Sobre el Trotskismo

23 agosto, 2015 por arenaslibertad

Artículo "Sobre el trotskismo" 
extraído del libro El fin de la Reforma
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“¡Ese es Trotski! Siempre fiel a sí mismo; se revuelve, estafa, posa a la izquierda y ayuda a la derecha”.

(Lenin, carta a un camarada)

 

El marxismo-leninismo combate siempre, y de manera intransigente, tanto al oportunismo de derecha (revisionismo) como al oportunismo de “izquierda” (trotskismo), si bien en cada momento distingue cuál de esos dos enemigos es el principal dentro de las filas obreras.

En nuestro caso, el que no hayamos prestado más atención a la lucha contra el trotskismo, se debe a que éste cuenta con muy poca influencia y porque, actualmente, es el revisionismo el enemigo interno más peligroso a que tiene que hacer frente la clase obrera. Por lo demás, nuestro movimiento marxista-leninista no ha cesado ni un momento de combatir a los grupos de “izquierda”, grupos que en nuestro país, aunque no se muestran con la etiqueta, presentan todos los rasgos del trotskismo.

La lucha que venimos librando desde hace tiempo contra los que pronuncian frases de izquierda para encubrir sus actos de derecha, contra esos mismos que predican la conciliación con el revisionismo, lo embellecen ante los ojos de los obreros y todavía pretenden llevarlos a la legalidad fascista, ¿qué es si no, más que una lucha contra la corriente trotskista? Para algunos ingenuos, trotskistas sólo son quienes se proclaman como tales. Ahora bien, para ser consecuentes, habría que aplicar también esta misma medida a los revisionistas. Así llegaríamos a encontrarnos con que la clase obrera no tendría enemigos internos a los que combatir. Todos estaríamos hermanados y unidos por un lazo común: el del engaño y la conciliación.

Y es que lo mismo que no se puede dejar de llamar revisionistas a los traidores carrillistas por el hecho de que éstos no se identifiquen con el nombre de Bernstein, no puede dejar de llamarse tampoco por su propio nombre a los trotskistas porque éstos no se pronuncien abiertamente a favor de su maestro e incluso porque lleguen a tratarle como a un perro muerto… Eso no cambia en lo más mínimo las cosas. A las personas, grupos o partidos políticos no se les puede juzgar por lo que dicen de sí mismos, sino por lo que hacen, y según lo que hacen hay que ponerles los títulos de que son merecedores y que la historia ha acuñado para ellos.

Trotskistas son aquellos que hoy (como en sus primeros tiempos hizo Trotski) se oponen al Partido, forman fracción contra él y se alían al revisionismo. Esto en lo que a la cuestión orgánica se refiere. En el aspecto político e ideológico, son trotskistas los que lanzan la consigna de “clase contra clase” sin hacer distinciones entre los banqueros y los terratenientes, por un lado, y los campesinos, los pequeños comerciantes, los intelectuales, etc., por el otro. Son trotskistas también quienes niegan el carácter de clase monopolista del estado español y se dedican a decir, bien que no es fascista, bien que el fascismo es el poder de la “pequeña burguesía”. Son trotskistas los que hablan de las “zonas de poder”, de alianzas sin principios y se oponen a la dictadura del proletariado contraponiendo a ésta la pomposa consigna de “poder popular”. Todo eso, y algunas cosas más, es el trotskismo.

Está claro que no se puede llamar trotskista a nadie porque exprese o defienda una u otra de esas posiciones. Esto sucede muchas veces por ignorancia. Pero ni el trotskismo ni el revisionismo dejan de existir por mucho que algunas personas lo nieguen, ya que son el producto de determinadas clases y capas de la sociedad.

Sobre este particular hemos hablado otras veces. No obstante, hay camaradas que no lo consideran suficiente, y piden que tratemos más en concreto sobre lo que podríamos llamar el trotskismo “genuino”. Acerca de él existe una copiosa bibliografía, y pensamos que no es el caso, estando esa bibliografía al alcance de cualquiera, ponernos a rellenar papel con todo lo que se ha escrito sobre Trotski y el trotskismo. Así que nos limitaremos a hacer una breve exposición sobre el tema a fin de orientar en lo posible su estudio.

El tránsfuga Trotski

Los trotskistas gustan, no sin intención, de presentar a su maestro con la aureola del bolchevique íntimo camarada de Lenin, no sólo en los días decisivos de la revolución de Octubre, sino de mucho antes de dicha revolución. De las andanzas de Trotski por el movimiento revolucionario de Rusia, de su paso de un grupo a otro, en la formación de fracciones o como jefecillo de su propia fracción (todas ellas contrarias al bolchevismo), de eso poco o nada se habla, y es quizás el rasgo que mejor caracteriza al trotskismo de los primeros tiempos, rasgo que marcó para siempre su trayectoria.

