Lo universal y lo particular

4 octubre, 2015 por arenaslibertad

Artículo “Lo universal y lo particular”
publicado en Antorcha, nº 4, enero de 1999

La relación entre lo universal y lo particular en la revolución y en la construcción socialista o entre las leyes y principios generales, válidos para todos los países, y la forma que éstos adoptan en cada país, ha sido uno de los problemas que más polémica ha levantado en las últimas décadas en el seno del movimiento comunista internacional, hasta el punto de que en torno a esta discusión se han ido configurando dos corrientes de pensamiento y dos prácticas no sólo distintas, sino incluso contrapuestas en numerosos aspectos.

– I –

Fue Mao Zedong quien estudió con más detenimiento la contradicción entre lo universal y lo particular, centrando su atención en este último aspecto del problema, es decir, en la “particularidad de la contradicción”, lo que configura toda una concepción sobre el mismo.

Esa concepción aparece expuesta en un discurso suyo pronunciado en abril de 1956 bajo el título “Sobre diez grandes relaciones”, en el que se sientan las bases teóricas para la línea general de edificación socialista en China. En este texto Mao plantea la necesidad de continuar estudiando con “ahínco lo que hay de correcto en Stalin”, precisando: “lo que debemos estudiar es aquello que pertenece al dominio de las verdades universales, y este estudio debe combinarse con la realidad china”. “Nuestra teoría –insiste un poco más adelante –es la integración de la verdad universal del marxismo‑leninismo con la práctica concreta de la revolución china”. En otro discurso pronunciado el 15 de noviembre del mismo año, Mao volvió a hablar de este asunto, confrontando a China y a la Unión Soviética para resaltar no lo que identificaba a los dos países socialistas, es decir, lo que “pertenece al dominio de las verdades universales”, sino lo que los diferenciaba “en cuanto a su composición nacional”.

Para Mao, “un país y otro constituyen, igualmente, una unidad de contrarios. Tanto China como la Unión Soviética llevan el nombre de países socialistas, pero ¿hay o no diferencias entre ellos? Sí, son diferentes en cuanto a su composición nacional”[1]. Aunque tanto en ése como en otros discursos y escritos, Mao hace referencia a los rasgos comunes de la revolución china y la soviética, esto siempre lo hace, precisamente, para destacar las diferencias en el proceso revolucionario de ambos países. Por este motivo no debe extrañarnos que en ese pasaje que hemos citado, lo universal, lo común en la revolución china y la revolución soviética, se reduzca al nombre; todo lo demás pertenece al dominio de la composición nacional. De esta tesis se desprende, como vamos a comprobar más adelante, que a Mao se le escapa la conexión existente entre lo universal y lo particular. Además él no concibe lo universal como el contenido esencial de lo particular, ni encuentra en lo particular la forma concreta en que se manifiesta lo universal. Ciertamente, entre el contenido y la forma siempre hay una contradicción. Pero, ¿es posible sostener la existencia de una forma, cualquiera que sea ésta, sin su contenido correspondiente? ¿Cuál es el contenido del socialismo? He ahí el problema fundamental que se nos plantea, más allá del empleo que podamos hacer del nombre del socialismo, lo cual no deja de ser, efectivamente, una forma. Ese contenido es lo universal, lo común a todos los países socialistas sin excepción, y no tiene nada que ver con la composición nacional, si bien en cada nación o país adopta una forma diferente y hasta puede tomar otro nombre sin que por ello deje de ser socialismo. Así sucedió en China y en otros países.

Dónde, en qué categoría histórica o formación económica y social encuadrar las distintas composiciones nacionales, es otra cuestión que queda también sin explicar en esa tesis de Mao que hemos recogido, lo que inevitablemente conduce a considerar el régimen económico, social y político de cada país como algo absolutamente diferente, singular o exclusivo. En la realidad sucede, sin embargo, que ningún país o nación puede escapar ni dejar de pertenecer a una u otra categoría histórica producto del desarrollo social.

Evidentemente, si bien con esa tesis no se logra la “integración de la verdad universal del marxismo‑leninismo con la práctica concreta de la revolución” ni en China ni en ningún otro país, aunque se le ponga el nombre socialista, si se puede llegar muy fácilmente a establecer una teoría propia, particular, que permita la integración de la revolución popular en la vía universal del desarrollo capitalista. Esto es lo que ha sucedido finalmente en China. De ahí la gran contradicción que se ha manifestado ya desde el comienzo de su proceso revolucionario, entre las profundas necesidades y aspiraciones de las masas de un cambio profundo de la sociedad, por una parte, y las fuertes tendencias impulsadas por la burguesía y el imperialismo para un desarrollo por la vía capitalista, por la otra. De ahí también las confusiones originadas por esas dos tendencias entre sus dirigentes, los continuos virajes y las luchas entre líneas a que conducía inevitablemente su propia teoría.

Las referencias de Mao a los errores de Stalin llevan implícita una crítica al núcleo fundamental de la concepción marxista‑leninista que hace hincapié, no en lo particular, sino en lo universal, no tanto en la separación que existe y se manifiesta continuamente de diversas maneras, como en la unidad, supeditando en todo caso lo particular o nacional a lo universal o internacional, la parte al todo. Esta concepción marxista-leninista conduce, naturalmente, a buscar el apoyo del proletariado internacional para poder desarrollar la lucha contra la burguesía dentro del propio país y a escala internacional. Pues bien, los comunistas chinos, influenciados por Mao, no comprendieron, no aceptaron ni aplicaron nunca esta concepción, esta línea, lo que en la práctica les conducía a debilitar sus vínculos con el movimiento comunista internacional y a mantener la alianza con su propia burguesía. A la larga, esta línea les ha conducido a depender de su apoyo, a hacerle numerosas concesiones y a tener que claudicar finalmente ante ella y el imperialismo.

Como esta línea política no entroncaba con la teoría marxista‑leninista ni con la práctica del movimiento comunista internacional, los chinos debieron crear una teoría o tesis filosófica, supuestamente marxista, que justificase su posición. Esta teoría aparece expuesta en el texto de Mao que trata “Sobre la contradicción”, obra escrita en 1937 dedicada a combatir “el pensamiento dogmático”.

Mao comienza su estudio de la contradicción asegurando “que la ley de la contradicción en las cosas, es decir, la ley de la unidad de los contrarios, es la ley más fundamental de la dialéctica materialista”. A continuación cita a Lenin: “La dialéctica, en sentido estricto, es el estudio de las contradicciones en la esencia misma de los objetos”. ¿Pero cuál es la esencia misma de los objetos? Esta puede ser definida como la cualidad fundamental que comparten con los de su misma especie y que los diferencia de todos los demás. Es a partir de aquí como se plantea el problema del estudio de las contradicciones, o de la identidad, de “cómo los contrarios pueden ser y cómo suelen ser (cómo devienen) idénticos –en qué condición suelen ser idénticos, convirtiéndose el uno en el otro‑; por qué el entendimiento humano no debe considerar estos contrarios como muertos, petrificados, sino como vivos, condicionados”[2]. Esto es, en sentido estricto, la dialéctica, el estudio de las contradicciones para poder descubrir su esencia. Sirviéndose de esa cita de Lenin, Mao quiere reafirmar su punto de partida y salvar al mismo tiempo el gran escollo que representa el hecho de que no sólo existe la contradicción en todas partes y en todas las cosas, sino que lo universal constituye lo que es común a muchos objetos particulares, lo que los aproxima, los liga y condiciona en su pertenencia a una misma especie o fenómeno.

Lógicamente, para poder hablar de la particularidad de la contradicción es preciso partir de la universalidad de la contradicción, ya que de otra manera no se sabría cómo situarla, de dónde nace ni cómo puede existir. Es como hablar de efectos sin causas o de causas que se basan en sí mismas, que no son, a su vez, efectos de otras causas. Una persona, por ejemplo, está compuesta por un conjunto de contradicciones de distinta naturaleza (contradicciones físicas, sociales, sicológicas, etc.), pero, para resumir, vamos a dar por sentado que forman una sola contradicción particular o individual. ¿Podría existir una persona aislada, al margen de la naturaleza y de la sociedad? El hombre es, ante todo, un ser social, un ser que nace y se hace conjuntamente con otros hombres y mujeres; nace de su universalidad. Esta es la característica fundamental común a todas las personas. Esta característica no niega su particularidad o individualidad, el hecho de que cada uno obra con sus propias manos y piensa con su propio cerebro. Pero lo que hace y piensa el hombre ha estado y estará siempre condicionado por su relación con la naturaleza y con los otros individuos de su misma especie, de manera que su vida particular y su misma conformación física, cultural y moral, no sólo depende, sino que no podrá rebasar nunca los límites de esa universalidad y está moldeada por ella.

