La política del fascismo

20 septiembre, 2015 por arenaslibertad

Artículo “La política del fascismo”
extraído del libro Por dónde empezar
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I

En la definición marxista, “el fascismo es la dictadura abierta del gran capital, de la parte más reaccionaria, chovinista e imperialista del capitalismo financiero”. El fascismo es la forma de poder que adopta la burguesía cuando los métodos de la democracia parlamentaria burguesa son ya incapaces de seguir engañando a las masas y de desviar sus luchas revolucionarias. En esta situación, a la minoría explotadora no le queda otra salida para mantener su dominación y defender sus privilegios que el fascismo: la represión brutal permanente, la liquidación de todas las conquistas y mejoras alcanzadas por las masas obreras y populares, la demagogia más rastrera y patriotera al servicio de los monopolios.

Es así como el régimen fascista, como forma de dominación política del capital financiero, aparece en los momentos de máxima agudización de las contradicciones sociales y gran virulencia de la lucha de clases; cuando el capitalismo entra en su fase última, en la fase de su descomposición y agonía: el imperialismo. De forma que podemos decir que si el monopolismo es la última fase de la existencia del sistema económico capitalista, el fascismo -forma política que corresponde al dominio de los monopolios y a la consiguiente agravación de todas sus contradicciones- es la última forma de poder de la burguesía; el zarpazo criminal de una clase cuya desaparición de la escena de la historia es próxima e inevitable.

Pese a las intenciones de la burguesía, el fascismo no elimina ni la lucha de clases ni las contradicciones sociales. Por el contrario, la implantación fascista hace crecer el odio de las masas, aumenta su descontento y su decisión combativa, provocando luchas aún más numerosas y radicales. La intensificación de la explotación por los monopolios, la represión y los crímenes, el ahogo de todo soplo cultural mínimamente democrático, la eliminación de las libertades políticas burguesas, etc., hacen que más y más sectores de la población se incorporen a la lucha y que se agudicen las tensiones dentro de la misma clase dominante. Sean cuales sean las características particulares que adopte el fascismo (de acuerdo con las diferentes condiciones y momentos), su naturaleza es siempre la misma: la reacción terrorista y desesperada del gran capital, su último recurso frente al empuje de la lucha revolucionaria de masas.

Con la gran Revolución socialista de Octubre de 1917, que hizo surgir en Rusia el primer Estado de dictadura del proletariado en la historia, el imperialismo es sacudido en sus cimientos y se inicia la era del triunfo de la revolución proletaria. Crecen las luchas de la clase obrera en todos los países capitalistas, a la vez que los movimientos de liberación de los pueblos oprimidos por el gran capital monopolista reciben un gigantesco impulso. Con la aparición del Estado socialista en un país de inmensos territorios y numerosa población, el mundo se divide en dos sistemas sociales, económicos y políticos antagónicos, todo lo cual agudiza las contradicciones del capitalismo en un grado nunca conocido hasta entonces.

En estos momentos, en que el imperialismo se descompone y retrocede mientras que el socialismo y la revolución avanzan y triunfan en todas partes, es cuando aparece el fascismo en numerosos países. El inicio de su ascenso -que tiene lugar principalmente en Europa- se sitúa precisamente en la década de los años 20, y las consignas que lanzan a los cuatro vientos sus ideólogos y activistas pueden resumirse así: aniquilar la revolución, aniquilar el comunismo, borrar del mapa a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Aparecen regímenes fascistas en Italia, Alemania, España, Portugal, Polonia, Austria, etc., sin nombrar los numerosísimos intentos de hacerse con el Poder en otras partes que fracasaron ante la lucha resuelta de la clase obrera y otros sectores populares.

‘El fascismo llega al Poder -señala Dimitrov- como el partido de choque contra el movimiento revolucionario del proletariado, contra las masas populares en ebullición… Es la ofensiva más feroz del capital contra las masas trabajadoras”.

Como no podía ser menos, en la situación actual -de nuevo impulso de las luchas revolucionarias de todo el mundo y de crisis cada vez más acentuadas del imperialismo- la oligarquía de los países de democracia burguesa tiende a la fascistización de su poder, a adoptar formas cada vez más terroristas frente al auge de las luchas obreras y populares en el interior de los distintos países capitalistas. Es así como hay que interpretar los ataques a las libertades políticas (particularmente a la de huelga), la intensificación de la represión y la colaboración con las policías de otros países frente al movimiento revolucionario en naciones como Francia, Alemania, EE.UU. o Inglaterra, por no hablar del reciente golpe fascista en Chile.