En el seno del movimiento marxista ruso, como en todo movimiento revolucionario, se desarrolló siempre una lucha de tendencias cuyos principales protagonistas fueron los bolcheviques, encabezados por Lenin, y los mencheviques. Estos últimos tenían varios jefes, de entre los que cabe destacar a Plejanov. Trotski era uno de esos “jefes”, aunque en realidad, como sucedía y sucede con la mayor parte de los oportunistas, no representaba más que a sí mismo o a un reducido grupo de intelectuales. Hay que decir que, mientras en la formación bolchevique existió siempre gran cohesión política, ideológica y orgánica, basada en los principios revolucionarios del marxismo, la otra fracción se distinguió por todo lo contrario: la dispersión y la ausencia completa de principios, razón por la cual se dividía a su vez en varios grupos o fracciones (“potencias” las denominaba Lenin sarcásticamente) que sólo actuaban con relativa unidad cuando se trataba de combatir a los leninistas (los oportunistas llamaban a los bolcheviques “la secta de Lenin”). Este conglomerado, como era natural, no permaneció fiel a una posición, si bien todas sus mudanzas políticas obedecían a una misma ideología y a unos mismos intereses de clase pequeño-burgueses. Así pasaron del “economismo” (sindicalismo) de los primeros tiempos, al “menchevismo” (el menchevismo, si no nos atenemos al significado de la palabra, significa oportunismo en la táctica o reformismo) y del menchevismo, los oportunistas pasaron al intento de liquidar el partido, es decir, al “liquidacionismo”. Como demostró Lenin repetidas veces, todo esto era perfectamente coherente dentro de una línea política burguesa.

Pues bien, Trotski fue un destacado lidercillo de esa tendencia que en todo momento estuvo situada enfrente de la clase obrera y del bolchevismo. Veamos a continuación, aunque sea algo extensa la cita, lo que dice Lenin a este respecto:

“A fines de 1903. Trotski era menchevique furioso, es decir, que de los iskristas se había pasado a los ‘economistas’… En 1904-1905 se aparta de los mencheviques y ocupa una posición vacilante, colaborando unas veces con Martinov (‘economista’) y proclamando otras la ‘revolución permanente’, de un izquierdismo absurdo. En 1906-1907, se acerca a los bolcheviques y en la primavera de 1907 se declara partidario de Rosa Luxemburgo.

En la época de disgregación, después de largas vacilaciones ‘no fraccionalistas’ se dirige nuevamente hacia la derecha, y en agosto de 1912 forma un bloque con los liquidadores. Ahora vuelve a apartarse de ellos, pero repitiendo, en el fondo, sus mismas ideuchas” [1].

Las ideuchas de Trotski

Mucho han cantado los adeptos de Trotski al “genio” creador de su maestro. Pero, aparte de no tener nada propio, de ser una de esas estrellas que brillan en el firmamento porque otras le prestan luz, Trotski fue un falsario de la peor especie.

Toda su sabiduría se concreta en una tosca falsificación de la idea formulada por Marx acerca de la revolución permanente. Como explica J. Stalin en uno de sus trabajos de refutación del trotskismo, Marx formuló la teoría de la revolución permanente en los términos de añadir, al levantamiento proletario, que veía inminente en la revolución de 1848 en Alemania, una segunda “edición de la revolución campesina”. De aquí dedujo el “genial” Trotski su teoría de la revolución permanente, sólo que poniendo las cosas al revés, es decir, la revolución proletaria sin el apoyo de los campesinos. De esta manera, la teoría de Trotski pierde todo el significado que le dio Marx y que Lenin aplicó y desarrolló magníficamente haciendo pasar la revolución de la etapa democrática a la socialista. En el caso de Trotski esa teoría se convierte en una frase vacía, en un “puro trotskismo”, como decía Lenin.

La clase obrera, sostenía Trotski, ha de hacer la revolución buscando el apoyo no en los campesinos, sino en la “revolución proletaria mundial”. Si esta revolución mundial se retrasa (y es imposible que tenga lugar tal como la conciben los trotskistas), entonces, según Trotski, lo mejor es liquidar la revolución en el país donde se produzca. En esto se concreta toda la sabiduría y la práctica contra revolucionaria del trotskismo. Todo lo demás son estrépitos, palabras vacías, gestos de “izquierda”.