Lo mismo sucede con todas las cosas y fenómenos del mundo y de la sociedad. Nada existe de por sí, aislado o independientemente de todo lo demás. La unidad material del mundo, la conexión e interrelación universal de todos los objetos y fenómenos, en su desarrollo o automovimiento, es un principio del materialismo dialéctico, firmemente establecido hace mucho tiempo por la ciencia. De este principio filosófico partimos los marxistas en el momento de abordar el estudio de las cosas o los fenómenos concretos, lo individual y particular, ya que de lo contrario nos perderíamos fácilmente en el mar de las particularidades sin saber establecer los nexos existentes entre ellas y caeríamos en el idealismo y la metafísica.

Lo universal, al tener existencia sólo a través de lo particular o singular, cambia y se transforma a medida que se generalizan ciertos rasgos en principio singulares, Es así como lo singular o particular deja de serlo y se convierte en su contrario, deviene universal. Esta es la contradicción dialéctica de lo particular y lo universal a través de la cual se impone siempre lo nuevo sobre lo viejo o ya caduco. Esta relación de identidad que muestra como los contrarios “pueden ser y como suelen ser (…) idénticos”, es decir, que convierte “el uno en el otro”, es la “esencia misma” de la dialéctica, lo que reviste a ésta de su carácter universal y absoluto, y no la mera contradicción, ya que contradicciones hay muchas y de distintos tipos, pero no todas son dialécticas, no todas conducen a un desarrollo y superación constantes*.

Este problema lo despacha Mao en el trabajo que estamos comentando aludiendo a la concepción metafísica del mundo que ve las cosas “como eternamente aisladas unas de otras”. En cuanto a la universalidad de la contradicción, he aquí lo que dice: “Para facilitar mi exposición, comenzaré por la universalidad de la contradicción y luego continuaré con la particularidad de la contradicción. Lo haré así porque la universalidad de la contradicción puede ser explicada en pocas palabras, pues ha sido ampliamente reconocida desde que Marx, Engels, Lenin y Stalin, los grandes creadores y continuadores del marxismo, descubrieran la concepción dialéctica materialista del mundo y aplicaran con notable éxito la dialéctica materialista al análisis de numerosas cuestiones de la historia humana y de la historia de la naturaleza y a la transformación, en todos los terrenos, de la sociedad y la naturaleza (en la Unión Soviética, por ejemplo); en cambio muchos camaradas, especialmente los dogmáticos, todavía no comprenden claramente la particularidad de la contradicción. No entienden que es precisamente en la particularidad de la contradicción donde reside la universalidad de la contradicción”[3].

Este pasaje es especialmente revelador del problema que tenemos planteado. Mao parte de la consideración de que todo lo que habría que decir sobre la universalidad de la contradicción, ya ha sido reconocido desde que “los grandes creadores y continuadores del marxismo, descubrieron la concepción dialéctica materialista del mundo” y la “aplicaran con notable éxito”. De manera que él no tiene a este respecto nada más que decir. Lo asombroso resulta descubrir por nuestra parte que, a pesar de todo eso “muchos camaradas, especialmente los dogmáticos, todavía no comprenden claramente la particularidad de la contradicción”. Pero ¿por qué no la comprenden, sólo porque son dogmáticos, o porque todavía no ha aparecido nadie para explicarles, como hace Mao, que “es precisamente en la particularidad de la contradicción donde reside la universalidad de la contradicción”? Nosotros nos inclinamos a creer que es esto último, de tal manera que esa acusación de dogmatismo habrá que repartirla en partes más o menos iguales entre aquellos camaradas que “todavía no comprenden la particularidad de la contradicción” y los grandes maestros del marxismo que no se preocuparon tampoco por investigarla y enseñarla a sus alumnos, no obstante haber aplicado “con notable éxito la dialéctica materialista al análisis de diversas cuestiones…” ¿Cómo explicar ese éxito, después de tanta dejadez por la teoría y la enseñanza de la misma? Este es uno de los mayores enigmas que Mao no se detiene a investigar pero que para nosotros reviste el mayor interés.

       Efectivamente, nadie sería capaz de negar la labor realizada por Marx, Engels, Lenin y Stalin, en el descubrimiento y la aplicación de la concepción dialéctica materialista del mundo, así como los resultados que obtuvieron de ella en el análisis de numerosas cuestiones de la historia humana, de la historia de la naturaleza y en la transformación en todos los terrenos de la sociedad y la naturaleza, y eso sin que, al parecer, hubieran “comprendido claramente la particularidad de la contradicción”. De Marx se sabe que estudió una cosa tan poco particular como, por ejemplo, la mercancía y el sistema de producción capitalista. Y sabemos que fue poco concreto porque puso todo su empeño en demostrar que lo “particular” tenía un carácter universal y habría de imponerse en todos los países. Engels, por su parte, también hizo un análisis muy poco concreto del surgimiento y desarrollo de la familia, de la propiedad privada y del Estado y cometió el mismo error de querer demostrar que esa forma de organización y relaciones sociales, no tenían nada de particular, es decir, que son comunes a todos los pueblos desde los tiempos más primitivos, pasando por las antiguas Grecia y Roma, hasta alcanzar a las sociedades más modernas, señalando al mismo tiempo las leyes que las han modificado según la época y las que habrán de hacerlas desaparecer en el futuro, leyes que son igualmente comunes, universales. Engels, por lo que se ve, tampoco tuvo mucho interés en demostrar la particularidad de la contradicción. Igualmente Lenin debió ocuparse en hacer un análisis del desarrollo del capitalismo en Rusia, Y repárese en que Rusia constituía por aquella época y aún después, una particularidad de lo más original; es decir, un país sumamente atrasado, semifeudal, semibárbaro y a la vez imperialista. Basados en estas particularidades nacionales los populistas rusos se habían puesto tan pesados, que pretendían a todo trance marchar directamente hacia la revolución socialista, evitando el paso por el capitalismo y la revolución democrático‑burguesa. Por este motivo Lenin debió trabajar duro y sudar tinta para demoler las ideas de los populistas y demostrar que también en Rusia operaban las mismas leyes del desarrollo económico y social capitalista comunes, universales, que ya por entonces se habían implantado en los principales países occidentales y en Norteamérica. Lenin, ya se ve, tampoco puso demasiado interés en hacer comprender la particularidad de la contradicción.

Es claro que los grandes maestros del proletariado internacional tuvieron muy en cuenta y partieron siempre en sus análisis de lo concreto o particular, pero que, a diferencia de Mao (luego nos referiremos a Stalin), en lugar de elevar esa particularidad a la categoría de ley fundamental, la situaron en un lugar secundario y subordinado para destacar, precisamente, lo universal o común a todo el desarrollo histórico, ya que sólo de esta manera podrían ser descubiertos en la aplicación o integración más o menos dogmática de sus principios y leyes, los rasgos y características particulares no esenciales, o las formas en que aquéllas se manifiestan en cada país.

Mao dirige sus dardos contra los dogmáticos que “no entienden que es precisamente en la particularidad de la contradicción donde reside la universalidad de la contradicción”. Más adelante explica en el mismo texto: “La universalidad o carácter absoluto de la contradicción significa, primero, que la contradicción existe en el proceso de desarrollo de toda cosa, y, segundo, que el movimiento de los contrarios se presenta desde el comienzo hasta el fin del proceso de desarrollo de cada cosa”.

Que la contradicción es universal, existe en todas las cosas y recorre cada proceso de desarrollo desde el comienzo hasta su fin, es una de las tesis filosóficas fundamentales del materialismo dialéctico que el revisionismo ha tratado de ocultar y tergiversar. El dogmatismo, verdaderamente, tiene poco o nada que ver en este asunto, de manera que si Mao se refiere a los dogmáticos es porque necesita recurrir a su ayuda para desviar la atención de su propio eclecticismo. Lenin, estudiando el problema de la dialéctica, comentó: “Comenzar con lo más sencillo, con lo más ordinario, común, etc., con cualquier proposición: las hojas de un árbol son verdes; Juan es un hombre, Chucho es un perro, etc. Aquí tenemos ya dialéctica (…): lo individual es universal[4]. En cada una de estas sencillas proposiciones hay dialéctica porque al señalar que las hojas de un árbol son verdes estamos aludiendo, quizás sin pretenderlo o sin que nos apercibamos de ello, a una cualidad que es común a todos los árboles, cualidad que, por lo demás, sólo se puede hallar en los árboles concretos, reales, ya que de otra manera no puede existir. Del mismo modo, cuando decimos Juan es un hombre, no nos estarnos refiriendo a otra cualidad de Juan más que aquélla que lo identifica con los de su misma especie: la de ser un hombre y nada más, o sea, ni alto ni bajo, ni rubio ni moreno, ni obrero ni burgués, por no extendemos en otras cualidades más personales o individuales. Chucho es un perro. Hay otros muchos perros a los que no se les llama Chucho, sino Bobi, Trotski, etc., y que son, en su mayor parte, de distintas razas, de pelo y color también distintos, etc., pero cuya cualidad esencial común es ser tan perro como Chucho.