Ahora bien: si, como hemos dicho, el fascismo siempre denota la debilidad de la burguesía, su incapacidad para proseguir la dominación política y la explotación por otro método que no sea el terror continuado, también hay que tener presente que la clase dominante aún puede mantenerse en el Poder, aunque para ello tenga que acudir a estos últimos recursos. Las masas obreras y populares arrinconan a sus explotadores, pero no tienen todavía la fuerza suficiente para derrocarlos, para impedir que éstos se sostengan sobre la base del terror y la eliminación de las conquistas populares. Una vez sentado esto, ¿cómo tiene que interpretarse, ante todo, tal debilidad? Debemos tener en cuenta que el fascismo llega al Poder utilizando no sólo la fuerza de las armas y la demagogia. Eso no le sería suficiente si no tuviera de su parte la traición del revisionismo, la confusión y la desorganización producidas por la labor de este agente de la burguesía en las filas obreras y populares. Como dice Dimitrov:

“El fascismo ha podido acceder al Poder, ante todo, porque la clase obrera, como resultado de la política de colaboración de clases con la burguesía practicada por los jefes de la socialdemocracia, estaba escindida, desarmada desde el punto de vista político y desde el punto de vista de la organización frente a la agresión de la burguesía”.

De esta forma, los jefes revisionistas aparecen como verdaderos agentes del fascismo, como socialfascistas, preparando el camino y eliminando obstáculos para la toma del Poder por los peores enemigos de la clase obrera. Esta es la labor que -con sus engaños, sus vacilaciones y su política de conciliación y componendas- llevaron a cabo los socialistas de Alemania, Italia o España, y que valió a los fascistas más que docenas de regimientos. Esta es la labor que están llevando a cabo últimamente en Chile.

Y esta actividad no se ha detenido. Si en los momentos de ascenso del fascismo su misión era atar de pies y manos a las masas trabajadoras para la implantación del régimen de terror, actualmente el revisionismo es el verdadero sostén del fascismo en los países en que se ha implantado. El trabajo de escisión que lleva a cabo, sus prédicas pacifistas y conciliadoras, su colaboración en las maniobras “aperturistas” de la oligarquía, hacen de él un instrumento valiosísimo para la permanencia del fascismo, una pieza indispensable para que la oligarquía financiera pueda proseguir la explotación y la represión, sus engaños y sus crímenes.

II

De lo que hemos visto se deduce que el régimen fascista, como reacción desesperada del gran capital, no puede ser la forma ideal de poder para la oligarquía financiera. Al llevar a las masas a los límites de la opresión, al imponer la dominación de los monopolios sobre la pequeña industria y sobre los campesinos pobres, al establecer el control de toda la economía por el capital financiero, al sofocar cualquier manifestación cultural progresista y eliminar las libertades, al imponer unos métodos bestiales de explotación, de miseria y de incultura a las masas trabajadoras, la oligarquía agrava todas las contradicciones sociales y lleva a la clase obrera a enfrentamientos más y más radicales con el aparato estatal.

La burguesía quisiera volver a la época “dorada” del parlamentarismo como forma más sutil y engañosa de ejercer su dictadura de clase, con un movimiento obrero domesticado por el reformismo y las ideas conciliadoras y con las masas atadas de pies y manos por la demagogia de la “legalidad” y la “democracia”. Ahora bien: el régimen democrático-burgués corresponde a la etapa de desarrollo capitalista de libre competencia, en la que la pequeña y media burguesía jugaban un papel económico independiente y se organizaban en partidos políticos que defendían sus intereses en el parlamento.

¿En qué momento nos encontramos ahora? Nos encontrarnos en la época del dominio absoluto de los monopolios, del poder incompartido del capital financiero. En estas condiciones, las capas bajas de la burguesía han perdido todo vestigio de independencia y se proletarizan incesantemente. La oligarquía financiera es la fuerza dominante en todos los terrenos; explota y expolia a todas las capas de la población y ejerce el Poder político sin compartirlo con nadie. La misma agudización de todas las contradicciones sociales, el auge de las luchas del proletariado y el crecimiento del movimiento revolucionario no le dejan más opción que coger en sus manos y centralizar de forma cada vez más rígida todos los resortes del Poder, mientras que las formas económicas de libre competencia existentes no son más que apoyaduras de los monopolios.