Del “permanentismo” a la traición

Pero, el trotskismo es mucho más que eso. Así pudo ser en la época en que todavía no se había hecho la revolución en ningún país ni se habían iniciado los grandes combates revolucionarios que han transformado tan profundamente al mundo. La “original” teoría de Trotski condujo a intentar resultados completamente distintos a los que, de palabra, pretendía. En lugar de fomentar la revolución, los trotskistas se convirtieron en unos activos contrarrevolucionarios. ¿Por qué hacen ahora tanto ruido con esa teoría? A los trotskistas les viene muy bien para sus propósitos ese ruido de latón, ya que con él pueden presentar a sus adversarios marxistas-leninistas como contrarios a la continuación de la revolución o partidarios del conservadurismo, la “burocracia” y el estancamiento. De esta forma, ellos velan una cuestión fundamental, como es la de contar o no con un poderoso aliado, precisamente, para hacer y llevar hasta el fin la revolución. Este problema esencial, los trotskistas lo velan con estruendos demagógicos acerca de una supuesta “traición” del stalinismo.

El marxista-leninista no niega los peligros de burocratismo, de estancamiento, que amenaza constantemente a toda revolución triunfante. Para no ir más lejos, ahí tenemos el ejemplo de la URSS. ¿Pero acaso puede servir este ejemplo a la propaganda trotskista? No puede servirles de nada.

Del rechazo del campesinado como aliado de la clase obrera y reserva de la revolución, una vez que ésta había triunfado y encontró en su camino algunas dificultades, los trotskistas pasaron a perder toda confianza en la capacidad y energía de la clase obrera para seguir adelante, aún en las condiciones más difíciles. Es así como el trotskismo llegó a convertirse, de aliado inseguro, siempre vacilante, en enemigo jurado de la clase obrera y del socialismo.

“Fieles a sí mismos”, los trotskistas cambiaron con descaro de bando, y con los métodos más criminales comenzaron a combatir la revolución. Era claro que la clase obrera, su Estado y su Partido no podían permanecer de brazos cruzados ante los criminales y saboteadores trotskistas. Para hacerles frente, era necesario replantear de nuevo el problema. He aquí como lo hizo Stalin:

“Capitulación de hecho, como contenido, frases de ‘izquierda’ y gestos de aventurerismo ‘revolucionario’ como forma que oculta y exalta el espíritu de capitulación…

Esta dualidad del trotskismo refleja la doble situación de la pequeña burguesía urbana en proceso de ruina, que no puede soportar el ‘régimen’ de la dictadura del proletariado y se esfuerza bien en saltar ‘de golpe’ al socialismo para escapar a la ruina (de ahí el espíritu de aventura y la histeria en política) o bien, si esto es imposible, hacer cualquier concesión al capitalismo (de ahí su espíritu de capitulación en política)...

Es esta dualidad del trotskismo lo que explica el que corone generalmente sus ‘rabiosos’ ataques contra los desviacionistas de derecha con un bloque con ellos, al igual que con los capitulacionistas sin máscara” [2].

Del trotskismo han hablado, como si se tratara de una cuestión caduca, tanto los trotskistas enmascarados como los revisionistas. La atención de éstos se ha centrado en el ataque, directo o velado contra el marxismo-leninismo y, más en concreto, contra la obra y personalidad de J. Stalin. Para los revisionistas, como para el imperialismo y la reacción mundial, no existe enemigo más peligroso que el stalinismo, y cuando se refieren al trotskismo lo hacen de forma que aparezca como un revolucionarismo ingenuo en el que se explayaron los errores de Stalin. Esto se puede ver cuando se habla de la “represión stalinista” llevada a cabo en España con los trotskistas del POUM en 1937. Carrillo es uno de los que más han hablado de la represión. Claro que él tiene muchas razones para hacerlo, entre ellas la de intentar ocultar el papel que jugó su propio y querido padre, Wenceslao Carrillo, en la criminal junta de Casado, encargada de detener a los comunistas en 1939, y entregarlos a Franco. De esto no se dice ni una sola palabra y es sólo un ejemplo de mentira y de terror blanco contrarrevolucionario. Lo mismo se puede decir de otros países, particularmente de la Unión Soviética. La burguesía se espanta y arma gran alboroto ante la justa represión y la dictadura que ejerce contra ella la clase obrera. Pero no dicen nada, como es lógico, de los horrores que ella comete contra la clase obrera y otros sectores populares. Estos horrores, para la burguesía están más que justificados, los ordena el cielo o vienen dictados por el “bien común”. La legítima defensa de la clase obrera no, eso es un “crimen”.

[1] V.I. Lenin: “Acerca de una violación de la unidad”.

[2] J. Stalin: “Informe al XVI Congreso del Partido de la URSS”.

Publicado en BANDERA ROJA

2ª Época – año 1- nº 4, octubre de 1975


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