Esta es la dialéctica elemental y espontánea a la que se refiere Lenin, dialéctica que se puede hallar en cualquier proposición simple. Claro que Lenin no podía detenerse en una explicación tan simple de la dialéctica. Necesitó recurrir a esos ejemplos para deducir de ellos algo que resulta mucho más importante. Dice: “aquí tenemos ya dialéctica (…) lo individual es universal”. Y prosigue: “por consiguiente, los contrarios (lo individual se opone a lo universal) son idénticos: lo individual existe sólo en la conexión que conduce a lo universal. Lo universal existe sólo en lo individual. Todo individual es (de uno u otro modo) universal. Todo universal es (un fragmento, un aspecto o la esencia de) lo individual. Todo universal sólo abarca aproximadamente a todos los objetos individuales. Todo individual entra en forma incompleta en lo universal, etc., etc. Todo individual está vinculado por miles de transacciones a otros tipos de individuales (cosas, fenómenos, procesos) etc.”[5].

– II –

La contradicción no es universal porque exista en todas las cosas y fenómenos desde el comienzo hasta el fin, sino porque lo universal o común está contenido en cada una de ellas como lo esencial, dado que lo individual existe sólo en la conexión que conduce a lo universal. Por eso dice Lenin que “todo individual entra en forma incompleta en lo universal” y no a la inversa, es decir, no lo universal en lo particular, ya que de ser así tendríamos que considerar cada particular como un universal, como algo que se basta a sí mismo para existir.

Esto es necesario destacarlo, por cuanto que, de la otra manera, si en lugar de destacar lo universal y buscar en lo particular los rasgos comunes a un mismo objeto, fenómeno o proceso revolucionario, lo situamos siempre en un segundo plano, pueden ocurrir dos cosas: primero, que tendamos a olvidamos de lo universal y, segundo, que después de tanto olvidar lo universal y de profundizar en lo particular acabemos descubriendo otros universales distintos y contrapuestos a los que decimos estar defendiendo, ya que, verdaderamente, de las leyes y principios universales que determina el nacimiento, desarrollo y caducidad de todas las cosas, no es posible escapar. En última instancia, la cuestión consiste en si nos ponemos del lado de los universales progresivos, nuevos, que van surgiendo a lo largo de la historia y los favorecemos con nuestra actividad práctica, o nos ponemos del lado de los universales viejos o ya caducos y, lógicamente, acabamos hundiéndonos inevitablemente con ellos.

Mao se refiere a la significación de la “universalidad o al carácter absoluto de la contradicción”, para remarcar las particularidades nacionales de la revolución china y todo aquello que la diferencia de la revolución soviética. Esto es justo y puede resultar necesario remarcarlo una y otra vez para combatir la ceguera de los dogmáticos, que sólo ven lo universal, la lucha de clases, por ejemplo, sin reparar en lo particular y por tanto son incapaces de reconocer la forma específica que adopta esta lucha en cada país, determinada por sus condiciones económicas y estructura de clases, así como otros factores debidos a su historia, su cultura, etc., que desempeñan un importante papel en el desarrollo de la revolución. Pero con más razón no se puede pretender hacer una defensa del “carácter absoluto de la contradicción” negándola esencia misma de este problema, es decir, separando absolutamente el aspecto universal del particular y convirtiendo este último aspecto, que es secundario, en principal o esencial. Precisamente porque lo particular es contrarío y se opone a lo universal, de lo que se trata es de determinar cuál es el aspecto dominante y principal en esta contradicción. Si reconocemos que lo universal expresa el contenido esencial de los objetos y los fenómenos, en tanto que lo particular es la forma en que dichos objetos y fenómenos se muestran o se manifiestan, entonces tendremos que concluir que lo principal y determinante es lo universal. Aquí, lo universal no es algo externo al objeto o fenómeno, sino que forma parte inseparable de él como su núcleo fundamental y determina, por tanto, su carácter.

La particularidad de la contradicción, pues, no deja de ser un aspecto secundario y como tal debe ser tratado en su relación con el otro aspecto. Decimos en su relación, ya que, como hemos comprobado, lo universal se encuentra en todos los particulares, es lo común a todos ellos y sin lo cual tampoco estos particulares podrían existir. Esto es, precisamente, lo que hace de lo universal el aspecto principal o dominante. Lo particular no puede existir por sí mismo, y de hecho son innumerables los particulares que aparecen y desaparecen sin que se vea afectado esencialmente lo universal (el todo), que de esa manera puede dar lugar a la aparición de otros infinitos particulares. En cambio, probemos, aunque sólo sea con la imaginación, a eliminar lo universal. ¿Podría surgir de la nada un particular? ¿Podría un particular sobrevivir aislado y en el vacío?

Sólo desde esta concepción se puede abordar el análisis de lo particular y sus contradicciones específicas, ya que como también hemos visto antes, lo universal, si bien es el aspecto esencial de todo lo particular, sin embargo no abarca totalmente lo particular. De aquí se deduce la importancia del análisis de lo particular. Es esto lo que nos permite desgajarlo de lo universal para su estudio, antes de restablecer sus conexiones o relaciones mutuas, de lo que ambos saldrán más enriquecidos, matizados, esclarecidos. Para ello, lógicamente, hay que proceder antes que nada a clasificar el objeto o fenómeno de que se trata, a fin de poder establecer las leyes específicas de su movimiento o su desarrollo.

Sobre esta cuestión, Mao escribe: “Toda forma del movimiento contiene su propia contradicción particular. Esta contradicción particular constituye la esencia particular que diferencia a una cosa de las demás”. “Todas las formas sociales y todas las formas del pensamiento tienen, cada una, su propia contradicción particular y su esencia particular”. De paso, al llegar a este punto, Mao aprovecha la ocasión para emprenderla nuevamente contra los dogmáticos que “son perezosos y rehúsan dedicar el menor esfuerzo al estudio de las cosas concretas”. Nada tenemos que objetar a esta calificación de los dogmáticos, mas ¿de qué se trata realmente? Se trata, como explica el mismo Mao poco más adelante, de que “para descubrir la particularidad de las contradicciones en el proceso de desarrollo de una cosa, consideradas en su conjunto, en sus interconexiones, es decir, para descubrir la esencia del proceso de desarrollo de una cosa, hay que descubrir la particularidad de cada uno de los aspectos de cada contradicción de ese proceso; de otro modo, será imposible descubrir la esencia del proceso”[6].

Estamos, pues, ante dos proposiciones coherentes y emparentadas entre sí:

Primera proposición:

“Todas las formas sociales y todas las formas de pensamiento tienen, cada una, su propia contradicción particular y su esencia particular”.

Segunda proposición:

“Para descubrir la particularidad de las contradicciones en el proceso de desarrollo de una cosa, consideradas en su conjunto, en sus interconexiones, es decir, para descubrir la esencia del proceso de desarrollo de una cosa, hay que descubrir la particularidad de cada uno de los aspectos de cada contradicción de ese proceso”. O sea, que se comienza sentando la premisa según la cual “todas las formas sociales y todas las formas de pensamiento tienen, cada una, su propia contradicción particular y su esencia particular”, y se acaba, después de pasar de puntillas sobre el conjunto y las conexiones, en el mismo abrevadero: “en la particularidad de cada uno de los aspectos de cada contradicción de ese proceso”.

Mao se extiende en consideraciones sobre el dogmatismo y los dogmáticos para demostrar que “a esto se refería Lenin al decir que la esencia misma del marxismo, el alma viva del marxismo, es el análisis concreto de la situación concreta”. Por supuesto que no vamos a entrar aquí a analizar la situación concreta que entonces existía en China, pues no es el objeto concreto de nuestro análisis. Ni siquiera vamos a entrar en el análisis de la situación de nuestro país, ya que no lo necesitamos para demostrar la falsedad que encierra esa concepción que acabamos de exponer acerca de lo que debe ser un análisis concreto de una situación concreta que merezca el nombre de marxismo. Porque análisis concretos de situaciones muy concretas se han hecho muchos. Cada clase tiene el suyo, el que corresponde a su visión del mundo y a sus intereses. Por eso se trata, antes que nada, de saber de qué visión o concepción del mundo y de qué posición de clase partimos a la hora de realizar un análisis concreto de una situación concreta. El marxismo siempre parte de la concepción materialista dialéctica y de la posición de la clase obrera. De otra manera, por más que intentemos escapar de las garras del dogmatismo o del subjetivismo, no podremos sino seguir presos de él o caer en la cloaca de la ideología burguesa.