Así pues, de la misma forma que del capitalismo monopolista no puede haber retrocesos hacia las reformas económicas de libre competencia y de inexistencia de los monopolios, del fascismo no hay retroceso posible al parlamentarismo burgués. Si observamos la marcha de los acontecimientos en el mundo, veremos que la corriente general -y cada vez más acentuada- en los países capitalistas es la fascistización de las formas de poder, y esto le es absolutamente necesario a la burguesía internacional para poder hacer frente tanto a las luchas sociales en el interior de cada país como para competir con los otros grupos financieros hegemónica y militarmente. No puede haber marcha atrás en la rueda de la historia.

Pero el fascismo, acorralado por las luchas de masas y presa de contradicciones cada vez más agudas, maniobra para “abrirse” e intentar engañar a las masas dándose una apariencia “democrática”. En estas condiciones, el revisionismo juega un papel de gran importancia para que la oligarquía financiera pueda llevar a cabo estas maniobras.

En España, donde existe un régimen fascista desde hace más de 34 años, tenemos la muestra más clara de cómo el régimen de terror ha estado maniobrando durante todo este tiempo a fin de disimular su verdadera naturaleza y cómo (ante la imposibilidad de volver a las formas democrático-burguesas de poder) intenta aparecer con una fachada engañosa que oculte al pueblo el hecho de que ese régimen, y las instituciones de que se dotó desde el primer momento, han permanecido, en lo esencial, inalterables, de que la naturaleza fascista de su dominación de clase no ha cambiado lo más mínimo desde el final de nuestra guerra nacional revolucionaria. Por eso la oligarquía utiliza a sus agentes revisionistas, y a medida que la situación se ha ido haciendo más difícil para ella, la demagogia y los intentos de engaño se han intensificado acelerándose los planes de “cambio”.

Si echamos una ojeada a nuestra historia reciente veremos que, inmediatamente después de la derrota nazi-fascista en la II Guerra Mundial, la oligarquía española -estrechamente vinculada a los países del pacto “antikomintern”- se apresuró a proclamar las “muy distintas características” de su régimen en relación con Alemania e Italia. Los “vivas” al fascismo y a todas las formas exteriores que predominaron del 36 al 45 desaparecen, mientras que el proletariado y las masas trabajadoras de España, destrozadas física y moralmente por la derrota, con sus organizaciones políticas y sindicales aniquiladas, son objeto de una explotación y de una represión que, por su salvajismo, no desmerece a la de los años inmediatamente posteriores a la guerra. Son los momentos de la economía autárquica, en los que, según la demagogia fascista, “no faltaría ni pan ni lumbre” en la casa del trabajador, y durante el cual se da la máxima acumulación y concentración de capital hasta entonces en toda la historia del capitalismo español.

En la década de los 50, los “cambios” se hacen notar mucho más. Por un lado, el movimiento obrero y popular (que hasta entonces había llevado a cabo luchas muy aisladas y esporádicas, como la huelga de Bilbao del 47) da muestras de su vigor tras la derrota; luchas como las de Asturias, Barcelona y Madrid en el 57 y 58, se van haciendo más decididas y continuas, y culminarán en las grandes acciones de masas del 62. Ha terminado el período autárquico. La oligarquía -en base a la anterior acumulación intensiva de capital- inicia su liberalización económica, que trata de impulsar con una demagógica “liberalización” política. Los capitalistas españoles entran en el Fondo Monetario Internacional, en el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo y en otros muchos organismos comerciales y financieros del capital monopolista internacional. Junto a esto, las inversiones del capital extranjero y los créditos internacionales al régimen fascista (principalmente de EE.UU., que en 1953 ha firmado con el gobierno español el tratado que les permite la instalación de sus bases militares en nuestro territorio) aumentan enormemente y eso supone un nuevo empuje para el desarrollo monopolista de la oligarquía.

En el terreno político, el régimen normaliza sus relaciones diplomáticas con la mayor parte de los países capitalistas y España entra en la ONU. En el interior, aún permaneciendo elementos de la “vieja guardia”, entran a formar parte del gobierno los ministros técnicos del Opus Dei (1957); aparece la ley de Convenios Colectivos (1958), con el fin de sofocar de forma más eficaz las luchas de la clase obrera y aumentar la producción. La oligarquía pone en práctica el “Plan de Estabilización” (1959), de tan catastróficas consecuencias para la situación material de las masas.

