderlo los carrillistas poco después por toda España con la ayuda de los curas y los falangistas, el Sindicato vertical y el Gobierno. Camacho también es muy sincero en este punto.

“Es en Madrid, en la rama del metal, en una reunión en el sindicato Provincial del Metal, en septiembre de 1964, dónde nace la primera Comisión Obrera”. (Subrayado nuestro)

Pero, “¿por qué Madrid y por qué de esa manera?” pregunta seguidamente Camacho: “Madrid se estaba transformando en un importante centro industrial, su proletariado joven, como su industria, a diferencia de Cataluña, Euskadi o Asturias, no contaba hasta entonces con un proletariado industrial numeroso y aguerrido en las batallas de clase. Tampoco arrastraba tantas tradiciones de lucha”. He ahí la respuesta que da Camacho a su misma pregunta. Así pues, no podía elegirse mejor lugar para el experimento. Indudablemente, el lastre que supone las tradiciones de lucha que “arrastra” el proletariado de otras regiones y nacionalidades, habría hecho poco menos que imposible el alumbramiento de las flamantes Comisiones. El amplio sector de la clase obrera de España más “aguerrida” en múltiples batallas de clase, no habría aceptado la conciliación que se le proponía, no habría agachado la cabeza ante sus explotadores, ante el sindicato policía y sus demagogos “diplomados”. La inmensa mayoría de la clase obrera de España no ha seguido ni seguirá ese camino indigno, vergonzoso. Sólo una ínfima minoría de lacayos y de obreros engañados se ha prestado a ese juego.

En lo que respecta a la gran masa del proletariado madrileño, ha vivido, es cierto, una importante experiencia que le ha costado algunos años de postración ante los opresores. Pero ya despierta. Sólo ahora el movimiento obrero madrileño comienza a tomar la fuerza y la extensión que tuvieron hace años; y esto lo hace, sin lugar a dudas, sobre la base de la liquidación de las llamadas “comisiones” y de la integración de los revisionistas en el Sindicato.

Por lo demás, si, como ocurrió en un principio, la clase obrera ha podido desplegar tan formidables acciones de masas sin contar para nada con el “anti-virus” ¿qué hubiera sucedido de haber tenido a su frente a una vanguardia comunista, estrechamente ligada a ella y con una clara línea de actuación?

El folleto de Camacho es un alegato dirigido contra él y contra el llamado “movimiento de comisiones obreras”, y no es que pretendamos negar a las “comisiones” su denominación de “movimiento”. Tampoco vamos a negar la adhesión a las mismas de un número determinado de obreros. Pero el carácter de clase de un movimiento no se define por la calidad y cantidad de sus miembros, sino ante todo, por los objetivos que persigue, por la línea que lo inspira. Basta con observar esto para concluir que las comisiones obreras no han sido, propiamente dicho, un movimiento obrero. Nosotros negamos rotundamente el carácter de clase que se quiere asignar a esos tinglados creados por el fascismo en colaboración con el revisionismo, y más rotunda es todavía nuestra negativa a identificarlos como el nuevo movimiento obrero que resurge en España.

A las organizaciones o movimientos que abarcan a cientos de miles o millones de trabajadores, difícilmente se las puede quitar su carácter de clase. En todo caso es más justo hablar de un movimiento obrero controlado y manejado por la burguesía sin que sus miembros tengan conciencia de ello y que, por tanto, no persigue sus intereses específicos. Pero no es éste el caso de las “comisiones obreras” creadas en el sindicato de los patronos e integradas por curas, revisionistas, fascistas y, seguramente, por más de un policía. No nos referimos a las comisiones que hayan surgido en las fábricas y que se orientan por los mismos principios de las primeras organizaciones clandestinas a que hemos aludido anteriormente. Estas comisiones, si ése es el nombre que quieren adoptar tales grupos clandestinos, deben proseguir su labor y nosotros haremos todo lo posible para desarrollarlas en estrecha relación con el Partido. Pero debe quedar claro que ésas no son las comisiones que nos presentan los carrillistas.

Como el mismo Camacho reconoce, las organizaciones obreras de tipo sindical, en las condiciones de España sólo pueden ser muy reducidas, lo cual no quiere decir que no influyan en gran número de obreros. La cuestión estriba en saber a quién se vinculan dichas organizaciones: si a su Partido de clase o a los partidos de la burguesía; si deben ser “correas de transmisión” de los partidos burgueses o del partido del proletariado con las grandes masas. Así están planteadas las cosas.

 Publicado en BANDERA ROJA

2ª época-año II- nº 8, febrero de 1976

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