¿De qué fenómenos de la sociedad y de qué pensamiento estarnos hablando? Esas son las primeras preguntas que habría que responder. En segundo lugar habría que esclarecer también qué debemos entender por particularidad de la contradicción cuando nos referimos a los fenómenos de la sociedad y del pensamiento. Marx, por ejemplo, trató de todas las formas sociales y de todas las formas de pensamiento, deteniéndose especialmente en el análisis concreto de una formación social y una forma de pensamiento muy concreto: en la sociedad burguesa y el pensamiento burgués, y extrajo de ese análisis las contradicciones particulares de este tipo de sociedad y de pensamiento así como sus esencias particulares. Para Marx, no existían más contradicciones ni más esencias particulares en la sociedad burguesa y el pensamiento burgués, que las que él pudo reconocer y analizar. Es más, en su estudio de la historia, de la economía, la política y la cultura de todos los países avanzados que fueron objeto de su atención, es decir, en el análisis de cada país, Marx no encontró sino aquello que los identificaba con los otros, de lo que pudo deducir que ésa era, precisamente, la contradicción particular y la esencia particular de esa formación social; lo que la distinguía de otras formaciones. En cuanto a la esencia y contradicciones de la forma del pensamiento burgués, especialmente la filosofía y la economía política, Marx, como se sabe, también hizo algunos descubrimientos importantes, destacando que se correspondían o son el reflejo en la mente del hombre burgués, de su naturaleza universal esencialmente burguesa.

Marx no consideraba las formas sociales y las formas de pensamiento de cada país por separado, para establecer a partir de ese supuesto análisis “concreto” “la contradicción particular y la esencia particular” de cada uno de esos países, como se deduce claramente de las tesis de Mao, y eso por la sencilla razón de que tales contradicciones y esencias particulares nunca han existido ni pueden existir. Esto no quiere decir que no existan rasgos o características correspondientes a otras formas de organización social y pensamiento que no sean burgueses. Por ejemplo, China, en la época que Mao escribió la obra que estamos comentando, era un país semifeudal y semicolonial que se hallaba en un proceso revolucionario abierto. Esto significaba entonces que su contradicción particular y su esencia particular no estaban realmente definidas, que se hallaba en un punto del proceso de desarrollo histórico en el que, se puede decir, había perdido ya buena parte de su vieja contradicción particular y de su vieja esencia particular (que por supuesto compartía con otros muchos países) y comenzaba a adoptar la contradicción particular y la esencia particular del capitalismo. China no era entonces ni un país puramente feudal ni tampoco capitalista. Se encontraba en un proceso de transición desde una forma social ya caduca en todo el mundo a otra que ya había empezado también a decaer sin haberse establecido en China, por lo que se le planteaba la necesidad de liquidar cuanto antes los rasgos de la anterior formación social que aún conservaba y cubrir rápidamente la etapa histórica correspondiente al desarrollo capitalista a fin de poder adentrarse en la nueva era del socialismo que ya por entonces había comenzado.

Ciertamente, este complejo proceso estaba preñado de contradicciones particulares, no se puede negar, y el deber de los comunistas consistía en descubrirlas y analizarlas en concreto desde la concepción y el método marxista‑leninista, sin dejarse atrapar por el dogmatismo, pero también evitando caer en las redes del particularismo, de la sofistería y del eclecticismo. ¿Qué es la particularidad de la contradicción? ¿Cómo debemos entenderla? Evidentemente se trata de esos rasgos de formas sociales y de pensamiento que no se corresponden con las formas sociales y de pensamiento características y dominantes en una época dada del proceso general de desarrollo histórico de la sociedad, y que, por consiguiente, o bien habían de ser las que predominen en el futuro (caso de las formas de socialismo) o bien están condenadas a desaparecer en un plazo de tiempo relativamente corto. De modo que por particularidad se puede entender también, no lo individual universal, como rasgo dominante de una cosa o un proceso, sino lo individual como excepción, de lo que se sale o queda fuera de lo universalmente dominante o ya establecido.

Pues bien, dichas excepciones, que existen en la realidad como eslabones intermedios de transición de unas formas a otras de movimiento o de cualidades diferentes, no pueden constituir, por su propia naturaleza, la contradicción particular ni la esencia particular de ninguna formación social, si bien pueden ser una forma “particular” de pensamiento. Con el pensamiento ya se sabe lo que sucede: que no sólo es capaz de reflejar más o menos fielmente la realidad objetiva, sino que también puede volar y, ¡cómo no!, despeñarse. ¿Cómo puede una tal categoría de transición, si se la puede llamar así, servir de fundamento, de premisa, para un análisis que se pretende marxista, científico, dialéctico?

De ser cierta la tesis de Mao habría que considerar tantas formas sociales y de pensamiento como países existen en el mundo. Lo que él considera una forma social o una contradicción y esencia particular, no lo es en modo alguno. El marxismo sólo reconoce la existencia de cinco grandes formaciones económicas y sociales a lo largo de la historia: el comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo y el comunismo. También reconoce la existencia de ciertos eslabones intermedios o regímenes de transición de una a otras formas sociales, tal que el colonato que se estableció en Europa después de la caída del imperio romano (y que perduró durante cuatro siglos, antes del establecimiento del sistema feudal), y lo que ha podido ser recientemente el régimen semifeudal y colonial, en el que se mezclan varias formas sociales correspondientes a los distintos sistemas sin que predomine ninguno de ellos. Estas formas pueden permitir el paso al socialismo, pero también pueden dar lugar a un retorno temporal a viejas formas sociales ya caducas (al capitalismo), que es lo que ha sucedido en China y en otros países. En ningún caso, dependiendo de la época o del grado de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas sociales, el período de transición puede durar mucho tiempo ni puede permanecer estable por las fuertes corrientes históricas y las fuerzas que confluyen en él, de manera que resulta imposible establecer “una contradicción particular y una esencia particular dentro de ellas”; en todo caso, esa inestabilidad y fluctuación entre un régimen social y otro distinto, podría ser su “contradicción particular y su esencia particular”, mas esto no constituye una formación social característica en el sentido que lo entiende el marxismo dogmático.

Otra acepción de lo particular, por oposición a lo universal, (que como ya hemos visto está contenido o forma un todo con lo particular o individual) es la que se refiere al carácter específico, cualitativamente diferente de cada cosa o fenómeno, ya que, efectivamente, cada objeto particular contiene su propia contradicción, distinta a todas las demás. Aquí hay que distinguir claramente la contradicción o contradicciones sociales, las cuales no tienen nada que ver con las que se dan en el mundo animal, en el vegetal o mineral.

Un particular (y a la vez universal dentro de su propia naturaleza o contradicciones específicas) sería, por ejemplo, el estudio de la materia inanimada, desde los astros a las partículas elementales. Otro particular es el estudio de la vida, desde el ADN hasta el cerebro del hombre. Otro es el estudio de la forma social de movimiento. Todos estos son campos de estudio particulares de los que se ocupan las distintas ramas de la ciencia y pueden ser estudiados por separado como tales particularidades (aunque, tal como vimos anteriormente, no es posible aislar completamente ni establecer una separación absoluta entre unos y otros campos, ya que están interconectados o relacionados unos con los otros) pero son cualitativamente diferentes y sus movimientos y transformaciones transcurren siguiendo sus propias leyes o contradicciones y procesos también diferentes. Dentro de cada una de esas formas de movimiento se da también una infinita variedad que obedece, a su vez, a otras tantas cualidades, leyes o contradicciones. No obstante, todas están condicionadas o sujetas a las mismas leyes generales que determinan su pertenencia a uno de esos grandes campos (física, biología, etc.). Así la fama de movimiento que se conoce por “movimiento social, tiene sus propias leyes que la distinguen esencialmente de todas las demás. Lo mismo se puede decir del pensamiento del hombre.

Mao se refiere a todas estas contradicciones de distinto carácter, subrayando que, por ejemplo, de un huevo nace una gallina, pero que una piedra jamás podrá poner un huevo. De una piedra sólo puede salir otra piedra más pequeña o polvo, con el que en todo caso se podrá abonar la tierra que nutre el grano que alimenta a la gallina que pone el huevo. Pero de este huevo jamás podrá salir una piedra, ya que ambas formas de existencia o movimiento de la materia están regidas por leyes diferentes y tienen también cualidades diferentes. Dentro de cada una de esas formas de movimiento cualitativamente diferentes se da también una infinita variedad de formas particulares que no lo modifican esencialmente o que lo hacen muy lentamente. No obstante, la separación entre unas y otras cualidades o propiedades no es nunca absoluta ni tan tajante, ya que en realidad unas se derivan de las otras y se transforman en su contrario (el nacimiento de la vida, su origen en la materia inorgánica, es algo que la ciencia ha demostrado hace ya tiempo). Del huevo, ciertamente, no puede salir una piedra, pero ¿quién puede negar la existencia de materia calcificada, petrificada, en la cáscara y aún dentro del huevo? Por lo demás, ¿de dónde extrae la planta o el grano que alimenta a la gallina sus elementos nutritivos, si no es de la tierra, de los minerales, del agua y la luz? En todo caso, de lo que no podemos dudar ‑la experiencia histórica así nos lo ha demostrado‑ es que del huevo semifeudal y semicolonial sí puede salir la gallina capitalista o bien el pollo socialista, es decir, formas de organización social esencialmente diferentes.