Así inicia el régimen su apertura con vistas al desarrollo económico y a la búsqueda de mercados de capitales. También inicia de forma más decidida su “apertura” política en el interior: intensifica la limpieza de las formas de viejo cuño y de elementos demasiado destacados en la guerra y en la posguerra para enfrentarse en todos los terrenos -político, ideológico y económico- al movimiento obrero que renace. Para ello utiliza algo más que la represión pura y simple (como había sido su norma hasta entonces): la demagogia “aperturista” adquiere cada vez mayor importancia y el revisionismo va a utilizarla para jugar su papel de lacayo.

Un año después del XX Congreso del PCUS, en el que el revisionismo moderno lanza su plataforma de escisión del movimiento obrero y comunista internacional, tiene lugar el V Congreso de los carrillistas: en 1954 los revisionistas españoles proclaman a los cuatro vientos su política de “reconciliación nacional” y de “frente nacional antifranquista”, con la que intentan desviar a las masas del camino revolucionario que han reemprendido y llevarlas al camino de la colaboración de clases. Las primeras muestras prácticas de su labor de zapa podemos encontrarlas en sus llamamientos a la “jornada de reconciliación nacional” y a la “huelga general pacífica” de 1958 y 1959, en los momentos en que resurge con nueva fuerza la lucha de masas y el fascismo se enfrenta al renacimiento de un movimiento popular al que creía aniquilado para siempre. De esta forma, una vez destruido el Partido, el revisionismo se lanza a apoyar descaradamente la “reconciliación” y el “aperturismo” del régimen fascista, cuya meta de integración de pleno derecho en los organismos político-económicos del capital financiero internacional se ve obstaculizada por las nuevas luchas del proletariado y los pueblos de España.

A partir de estos momentos, a la vez que aumentan las protestas populares y el régimen se va viendo más aislado, el desarrollo de los planes políticos de “apertura” de la oligarquía depende completamente de las garantías que el revisionismo pueda darle. Si éste controla a las masas, dichos planes podrán irse llevando a cabo: con el encauzamiento por los jefes revisionistas del descontento y las protestas populares hacia las reformas, el sindicalismo y la conciliación, la oligarquía podrá cambiar tranquilamente la fachada de su régimen para proseguir sin grandes sobresaltos la explotación y la integración político-económica con el imperialismo internacional. Al mismo tiempo intentarán aislar a los revolucionarios de las masas y descargar sobre ellos todo el peso de la represión.

Si, por el contrario, sus agentes no logran controlar a las masas, verán crecer la lucha revolucionaria por todas partes, y no les quedará más alternativa que intensificar la represión contra el movimiento obrero y popular, cerrarse y aislarse cada vez más, 0 hacer una concesión tras otras y ver como la represión y la demagogia, en lugar de detener la lucha de las masas, hacen crecer ésta y se vuelven contra la oligarquía misma.

III

Toda la política de la oligarquía -y la de sus agentes revisionistas- en los últimos 15 años ha sido una sucesión de intentos fracasados de evitar esta segunda posibilidad. Sus planes se han visto una y otra vez malogrados por el empuje de la clase obrera y la lucha que ha ido creciendo y radicalizándose cada vez más. La década de los 60 nos da el ejemplo más ilustrativo de lo que decimos. Acabada la “estabilización” (con el consiguiente alivio momentáneo en la situación material de las masas), la oligarquía ve llegada la hora de llevar a cabo las “reformas”. El régimen ya ha pedido negociaciones para su entrada en la CEE y la economía ha entrado en una fase de expansión. En estas condiciones los monopolistas impulsan el nacimiento y desarrollo de las llamadas CC.OO. (1964-67), tinglados sindicalistas controlados por el revisionismo cuyo principal objetivo consiste en reformar el Sindicato fascista.

