El fracaso reformista ha dejado más claro los objetivos populares

26 julio, 2015 por arenaslibertad

Artículo "El fracaso reformista ha dejado más 
claro los objetivos populares" 
extraído del libro El fin de la Reforma
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Una vez que ha fracasado la política reformista, los objetivos populares aparecen hoy más claros que nunca. Estos objetivos no pueden ser otros más que la destrucción del Estado fascista, la nacionalización de los medios fundamentales de producción y la creación de un nuevo tipo de Estado democrático. Nuestro Partido, el Partido revolucionario de la clase obrera, no propugna la restauración de la República del 31, ni los Estatutos de Autonomía para las nacionalidades, ni la república federal, ni nada parecido, porque todo eso no hace sino escamotear los problemas principales (como son la existencia del monopolismo y la opresión nacional en España) así como el anhelo de algunos sectores pequeño-burgueses de hacer marchar a nuestro país para atrás, a la República democrático-burguesa.

Como se comprenderá fácilmente, España ya ha pasado esa etapa histórica (la etapa de la revolución democrático-burguesa); la misma oligarquía financiera y terrateniente la ha realizado a su manera y sin soltar por un momento las riendas del Poder. Por la misma razón se puede decir que, llegado el momento, la oligarquía podría acceder a la república sin que ello supusiera ningún quebranto para su sistema de dominación, tal como ha sucedido en otros países. Por eso nosotros no sólo hablamos de la república, sino también de la destrucción del fascismo desde su raíz, desde su base económica, y de la creación de un nuevo tipo de Estado democrático.

¿Quiere esto decir que no vamos a luchar por la creación de un sistema político republicano? La clase obrera va a luchar por la república, pero no por una república cualquiera, sino por la república de los trabajadores, por una república que surja sobre la base de la destrucción del sistema burgués, la cual será muy superior a la que propugnan los pequeños y los grandes burgueses. La clase obrera no puede defender, sin más, la consigna de la república, ni la de la autonomía, ni la de la federación, porque todas esas consignas suponen conservar, un poco retocado, el actual estado de cosas. No puede tampoco hacer suya la consigna de independencia de las nacionalidades que propugnan algunos sectores nacionalistas pequeño-burgueses, y esto es tanto más inadmisible para nosotros por cuanto de esa manera se introduce una división en la clase obrera, según su nacionalidad, en un momento en que es más necesaria que nunca su unidad para combatir y derrotar a los enemigos que la explotan y la oprimen.

Sin la unidad de la clase obrera no se puede destruir al fascismo, y si no se destruye al fascismo no se podrá alcanzar ninguno de los objetivos políticos, económicos y culturales de la revolución. Respecto al problema nacional, nuestra consigna es la del derecho a la autodeterminación, y no hace falta romperse mucho la cabeza para comprender que, sólo cuando haya sido derrocado el fascismo, será cuando los pueblos se hallarán libres para decidir su propio destino. Nosotros tenemos confianza en que los pueblos de las nacionalidades oprimidas por el Estado español sabrán hacer uso de sus derechos.

No es una casualidad el que la mayor parte de los grupos políticos pequeño-burgueses hayan coincidido en celebrar las fechas conmemorativas de la República del 14 de abril de 1931, ocultando a las masas lo que representaba realmente aquella República. No es tampoco una casualidad el que todos los grupos pequeño-burgueses hayan olvidado a la República del 16 de febrero de 1936, aquella República que dio la libertad al pueblo y contra la cual se sublevó el Ejército y la reacción fascista; aquella República por la que dieron su vida cientos de miles de obreros, de campesinos y tantos verdaderos republicanos y patriotas. ¿Cómo se puede hacer borrón y cuenta nueva de la experiencia histórica y pretender saltar por encima, hacia atrás de toda una etapa de la evolución de nuestra sociedad?