– III –

“Lo que nosotros hacemos en China, ¿convendrá a las leyes económicas que imperan en el país? Este problema merece ser estudiado, Según mi parecer, basta con que el modelo chino esté conforme en lo esencial a las leyes económicas de China”. Este comentario de Mao, que hemos recogido de sus “Apuntes a los Problemas económicos del socialismo en la URSS**, obra de J. Stalin, resume la posición que ya hemos estudiado, sólo que esta vez referida a la construcción económica del socialismo.

¿Significa esto, acaso, que las leyes de la construcción socialista deberán ser distintas en cada país? Por lo que hemos leído poco más arriba, acerca de la coincidencia, en lo esencial, del modelo chino con las leyes económicas chinas, parece que no debemos albergar ninguna duda respecto a este problema. Mas ¿cuáles son esas leyes económicas chinas? Mao alude a la necesidad de estudiar este problema, pero de momento sólo se refiere en el mismo texto a algunas leyes económicas muy conocidas y bastante comunes.

Mao cita la obra de Stalin: “Se dice que la necesidad de un desarrollo armónico (proporcional) de la economía de nuestro país permite al poder soviético destruir las leyes económicas existentes y crear otras nuevas. Esto es completamente erróneo. No se puede confundir nuestros planes anuales y quinquenales con la ley económica objetiva del desarrollo armónico, proporcional, de la economía del país”. “Este pasaje ‑indica Mao‑ es el centro del problema***. “Eso quiere decir (Mao prosigue con el pasaje de la obra de Stalin) que la ley del desarrollo armónico de la economía da a nuestros organismos correspondientes la posibilidad de planificar con acierto la producción social, Pero no se puede confundir la posibilidad con la realidad. Son dos cosas diferentes. Para convertir la posibilidad en realidad, hay que estudiar esa ley económica, hay que dominarla, hay que aprender a aprovecharla con entero conocimiento de causa, hay que confeccionar planes que reflejen con total plenitud las exigencias de esa ley. No puede decirse que nuestros planes anuales y quinquenales reflejen plenamente las exigencias de esa ley económica”. Mao comenta esta cita para concluir: “Teóricamente, lo que Stalin dijo en ese pasaje es correcto. Pero no estudió minuciosamente el problema ni desarrolló sus ideas de manera clara. En la Unión Soviética no hay desarrollo simultáneo de las grandes, medianas y pequeñas empresas, como tampoco desarrollo simultáneo de las regiones y del poder central, o de la industria y de la agricultura. En todos esos dominios, los soviéticos no caminan con las dos piernas (…) Nosotros tampoco hemos estudiado suficientemente las leyes objetivas como para adueñamos de ellas, y por ende nuestros planes tampoco reflejan perfectamente esas leyes”.

Repárese en que Stalin está señalando, y no por casualidad, esa confusión que consiste en identificar la ley económica del desarrollo armónico o proporcional de la economía, con los planes anuales y quinquenales; es decir, la posibilidad de planificación que ofrece el socialismo, con los resultados reales, ya que, evidentemente, son dos cosas diferentes. Por esta razón Stalin llama a estudiar dicha ley para dominarla y aprender a aprovecharla así como a “confeccionar planes que reflejen con plenitud las exigencias de esa ley”. Stalin no habla de otra cosa en ese pasaje más que de la ley de la economía planificada socialista, del desconocimiento de esa ley, de la necesidad de confeccionar planes que la reflejen, etc. ¿Podría haber estudiado más minuciosamente este problema y desarrollar sus ideas de manera más clara? Eso lo vamos a comprobar más adelante; ahora de lo que no tenemos ninguna duda es que Mao no comparte, no obstante haberlo señalado (y si repara en él es para mostrar su desacuerdo) que sea ése, precisamente, el centro del problema, de ahí que haya desviado nuestra atención hacia otras cuestiones secundarias, como el llamado desarrollo simultáneo (que, de hecho, entra dentro de lo que debe ser un plan correcto de planificación, que es a lo que se refiere Stalin), para concluir que “nosotros tampoco hemos estudiado suficientemente las leyes objetivas como para adueñarnos de ellas, y por ende nuestros planes de trabajo tampoco reflejan perfectamente esas leyes”. ¿Cómo se puede afirmar que Stalin no estudió minuciosamente el problema y reconocer a continuación que “nosotros tampoco hemos estudiado suficientemente…”? Aquí caben dos interpretaciones. Primera: que no lo hemos estudiado suficientemente, pero sí más minuciosamente que Stalin, lo que nos autoriza para criticar sus ideas poco desarrolladas y, desde luego, nada claras; y segunda interpretación: si bien Mao reconoce al principio que el centro del problema está en la confusión entre los planes anuales y quinquenales con la ley económica objetiva del desarrollo armónico, él considera que son otros los problemas o las leyes objetivas y, por ende los planes que se deben realizar. Esta es la clave para entender este pequeño embrollo.

Stalin habla de la ley económica objetiva del desarrollo armónico, proporcional, de la economía del país”, en tanto que Mao dando ese extraño rodeo, nos sitúa ante las leyes objetivas, sin referirse para nada al desarrollo armónico, planificado. Y si habla de nuestros planes, es tan sólo para decir que tampoco reflejan perfectamente esas leyes. Es sabido que en China se comenzó imitando el modelo soviético. De lo que se trata, pues, es de desechar dicho modelo, incluso como inservible para la URSS, para adoptar un modelo chino de desarrollo basado, no en planes justos según la ley objetiva económica del desarrollo armónico, proporcional, de la economía socialista, sino en unos planes que reflejan unas leyes que, desde luego, no son socialistas.

Mao critica que en la Unión Soviética no hubiera “desarrollo simultáneo de las grandes, medianas y pequeñas empresas, como tampoco desarrollo simultáneo de las regiones y el poder central, o de la industria y de la agricultura”. Ese sería el modelo chino de desarrollo. Pero a poco que analicemos las condiciones reales, tanto económicas y sociales como políticas e internacionales del país de los soviets tras la revolución, nos daremos cuenta inmediatamente de la imposibilidad de simultanear el desarrollo de todos esos sectores, por lo que el poder soviético se vio obligado a tener que elegir entre el desarrollo de los sectores claves de la economía y el fortalecimiento del poder central, o la muerte de la revolución. Para los trabajadores de la Unión Soviética no existía otro modelo que no fuera ése, ya que no sólo debían tener en cuenta su atraso, sino que no podían contar con la ayuda técnica y financiera que sólo la revolución proletaria triunfante en los países más adelantados de occidente les podría haber proporcionado. ¿Cómo simultanear el desarrollo de las grandes, medianas y pequeñas empresas, sin permitir al mismo tiempo el desarrollo de la burguesía y las inversiones de capital extranjero? ¿Cómo simultanear el desarrollo de la industria y la agricultura sin contar con los medios que sólo podía proporcionarles la agricultura colectiva de los trabajadores del campo? ¿Cómo simultanear el desarrollo de las regiones y del poder central ante la debilidad de dicho poder y en una época de guerra civil casi permanente, de acoso y agresiones imperialistas? En este aspecto, China, ciertamente, se encontraba ante una situación diferente, ya que, entre otras cosas, contaba con la ayuda y el apoyo de la Unión Soviética. No obstante, el problema que se planteaba no era muy diferente, hasta se puede asegurar que es un problema que habrá de presentársele a otros países y para lo cual se hace indispensable tener las ideas medianamente claras.

Se trata, como lo analiza Stalin y el mismo Mao recoge en sus apuntes, del problema de la división en dos categorías de los medios de producción. Una parte de esos medios son de propiedad estatal o de todo el pueblo; la otra parte pertenece a los colectivos de trabajadores. Esto implica la producción y el intercambio de mercancías a un cierto nivel así como la propiedad individual o privada de los objetos de consumo personal y familiar, de manera que en el socialismo los medios de producción no pueden ser considerados como mercancías; es decir, no pueden pasar a ser propiedad privada individual ni utilizados, por tanto, para la explotación del trabajo. Esto plantea el problema de la actuación de la ley del valor y de la fijación de los precios en el socialismo. No nos vamos a detener aquí a estudiar este problema, porque nos llevaría muy lejos. Tan sólo nos vamos a limitar a exponer la concepción de Stalin.

“En nuestro régimen de producción ‑escribe Stalin‑ los medios de producción no pueden ser, en modo alguno, considerados como mercancías. ¿Por qué se habla, pues, del valor de los medios de producción, de sus costes, de sus precios, etc.?