Es de esta forma como la oligarquía, en un momento relativamente favorable para ella, persigue llevar a la clase obrera a la colaboración con su régimen y sofocar la lucha revolucionaria con la demagogia reformista. El socialfascismo carrillista es el encargado de llevar a la práctica esta política de engaño entre las filas obreras y populares. Se trata de los momentos de luna de miel de “aperturistas” y carrillistas en torno al programa del “pacto para la libertad”, elaborado por Carrillo y su grupo, en el que está interesada la clase dominante por cuanto dicho programa recoge la solución ideal para la oligarquía: la “democracia” burguesa, a la que, según los revisionistas, puede volverse sin grandes desajustes, paulatinamente, por la vía de las reformas y los acuerdos políticos entre diversos sectores de la clase explotadora y los “representantes obreros”.

Así, la demagogia “aperturista” toma cuerpo en la legalización, de facto, de CC.OO.; en el sindicato “democrático” de estudiantes y en las llamadas del carrillismo al “copo del vertical” (recordemos las elecciones sindicales de 1966, en las que gran número de luchadores obreros quedaron de esta forma a disposición de la policía fascista), con lo que, además de dar momentánea vida a su sindicato, la oligarquía creó condiciones favorables para reprimir a las masas.

Los planes de los capitalistas son, llegando a este punto, muy claros: si la maniobra cuaja definitivamente, es decir, si el revisionismo garantiza definitivamente el control de la clase obrera, la “apertura” podrá derivar incluso a la “libertad” de huelga (o sea de huelgas pacíficas, reformistas y bien controladas); en cuanto a la “libertad” de asociación y reunión, ahí están las mismas CC.OO. y sus reuniones públicas para confirmarlas. Más adelante, con todos los cabos bien sujetos, los jefes revisionistas podrían formar parte de una “oposición” más o menos legalizada que se encargaría de mantener a las masas maniatadas con la demagogia de la colaboración de clases y la lucha reformista dentro de los cauces marcados por los monopolistas. ¿Qué obstáculos habría entonces para proseguir la explotación y pasar a la integración con Europa?

Sin embargo, la realidad de la lucha de clases y la crisis económica ha echado por tierra una y otra vez estas maniobras y ha arruinado estos planes. A partir de 1967 aproximadamente (con la crisis económica y el nuevo impulso de las luchas) empiezan a desmoronarse aceleradamente todos los tinglados carrillistas. Las masas desbordan los cauces en que la clase dominante y sus agentes habían querido encerrarlas, la oligarquía cierra filas e intensifica la represión, y el partido socialfascista entra en una crisis de la que ya no va a reponerse. Es el inicio de la bancarrota completa del revisionismo y el desenmascaramiento de su naturaleza política entre las amplias masas trabajadoras de nuestro país. El programa del “pacto para la libertad” entra asimismo en crisis: los Ruiz Giménez, Areilza, etc., ante la imposibilidad de ver realizados sus planes, se vuelven hacia la solución de la monarquía fascista y dejan momentáneamente sus diálogos con la camarilla carrillista.

Todo esto supone el aislamiento más completo del fascismo, la agravación de sus contradicciones y el fracaso de sus intentos de sofocar las luchas obreras y populares, que suben como una marea y -aunque espontáneas, sin dirección ni objetivos claros- se politizan con suma rapidez al chocar -incluso con sus reivindicaciones económicas- con el aparato represivo del Estado.

De 5 años a esta parte las cosas han cambiado mucho. Junto a todo lo que hemos apuntado hay una serie de factores nuevos que hacen la situación todavía más difícil para los monopolistas: su imposibilidad de reprimir como antes (pues esto no tiene otro resultado que avivar más el odio de las masas, que han perdido el respeto y el miedo al régimen de terror y hacer crecer la protesta y el movimiento de solidaridad), su enfrentamiento con sectores cada vez más amplios del pueblo (ganaderos, pequeños y medianos campesinos, estudiantes y profesores, intelectuales en general y elementos de profesiones liberales, las masas populares de las nacionalidades oprimidas, etc.) que son arrastrados y toman el ejemplo del proletariado. Además no debe olvidarse que la clase dominante necesita cada vez más urgentemente la integración con el imperialismo europeo. Su economía ha alcanzado un grado de desarrollo monopolista que no por estar aún más lejos de las de otros países capitalistas deja de ser considerable, lo cual les impulsa a buscar mercados y relaciones para lanzarse por la vía imperialista abierta. Ahora bien, a nadie se le oculta que una de las razones fundamentales de que esta integración no vaya más deprisa es precisamente una razón política, a saber: las características fascistas del régimen español, odiado por la opinión pública democrática y progresista de Europa y mal visto por la mayoría de los gobiernos del Mercado Común en razón con las agudas contradicciones sociales que su entrada aportaría a la CEE.