La clase obrera de España, junto a los campesinos, los sectores populares de las nacionalidades y las otras capas populares lucharon contra la monarquía, pero también se opusieron a aquella República oligárquico-burguesa nacida del chanchullo de San Sebastián, no cesando en sus luchas hasta llegar a crear una verdadera República popular, contraria, tanto a la monarquía como a la República fundada sobre la base de la explotación de las masas y la opresión de las nacionalidades. ¿Acaso podemos volver ahora a aquella República?

Las experiencias no pasan en balde y por eso podemos asegurar que todo intento de llevar a las masas por caminos sin salida están condenados al fracaso. En otro tiempo, la política republicana de la pequeña burguesía fue progresista y contó con las simpatías y el apoyo de amplios sectores de la población, incluida la clase obrera. Ahora en cambio, esa misma política, independientemente de la buena voluntad que puedan albergar algunas personas, es reaccionaria de cabo a rabo y su predicación sólo puede favorecer a la gran burguesía.

Nosotros tenemos el deber de denunciar la política pequeño-burguesa y de desenmascarar a los políticos burgueses. La lucha revolucionaria por la destrucción del Estado fascista monopolista y la realización de los objetivos populares, es inseparable de la lucha contra los vendidos revisionistas y contra las pretensiones de los políticos pequeño-burgueses. Sin desenmascarar a estos individuos, sin arrinconarlos, es imposible que se pueda desarrollar la lucha obrera y popular. Estos elementos son el principal obstáculo con que nos encontramos en el camino de la organización de las masas para luchar contra el fascismo, y por eso tenemos que apartarlos de todas las maneras posibles: con la denuncia política, con la lucha ideológica, y también, si es preciso, asestándoles golpes cuando se pongan enfrente de nosotros. No hay que andar con ningún miramiento con esta gente. Su papel es el de confundir y dividir a las masas, el de sofocar la lucha independiente y el de traicionar a los verdaderos demócratas y revolucionarios. De esto tenemos suficientes testimonios.

Hay que tener en cuenta que no todos los grupos pequeño-burgueses (sobre todo en las nacionalidades) pueden ser considerados enemigos de la democracia y del socialismo. Los que luchan contra el Estado fascista con las armas en la mano, aunque estén equivocados o persigan objetivos diferentes a los de la clase obrera, a ésos los consideramos como amigos y pueden llegar a ser nuestros aliados. La actitud que adoptemos con estos luchadores es de gran importancia con vistas al combate contra el enemigo común y para la creación de un sistema político de verdadera libertad para todos los pueblos. Nuestro deber es atraerlos, pero para eso no basta con arengarles acerca de lo que deben o no deben hacer, sino que tenemos que marchar hombro con hombro con ellos y hacerles comprender así, en el curso de la lucha, cuáles son sus errores.

Así pues, la única táctica justa que debe aplicar el proletariado es aquella que tienda a golpear a los principales enemigos, a desenmascarar a los vendidos revisionistas, a aislar a los grupos políticos burgueses y pequeño-burgueses, que sabotean la lucha revolucionaria, y procurar atraer a la lucha resuelta y organizada a los campesinos, a los sectores populares de las nacionalidades, a los pequeños propietarios, a los estudiantes, a los intelectuales demócratas y progresistas y a todas aquellas personas sin partido, honestas y demócratas de verdad, que estén dispuestas a hacer su contribución a la causa popular.

No estableceremos alianzas en ningún momento con la oligarquía financiera ni con los partidos socialfascistas y, en todo caso, la posición que adoptemos con los partidos y grupos pequeño-burgueses dependerá del desarrollo de los acontecimientos futuros. Los que estén dispuestos a luchar consecuentemente contra el fascismo, los que traduzcan sus “radicales” programas en hechos y adopten una posición justa ante la clase obrera, nosotros les tenderemos la mano e incluso no dudaremos en hacerles algunas concesiones. Pero en ningún caso vamos a esperar a concertar acuerdos con nadie para desarrollar la lucha, no renegaremos de nuestros principios ni de los objetivos socialistas de nuestra revolución, ni nos entregaremos al chalaneo de grupos a espaldas de los trabajadores.

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