       Por dos causas:

Primera. Porque es indispensable para el cálculo, para la contabilidad, para determinar si las empresas son rentables (…)

Segundo: porque es indispensable para efectuar, en interés del comercio exterior, la venta de los medios de producción a los Estados extranjeros. Aquí en la esfera del comercio exterior, pero sólo en esta esfera, nuestros medios de producción son en realidad mercancías y en realidad se venden”[7].

Este es el mismo problema que se planteó también en Cuba en 1963, en la polémica que enfrentó a Ernesto “Che” Guevara con los revisionistas en el ministerio de economía en relación con los “costos de producción como base del análisis económico de las empresas sujetas a sistema presupuestario”, polémica en la que el Che se muestra mucho más estalinista que maoísta y, desde luego, nada fidelista: “nuestra concepción, escribe el Che, que no está implantada sino en determinadas ramas de la economía, considera el producto como un largo proceso de flujo interno durante el transcurso de todos los pasos que debe dar en el sector socialista hasta su transformación en mercancía, lo que ocurre solamente cuando hay traspaso de propiedad. Este traspaso se realiza en el momento en que sale del sector estatal y pasa a ser propiedad de algún usuario”[8].

El Che no está proponiendo aquí que los medios de producción pasen a ser propiedad privada; se está refiriendo a los usuarios, no como a productores de mercancías, sino como consumidores; se está refiriendo al valor de uso de las mercancías, y no a su valor de cambio, ya que en el socialismo el sector de la economía de propiedad estatal, dominante, no sólo no es regulado por la ley del valor, sino que como indica Stalin, dicha ley resulta, a su vez regulada por la planificación. “El error fundamental de los camaradas Sánina y Vérizher consiste en que no comprenden el papel y el significado de la circulación mercantil en el socialismo, no comprenden que es incompatible con la perspectiva del paso del socialismo al comunismo. Piensan, por lo visto que la circulación mercantil no es óbice para pasar del socialismo al comunismo, que la circulación mercantil no puede impedir esa transición. Es éste un profundo error nacido de la incomprensión del marxismo”[9].

Ese profundo error y esa incomprensión que muestra Mao en sus anotaciones críticas de estas cartas de Stalin, lo que resulta doblemente significativo si se considera la defensa que hace de ellos después de haber leído lo que había escrito Stalin. Claro que aquí se podía objetar que en la situación de China que describe Mao, no se puede pretender pasar inmediatamente al comunismo. Pero tampoco en la URSS de principios de los años 50, ni posteriormente en Cuba, se está proponiendo un paso tan inmediato. Se trata, evidentemente, de la línea a seguir en la etapa del socialismo, una línea que persigue acabar con la propiedad privada sobre los medios de producción, con la producción de mercancías, etc. y para lo cual se propone dar los primeros pasos de una manera firme y consecuente. ¿Se puede dejar, en estas circunstancias, de defender la concepción del marxismo cuando es objeto de ataques o tergiversaciones por los revisionistas y adoptar una posición ecléctica, intermedia o pragmática, en nombre de unas supuestas particularidades nacionales o contradicciones y esencias propias, específicas?

Mao no está de acuerdo con esta ley económica del socialismo que defiende Stalin y propone, por el contrario, que algunos medios de producción pasen a ser propiedad privada. “La existencia de dos sistemas de propiedad constituye”, efectivamente, tal como argumenta Mao, “la principal premisa de la producción mercantil”, y si bien es cierto igualmente que “a fin de cuentas, ésta última también tiene nexos con las fuerzas productivas”, no se puede perder de vista en ningún momento la ley de la planificación socialista basada en la existencia de los nuevos tipos de propiedad, los cuales no tienen nada que ver y entran en abierta contradicción con las viejas relaciones de producción capitalistas. Esto hace que, contrariamente a lo que afirma Mao en sus Apuntes, los intercambios no “seguirán efectuándose a través de las mercancías” sino, en todo caso, en áreas restringidas y por poco tiempo. Lo que desde luego no se puede admitir es que dichos intercambios puedan realizarse en las regiones o sectores donde el sistema socialista de propiedad de todo el pueblo “se haya realizado íntegramente” ya que admitir esta posibilidad equivaldría a dejar la puerta abierta para la restauración capitalista bajo una supuesta “economía socialista de mercado”. Esta fue, como se sabe, la tesis que defendiera Bujarin en los años 30 en la Unión Soviética y que aún hoy siguen defendiendo los Bordiguistas; tesis que puso en práctica Jruschev nada más usurpar el poder en la URSS y que han hecho suyas los denguistas chinos bajo la misma consigna bujarinista de y ¡enriqueceos!

Esta concepción se basa en el supuesto de que es posible mantener el poder en manos de la clase obrera y algunos sectores claves de la economía socialista, en un islote rodeado por la pequeña y mediana economía privada y en un mercado mundial dominado por las grandes potencias imperialistas, sin que éstas acaben infectándolo todo y socavando el poder obrero para terminar poniendo la llamada economía socialista de mercado al servicio de la restauración capitalista y de los monopolios capitalistas internacionales.

Para reforzar sus argumentos, los oportunistas siempre han recurrido a Lenin de una manera fraudulenta, intentando convertir la Nueva Política Económica (NEP) preconizada por él, así como la necesidad del comercio y el capitalismo de Estado, en argumento a favor de la propiedad privada capitalista y el libre comercio en el socialismo. De esta manera, lo que para Lenin venía a suponer un paso atrás obligado que debía permitir mantener la alianza obrero‑campesina, al mismo tiempo que un mayor desarrollo de la producción y su concentración en manos del Estado proletario (como paso previo al establecimiento de una verdadera economía socialista), para los bujarinistas, jruschovistas y denguistas, de lo que se trata no es de otra cosa sino de un retorno hacía fa pequeña y mediana producción que sirva de base a la concentración y restauración capitalista. Este es el modelo ola vía de desarrollo que nos ofrecen, contrapuesto al modelo stalinista soviético o vía comunista de Marx, Engels y Lenin.

Mao recoge un pasaje de la obra de Stalin donde este problema aparece expuesto de una forma bastante clara: “De aquí se desprende ‑escribe Stalin‑ que Engels se refiere a países donde el capitalismo y la concentración de la producción están bastante desarrollados, no sólo en la industria, sino también en la agricultura, para que se puedan expropiar todos los medios de producción del país y hacer de ellos patrimonio del pueblo entero. Por consiguiente, Engels; considera que en esos países se debería, paralelamente a la socialización de todos los medios de producción, suprimir la producción mercantil. Y eso, naturalmente, es acertado”[10]. Stalin, en aplicación de los principios marxistas‑leninistas, aboga por la supresión de la propiedad privada capitalista sobre los medios de producción en los países poco desarrollados, no así por la supresión de la producción mercantil, que deberá permanecer en ellos, pero de una producción mercantil sin propiedad privada sobre los medios de producción, sin explotadores y sin mercaderes capitalistas, Es decir, que no se trata de la supresión de la producción mercantil, sino de la producción mercantil capitalista a fin de que, entre otras cosas, los intercambios no puedan continuar “efectuándose a través de las mercancías” sino conforme a un plan dirigido a servir a las masas populares. Esta es la ley del socialismo, lo que diferencia esencialmente al sistema socialista del sistema capitalista basado en la propiedad privada, en la anarquía de la producción y en las demás leyes de la explotación del trabajo por el capital.

Mao no entendió este problema e interpretó mal a Lenin y Stalin. Dice en sus comentarios a la obra de Stalin: “algunos no quieren la producción mercantil. Se equivocan. En lo concerniente a este problema aún debemos seguir remitiéndonos a Stalin, quien, a su vez, se remite a Lenin. Este último dijo que habría que concentrar todos los esfuerzos en el desarrollo del comercio. En cuanto a nosotros decimos que hay que desarrollar con todas nuestras fuerzas la industria, la agricultura y el comercio”. ¿Por qué se limitan Lenin y Stalin a hablar sólo del comercio y no dicen ni una palabra del desarrollo de la industria y la agricultura? (¿Es qué este desarrollo no es el centro de toda la atención y el esfuerzo de la construcción económica del socialismo?). Evidentemente, porque separan la producción y el comercio de mercancías de la propiedad de los medios de producción, en tanto que Mao está aludiendo ‑al desarrollo de la industria, la agricultura y el comercio como todo un sistema de relaciones económicas que no excluye la propiedad privada y el intercambio a través de las mercancías.

Stalin rechaza esta concepción como contraria al socialismo; y en cuanto al papel de la producción mercantil en general, he aquí lo que dice: “no puede considerarse la producción mercantil como algo independiente que se basta a sí mismo, como algo independiente de las condiciones circundantes. La producción mercantil es más vieja que la producción capitalista. Existió en el feudalismo y sirvió a ese régimen y, a pesar de que preparó ciertas condiciones para la producción capitalista, no condujo al capitalismo”[11]. “Esta afirmación ‑apostilla Mao‑ es un poco forzada. La producción mercantil no conduce al capitalismo”.