En los momentos en que se hace más necesaria para los explotadores la “apertura” les es también más difícil el llevarla a cabo; de ahí las desesperadas maniobras a las que últimamente estamos asistiendo y de las que el revisionismo sigue siendo uno de sus principales instrumentos.

Pero éste no le ha de servir por mucho tiempo. De un lado, la pérdida de influencia de la camarilla de Carrillo entre las masas del proletariado (manifestada ya en las elecciones sindicales del 71 -en las que la tónica dominante fue el voto en blanco-). De otro lado, la enorme envergadura que está adquiriendo la lucha (consecuencia tanto de lo anterior como del aumento del nivel político de las masas y del empeoramiento de sus condiciones materiales). Podemos decir que, en este sentido, movimientos como los de El Ferrol, Vigo, Granada, Pamplona o San Adrián son hechos ya corrientes en nuestro país; un movimiento político general con todas las características de lucha contra el fascismo por encima del revisionismo.

He ahí los tres elementos que hasta ahora han sido determinantes para la política de la reacción: las propias necesidades económicas y políticas de ésta, el movimiento de masas de carácter revolucionario y la bancarrota del revisionismo. ¿Cuál es su situación actual? Esta es cada vez más difícil para la oligarquía desde el punto de vista político y económico (necesidad de la “apertura” e imposibilidad de llevarla a cabo, necesidad de integración en el bloque imperialista europeo e inflación más alta de Europa). Por otro lado nos encontramos con la bancarrota de la política y la influencia carrillista y un ascenso del movimiento de masas que no se ha dejado arrastrar por la demagogia fascista-revisionista.

IV

En estas condiciones hay algo que, sin ser aún determinante, está adquiriendo una importancia cada vez mayor: el surgimiento de una nueva vanguardia marxista-leninista que crece y se consolida, que gana influencia entre los sectores avanzados del proletariado y encabeza luchas de gran importancia. La puesta al descubierto del revisionismo, que hasta hace poco ha sido obra del mismo espontaneísmo de las masas (con todas las limitaciones e insuficiencias que esto lleva consigo), tiene ahora en nuestra Organización el protagonista principal. Nuestra tarea de Reconstrucción del Partido proletario y de su línea política avanza con paso firme y encuentran un eco cada vez más amplio entre las masas trabajadoras.

La oligarquía y el revisionismo tienen en cuenta no sólo esta situación política y económica que hemos descrito, sino también, y cada vez más, el desarrollo de esta nueva vanguardia marxista-leninista y el crecimiento de su influencia entre las masas. ¿Qué actitud pueden tomar?

Últimamente hemos venido observando, que todos los planes de la clase dominante se han visto modificados. Ya no se trata de esperar a que los carrillistas controlen al proletariado y se mantengan en una “oposición constructiva”, pues esto se está demostrando que es -y con toda posibilidad será así en el futuro- imposible. Ni las maniobras de “izquierda” ni el apoyo de sus criaturas oportunistas (los grupos que proliferan apoyando en toda la línea la política y la práctica del socialfascismo) les están sirviendo de nada, mientras que el fortalecimiento del movimiento revolucionario y marxista-leninista plantea la necesidad del “cambio” como algo inmediato. Naturalmente este “cambio” no puede ser tan “profundo” como el que tenían previsto: ahora, a la vez que hacen todo lo posible por prestigiar a los líderes carrillistas con sus farsas de juicios y otros montajes e intensifica la demagogia sobre la “democracia” y la “apertura”, han llamado a aquellos a integrarse (aunque vayan ellos solos) sin más a través del Sindicato, de las elecciones municipales, etc.; la clase dominante no puede aguantar más, pues la sucesión de Franco por la monarquía fascista de Juan Carlos y las necesidades de entrar en Europa les exige acelerar todo y aunar todas las fuerzas disponibles para asegurarlo.

Esto está provocando un desenmascaramiento aún mayor y más rápido de los jefes revisionistas: su traición descarada y abierta (apoyo a la política imperialista de la oligarquía, llamadas a participar en las mascaradas de elecciones fascistas, apoyo a un gobierno de “transición” en el que esté integrado algún oligarca significado en la política del “pacto”, etc.), todo esto hace que las masas vean más claramente la verdadera naturaleza de estos vendidos.