Esta aparente contradicción entre el texto de Stalin y la observación que hace Mao (parece querer decir lo mismo), revela que éste no ha comprendido las tesis de Stalin y de Lenin. La producción de mercancías es más vieja que la producción capitalista, y no obstante, a pesar de preparar ciertas condiciones para la producción capitalista, “no condujo al capitalismo”. Esto lo dice Stalin porque sabe positivamente que, para que se pueda establecer el régimen capitalista de producción, se tienen que dar, junto a determinadas condiciones técnicas de la producción, dos condiciones básicas: la posesión de los medios de producción y de vida por parte de los propietarios capitalistas (el capital pre‑industrial) y la existencia de un proletariado numeroso que carezca de ellos y se vea obligado a tener que vender su fuerza de trabajo a los poseedores de los medios de producción. Bajo estas condiciones, y es de lo que aquí se trata, la producción mercantil sí conduce al capitalismo; es decir, que la tesis de Stalin no resulta nada forzada. Pero Stalin va mucho más lejos y pregunta: “¿por qué no puede también la producción mercantil servir por cierto tiempo a nuestra sociedad socialista sin conducir al capitalismo?”. Esta es la clave del asunto. Se trata, como ya hemos señalado, de una producción mercantil sin propiedad privada de los medios de producción y sin intervención de los capitalistas, para un “cierto periodo” de “nuestra sociedad socialista”. A Mao esto le parece perfectamente justo, e incluso llega a afirmar “que si se elimina a los capitalistas se puede desarrollar enormemente la producción mercantil”, lo que no casa por ningún lado con su propuesta de convertir una parte de los medios de producción en mercancías y que los cambios continúen efectuándose a través de las mercancías.

En el primer caso, utilizamos la producción mercantil para avanzar hacia el comunismo, es decir, para la supresión de la mercancía y de todo lo que va ligado a ella, particularmente la ley del valor, de los intercambios según el coste de producción, de la competencia, etc., en tanto que en el segundo nos encaminamos hacia la restauración del capitalismo con todas sus leyes económicas y relaciones sociales. “Por consiguiente, -concluye Stalin- nuestra producción mercantil no es una producción mercantil habitual, sino una producción mercantil sin capitalista, que en lo fundamental tiene que vérselas con las mercancías de productores socialistas unificados (el Estado, los koljoses y las cooperativas), una producción cuya esfera de acción está circunscrita a los objetos de consumo personal y que ‑es evidente‑ no puede de ningún modo transformarse en producción capitalista y está llamada a contribuir, con su ‘economía monetaria’, al desarrollo y al fortalecimiento de la producción socialista” [12].

Pero Mao se muestra en desacuerdo con esta conclusión, y lleva la polémica al terreno del problema de las transformaciones del sistema de la propiedad, con el que está estrechamente relacionado, para decir que “Stalin evita responder a este problema”, cuando, en realidad, ésa es la única respuesta socialista, marxista, que cabe darle: la del desarrollo de la producción y su concentración en manos del Estado (de toda la sociedad), a fin de que se pueda cumplir de forma efectiva la ley socialista de la planificación económica, social, cultural, etc. Si, por el contrario, partimos de la concepción de que “la esfera de la producción mercantil no está circunscrita a los objetos de consumo personal” y que “ciertos medios de producción también pertenecen a la categoría de mercancías” ¿no estaremos con ello fomentando un modelo de desarrollo capitalista?

Mao cree haber encontrado una contradicción en el planteamiento de Stalin: “si se considera como mercancías los productos agrícolas, pero no los productos industriales, ¿cómo se los puede intercambiar entonces?”. Pero la respuesta a esta pregunta es muy sencilla: Stalin sólo considera como no comercializables los medios de producción, no los objetos de consumo personal producidos por la industria. ¿0 es que los campesinos no tienen necesidad de esos productos, entre los que se encuentran los aperos y otras herramientas de trabajo? Además, entre los productos agrícolas, no todos entran en la categoría de mercancías, y de hecho son intercambiados directamente, o a través del Estado, para su utilización corno medios de producción industriales.

Este intercambio es la base sobre la que se asienta la alianza obrera y campesina y lo que permite incrementar la producción y el establecimiento de nuevas relaciones sociales más acordes con el desarrollo de las fuerzas productivas hasta alcanzar, a través de la incesante lucha de clases y las transformaciones en el ámbito de la superestructura, la etapa del comunismo en que habrán desaparecido todas las formas de propiedad privada y colectivas, para dar paso a una sola propiedad de, todo el pueblo. Con ello desaparecerá también la producción de mercancías y la división en clases de la sociedad, en tanto que el Estado se habrá extinguido como órgano especial de represión de una clase sobre las otras, quedando tan sólo en pie su función administrativa. Este es el modelo y la vía universal del comunismo, no existe ningún otro modelo ni ninguna otra vía.

Reconocer la universalidad de esa vía no quiere decir que todos los países deban transitarla de la misma e idéntica manera. Admitir la identidad de los rasgos principales y fundamentales de la revolución proletaria en todos los países significa, para nosotros, oponerse al revisionismo en todas sus formas nacionales. Sobre este particular, en sus “Notas de lectura del ‘Manual de economía política de la Unión Soviética’” Mao hace una pregunta que nos parece muy oportuna: “¿Por qué el proletariado triunfó primero en Rusia? ” y he aquí su respuesta: “A comienzos del siglo XX, el centro de la revolución se desplazó hacia Rusia y nacía el leninismo, desarrollo del marxismo. Sin el leninismo, no habría habido victoria de la revolución rusa Si no hubiera habido lucha entre los bolcheviques y los mencheviques; si no hubiera habido lucha contra el revisionismo de la II Internacional, le habría sido imposible triunfar a la revolución de Octubre”. Esta es una observación que nos parece absolutamente correcta. Lo es igualmente la opinión que expresa poco más abajo Mao en el sentido de que “La victoria de la revolución proletaria no se obtiene forzosamente en los países de muy alto nivel de desarrollo capitalista”. Otra consideración merece lo que Mao dice a continuación: “Es muy difícil hacer la revolución y construir el socialismo en los países occidentales, porque en esos países la influencia perniciosa de la burguesía es muy profunda y ya se infiltró por doquier. En China la burguesía sólo existe desde hace tres generaciones, mientras que en países como en Inglaterra y Francia existe desde hace decenas de generaciones (…) por eso la clase obrera inglesa no sigue al Partido Comunista, sino al Partido Laborista. Lenin dijo: ‘cuanto más atrasado es un país, tanto más difícil es su paso del capitalismo al socialismo’. Vista desde hoy, esta tesis no es correcta. En realidad, cuanto más económicamente atrasado es un país, tanto más fácil ‑y no difícil‑ resulta su paso del capitalismo al socialismo. En realidad, cuanto más pobre es un hombre, tanto más quiere la revolución”. Claro que esto no explica por qué países como la India, o como la inmensa mayoría de los países dependientes, aun habiendo en ellos cientos de millones de pobres que quieren la revolución, todavía no la han llevado a cabo, e incluso en la misma China a pesar de la corta existencia de la burguesía, la revolución socialista tampoco haya podido llegar muy lejos. La cuestión, pues, continúa siendo la misma de antes: es más fácil comenzar la revolución socialista en los países atrasados, pero más difícil terminarla, en tanto que en los países más desarrollados, debido a la circunstancia a que se refiere Mao, la revolución socialista resulta más difícil comenzarla, pero cuando se produzca, lo más probable es que no haya marcha atrás y con ello puedan prestar una importante ayuda a los otros países.

Mao no tiene en cuenta para nada que la revolución en los países semicoloniales y semifeudales es una revolución que está pendiente desde hace muchas décadas, incluso siglos; y que por eso están relativamente preparados para ella. Pero esta revolución a la que aspiran los pobres, no es, precisamente, la revolución proletaria, sino en todo caso una revolución democrática que les saque de la miseria, la opresión y el oprobio en que se encuentran, cosa que el capitalismo ya no puede hacer. Se trata, en definitiva, de continuar un camino ya trazado por la historia sin grandes rupturas en su continuidad. Por eso resulta más sencillo en esos países la revolución democrática. En tanto que la verdadera consolidación del proceso revolucionario y su marcha ininterrumpida hacia la meta del comunismo… eso es ya otra historia, para la que se precisa, necesariamente, de la revolución en los países capitalistas más desarrollados. Esto es lo verdaderamente difícil, pero, de nuevo, ésta es la vía… no existe otra.

* * *

La teoría de Mao sobre las particularidades de la contradicción responde a una visión de una realidad y un momento muy concreto del proceso revolucionario de China que, si bien pudo tener éxito y ser aceptada en ese momento, escondía una gran contradicción que con el tiempo se iría agravando hasta hacerse antagónica, irreconciliable con los postulados socialistas y comunistas. De ahí que haya sido utilizada por el revisionismo chino para asentar sobre ella sus tesis contrarrevolucionarias y restauracionistas. Esto quiere decir que al comienzo, durante la etapa de revolución democrática popular, dicha teoría, no obstante su ambigüedad y eclecticismo, era revolucionaria (al menos, en un aspecto), lo que le permitió a Mao hacer importantes contribuciones teóricas y prácticas. Sería más tarde, en el proceso de transición y construcción del socialismo, cuando esa teoría comenzó a mostrar sus lagunas y sus grandes errores. Sin embargo, esos errores nunca serían rectificados por Mao ni por el Partido Comunista de China (PCCh). Así se explican las improvisaciones, los continuos giros a derecha e izquierda del propio Mao y el hecho de que, al final, sus partidarios se vieran desarmados frente a los derechistas, los cuales supieron utilizar aquellos errores, improvisaciones y virajes para imponerse y llevar a cabo sus planes contrarrevolucionarios. De ahí también esa continuidad de la que hablan los denguistas de su línea respecto a la de Mao, una vez depurada ésta de sus errores izquierdistas.

A todo esto contribuyeron indudablemente, tanto las equivocaciones y la posición “rígida” de Stalin como, sobre todo, los atropellos, las intromisiones y la política que pretendieron imponerles a los comunistas chinos los revisionistas soviéticos encabezados por Jruschev y Breznev. Mao criticó y no aceptó nunca esa línea revisionista y la denunció como lo que realmente era: una línea de capitulación ante el imperialismo y de restauración capitalista. Mao también salió en defensa de Stalin y de la revolución soviética, cuyas principales experiencias trató de aplicar a las condiciones de China, después de analizarlas, a la vez que impulsaba la Gran Revolución Cultural Proletaria. Este fue un movimiento fundamentalmente político e ideológico que tenía como principal objetivo criticar el revisionismo y prevenir la restauración del capitalismo en China, destacando como uno de los mayores méritos de Mao.

Pero ni siquiera este importante movimiento revolucionario de masas y las enseñanzas que proporcionó, pudieron suprimir o contrarrestar el lastre político e ideológico que desde tiempo atrás venía arrastrando el PCCH. Esto se demuestra, entre otras cosas, en el hecho de que la restauración del capitalismo en China no ha podido ser evitada. Que este fenómeno se debe a numerosos factores históricos, económicos, políticos, ideológicos, culturales, etc., no cabe dudarlo. No obstante, los más importantes de ellos, en nuestra opinión, son los de tipo ideológico. Además Mao no sólo cometió el gran error que ya hemos analizado, sino que no supo corregirlo a tiempo; hasta se puede asegurar que él mismo fue prisionero de este error, lo que ha permitido a los revisionistas servirse de Mao, de una parte de su obra, para emborronar la otra parte calificada por ellos de izquierdista. Esta circunstancia desarmó a sus seguidores, e hizo que muchos de ellos, incluso en vida de Mao, quedaran desautorizados y aislados, a merced de los contrarrevolucionarios derechistas chinos.

Por otro lado, es bien conocida la crítica que realizara Mao a la concepción de Stalin sobre el problema de la identidad o de la unidad y la lucha de los contrarios, la ley más importante de la dialéctica, en la que aparecen desconectados ambos aspectos. Esta crítica, que nosotros siempre hemos considerado justa, habrá de ser analizada de nuevo. Igualmente son conocidas las referencias que hace Mao en distintos textos a la desconfianza de Stalin respecto a la política del PCCh. Todo esto lo explica Mao como una consecuencia de la rigidez del pensamiento de Stalin, y es verdad que hay mucho de cierto en esa observación. Sin embargo, una cosa es la rigidez de pensamiento, que puede conducir a cometer incluso graves errores, y otra muy distinta los errores de principios que cometió Mao y que están en la base de la desconfianza de Stalin respecto del proceso revolucionario chino. El mismo hecho de que, como reconoce Mao, esa desconfianza de Stalin no desapareciera hasta que China se enfrentó directamente a la agresión del imperialismo yanki en Corea en 1950, es un claro indicador del motivo fundamental de aquella desconfianza, lo que, por demás, se ha visto posteriormente confirmado por la política que está aplicando el revisionismo chino tanto con los EEUU como en relación con el nuevo Estado de la burguesía rusa.

Por supuesto que no se le puede atribuir a Mao esta política y menos aún la que ha conducido a la restauración capitalista en China, de la misma manera que no se le puede atribuir a Stalin la política de traición al socialismo y al internacionalismo que practicaron Jruschev, Breznev y compañía. El problema que nosotros planteamos es otro muy distinto: se trata de la existencia de un desacuerdo en el seno del movimiento comunista, desacuerdo debido, fundamentalmente, a la diversidad de condiciones y al distinto grado de comprensión de la teoría marxista‑leninista, aunque también es verdad que, como casi siempre sucede, fueron sus enemigos revisionistas e imperialistas los que, a fin de cuentas, lo utilizaron en su propio beneficio.

[1] Mao Zedong: “Discurso pronunciado en la II sesión plenaria del VIII Comité Central del Partido Comunista de China”.

[2] Lenin: “Cuadernos filosóficos”.

* Toda la concepción de Mao gira en torno a esa visión unilateral de la contradicción que conduce siempre a “partir de la realidad” inmediata y a perder de vista otros importantes factores de desarrollo. Por eso hay que hacer notar que, si bien la ley de la contradicción es la más importante de la dialéctica, ésta no puede ser, sin embargo, reducida a sólo esa ley. Engels definió la dialéctica como la doctrina de las “leyes que rigen el movimiento y desarrollo de la naturaleza, de la sociedad humana y el pensamiento” (“Anti‑Dühring”). Lo que permite partir siempre de una visión general, que abarque el desarrollo en su conjunto, en el momento de abordar cualquier contradicción o análisis concreto. De lo contrario, lo más probable es que perdamos el norte o nos equivoquemos. Es lo que explica Lenin cuando dice: “El enfoque del espíritu (humano) de una cosa particular, el sacar una copia (= su concepto) de ella no es un acto simple, inmediato, un reflejo muerto en un espejo, sino un acto complejo, dividido en dos, zigzagueante, que incluye la posibilidad de que la fantasía vuele apartándose de la vida; es más: la posibilidad de la transformación (además, una transformación imperceptible, de la cual el hombre no es consciente, del concepto abstracto, de la idea, en una fantasía ( … ). Porque incluso en la generalización más sencilla, en la idea general más elemental (mesa en general), hay cierta partícula de fantasía” (“Cuadernos filosóficos”).

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[3] Mao Zedong: “Sobre la contradicción”.

[4] Lenin: “Sobre el problema de la dialéctica”, “Cuadernos filosóficos”. Obras Completas, tomo 29.

[5] Lenin: “Sobre el problema de la dialéctica”, “Cuadernos filosóficos”. Obras Completas, tomo 29.

[6] Mao Zedong: “Sobre la contradicción”.

** El texto de Mao “Apuntes a los Problemas económicos del socialismo en la URSS”, nunca fue publicado oficialmente en China. Hay que tener en cuenta que el Tomo V de las obras escogidas de Mao, en el que se recogen sus escritos de 1949 a 1957, no apareció hasta 1977. La Comisión del CC encargada de publicar la obra del dirigente chino, anuncia en el prólogo a ese tomo que seguirían editando sucesivamente los tomos siguientes, cosa que, naturalmente, no han hecho los denguistas. Todo lo que Mao pudiera escribir desde 1957 hasta su muerte en 1976 ha sido ocultado por los revisionistas chinos. Sin embargo, algunos de esos textos, particularmente aquellos que tenían un carácter “interno” han podido escapar a la “quema” de los contrarrevolucionarios por haber sido recopilados y publicados por los Guardias Rojos en 1967 y 1969 bajo el título “¡Viva el pensamiento de Mao Tse‑Tung!”. El texto que comentamos está incluido en una de esas recopilaciones de las que se han hecho numerosas traducciones; nuestras citas provienen del libro titulado “La construcción del socialismo en China”, editado por Siglo XXI Argentina Editores, enero de 1976.

*** Subrayado nuestro.

[7] Stalin: “Respuesta al camarada Alexandr Ilich Notkin”.

[8] Ernesto, Guevara: “Consideraciones sobre los costos”.

[9] Stalin: “Respuesta a los camaradas A.V. Sánina y V.G. Vénzher”.

[10] Stalin: “Problemas económicos del socialismo en la URSS”.

[11] Stalin: “Problemas económicos del socialismo en la URSS”.

[12] Stalin: “Problemas económicos del socialismo en la URSS”.

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