El fascismo es un enemigo que emplea varias armas. Ante nosotros, marxista-leninistas, está planteada la tarea de dirigir al proletariado y el resto del pueblo en la lucha por la destrucción del sistema y la implantación de la verdadera libertad de un régimen popular que liquide definitivamente la base económica en que descansa el régimen de terror. Junto a las tareas políticas y orgánicas que esto conlleva (de las cuales la más importante en estos momentos consiste en Reconstruir el Partido de la clase obrera) tenemos una labor de gran importancia: educar a la clase obrera y a las masas trabajadoras para estos fines y alertarlas de todas las maniobras que contra ellas llevan a cabo la oligarquía y sus agentes.

Como hemos podido apreciar, esta tarea reviste una gran importancia en las actuales circunstancias, en que la reacción -acuciada por las luchas y las contradicciones- está lanzando una verdadera ofensiva ideológica y política contra el pueblo.

Aunque la situación política del país, caracterizada por el ascenso revolucionario y el cada vez mayor aislamiento del régimen fascista, se muestra claramente favorable a las fuerzas populares, no puede descuidarse ni por un momento la denuncia y la explicación ante las masas de estas maniobras. El fascismo y el revisionismo intentan por todos los medios confundir, sembrar ilusiones “democráticas” a fin de perpetuar el sistema de explotación. De ahí los esfuerzos que están haciendo por prestigiar a los carrillistas y darles mejores condiciones para su actuación; si no les abren más huecos no se debe más que al miedo que sienten ante la posibilidad de que el movimiento revolucionario los utilice a su vez para impulsar aún más la lucha. Fascistas y revisionistas tratan de hacer ver a la clase obrera que toda la farsa “democrática” -montaje hecho por la oligarquía financiera para buscar una salida a su difícil situación- son verdaderos pasos hacia la libertad y la mejora de la situación material de las masas. Quienes han asesinado y torturado a cientos de miles de demócratas para liquidar esas mejoras materiales y esa democracia, conseguidas tras años de luchas y sufrimientos; los que a diario cometen los más abominables crímenes contra el pueblo y mantienen a éste en condiciones de sobreexplotación y de ignorancia, pretenden hacer creer que el fascismo ya no es el fascismo, que lo negro es blanco y que las cosas van a cambiar por sí mismas.

Pero la libertad se arranca o no es más que una engañifa. La clase dominante está haciendo en nuestro país “concesiones” (ahí están la libertad de huelga y de asamblea) arrancadas por la lucha decidida de los trabajadores. Esta lucha está costando mucha sangre y muchos sufrimientos. Nada va a hacer que las masas obtengan la libertad y la democracia como no sea de su misma lucha, sin concesiones y hasta el fin. La misión de los revolucionarios estriba en explicar esto sin descanso, desenmascarar los embustes y las maniobras y organizar la lucha. ¿Alguien puede imaginarse un régimen de democracia para el pueblo salido de los acuerdos entre los grupos políticos de la oligarquía y sus agentes revisionistas? El fascismo llega precisamente al Poder para acabar con esas libertades; es la última salida del capital financiero, y de aquí no hay retornos posibles a la democracia burguesa. Es más: la reconquista de la libertad nunca puede suponer la vuelta a aquella situación, pues la eliminación del fascismo ha de suponer la supresión de la explotación y la destrucción de la máquina del Estado burgués (Ejército. tribunales, policía. burocracia, etc.), entrega de la tierra a los campesinos, la autodeterminación para las nacionalidades, la eliminación de todos los privilegios económicos y políticos de la Iglesia, la organización de un verdadero Ejército popular, la profundización y extensión de las libertades políticas. etc.

Las mismas condiciones del fascismo dan la base para agrupar a la inmensa mayoría de los sectores populares -dirigidos por el proletariado- en un amplio frente antifascista y antiimperialista que remueva toda la base de la reacción e imponga por las armas el Poder popular. Todo lo que no sea plantear las cosas de esta forma es jugar con las masas, engañar al proletariado y al pueblo. Es decirles que la oligarquía puede conceder algo precisamente porque sí, y ocultar la lucha dura y dolorosa que habrá de llevar a cabo para la implantación de la libertad en nuestro país.

Editado en ANTORCHA

nº 2. Noviembre de 1973

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