La década de la infamia

25 octubre, 2015 por arenaslibertad

Texto "La década de la infamia" 
extraído del informe político del C.C. presentado al
III Congreso del Partido (1993)

Es ya un lugar común afirmar que el régimen de la oligarquía financiera española padece desde hace tiempo una crisis incurable, aunque, a decir verdad, nosotros nunca hemos dejado de hablar de esta crisis por más que aparentara salud y fortaleza. En esto, como en tantas otras cosas, nos hemos distinguido. ¿Cómo, si no, hubiéramos podido combatir al Estado en la forma que lo hemos hecho, de no estar convencidos de su gran debilidad y vulnerabilidad, de no estar convencidos de la crisis que le corroe por dentro, de su aislamiento respecto de las masas populares y de que la política reformista no les había proporcionado la base social ni la estabilidad política que estaban buscando? Nosotros en ningún momento nos hemos dejado engañar por las apariencias y frente a quienes, analizando la situación y el mismo carácter de la reforma desde otra perspectiva y otros intereses, nos han acusado de estar afectados de subjetivismo y de cosas aún peores, siempre hemos expuesto nuestras razones, el análisis marxista-leninista y nuestra firme posición de clase. El examen crítico y la propia experiencia nos habían convencido ya en 1977, o sea, antes de que se hubiera consumado la reforma del régimen, de que, si bien éste había conseguido superar lo que considerábamos «la primera fase de la crisis» (gracias a la colaboración y el apoyo que le habían prestado los carrillistas y otros canallas como ellos), no iba a poder salir del atolladero histórico en el que se hallaba metido, y eso ni con el fascismo de viejo cuño, ni con una farsa del parlamentarismo como la que han representado durante la década felipista de la mentira, la trampa, el robo descarado y la guerra sucia. Esto se debe a la naturaleza monopolista del capitalismo español y también, en no menor medida, al carácter fascista que sigue teniendo el Estado que le sirve de soporte, el cual se ha seguido manteniendo en pie gracias a los retoques «democráticos», cosméticos o de fachada; ése era el verdadero sentido de la reforma. De ahí su debilidad. De ahí también nuestra insistencia en la permanencia de los factores tanto económicos como políticos, ideológicos y culturales que le habían conducido a la crisis y la certeza casi absoluta de que ésta, a no tardar, volvería a reproducirse de forma mucho más agravada. Preveíamos que en lo sucesivo la oligarquía financiera y el imperialismo no iban a tener el importante apoyo y la «legitimación» que habían recibido de parte de los carrillistas y felipistas por haberse éstos «quemado» y desenmascarado durante la reforma.

«La llegada al gobierno de los felipistas -decíamos en el informe al C.C. en Septiembre de 1984-, de esa pandilla de señoritos socialfascistas, ha supuesto para el régimen de la oligarquía un globo de oxígeno que le ha librado momentáneamente de la necesidad de tener que hacer concesiones al movimiento popular». y proseguíamos: «Esta subida al poder de los felipistas, con sus diez millones de votos, recolectados a base de la demagogia más rastrera ya las más depuradas técnicas de imagen y engaño, pudiera parecer a más de un ingenuo un triunfo de la reacción en toda línea. Pero en realidad no es así. Reparemos, siquiera sea por un momento, en las circunstancias en que llegan Felipe, Guerra y cía al Gobierno: después del intento golpista del 23-F y con una UCD acorralada y deshecha por un sinfín de disensiones internas. El bandazo a la derecha que venían exigiendo los militares, la banca y la iglesia se hacía inevitable toda vez que se había conseguido neutralizar a la clase obrera. Pero este ‘golpe de timón’ a la derecha no podía darlo ya un partido como la UCD y menos aún podía hacerlo el Sr. Fraga o los coroneles. El temor a la respuesta popular les condujo a preparar a toda prisa la llegada de los felipistas, cuando todos los planes y previsiones anteriores apuntaban a mantener este partido en la reserva para cuando llegaran los malos tiempos. En este sentido se puede decir que el Gobierno del PSOE supone un gran fracaso político de la oligarquía, al tener que quemar antes de tiempo esta última baza que les quedaba para jugar por la banda de la ‘izquierda’ y quemarla, además, en un tiempo récord, pues los problemas apremian y la nave del Estado no podía mantenerse por más tiempo desguarnecida ante la grave situación económica y los continuos ataques de la guerrilla».

Todo esto que decíamos hace años se ha confirmado en la práctica y constituye hoy día, como ya lo anunciábamos entonces, «el rasgo más destacado» de la nueva fase de la crisis del régimen. No es nada extraño, a nosotros desde luego no nos sorprende en absoluto, el desprestigio y el aislamiento a que han negado el PSOE y todos los demás partidos burgueses junto al conjunto de instituciones o instrumentos en que se basa su dictadura de clase. Como se puede comprender, esto no sucede sólo por asuntos de corrupción como nos quieren hacer creer. No es la primera vez que denunciamos que todo eso no es más que la cortina de humo con la que pretenden ocultar otros problemas más graves y responsabilidades mucho más sangrantes del poder, todas ellas derivadas del estado de las «cañerías» y de las cloacas, donde, según aseguraba Felipe González, se defiende el «Estado de Derecho»: o sea, la guerra sucia, las detenciones arbitrarias, la tortura sistemática, el exterminio de los presos políticos, los asesinatos de los oponentes al sistema, los crímenes del GAL, etc. Todo el mundo, desde la llamada oposición a la pandilla de carroñeros de los medios de comunicación, conoce en todos sus detalles cada uno de esos crímenes y tropelías y, sin embargo, nunca nadie los ha sacado a relucir. Sólo muy recientemente se ha empezado a hablar de ello. La cloaca les ha «reventado», pero tampoco esta vez se deciden a presentar a la ya famosa trama de los GAL y a la guerra sucia como lo que realmente han sido y aún continúan siendo: el componente esencial de la política de terror fascista que siempre ha practicado la oligarquía española, aplicada ahora de otra forma, una forma adaptada a las nuevas circunstancias «democráticas». Nadie ha explicado que esta política es consustancial al Estado español, que de ella se ha servido el capitalismo en España para promover su desarrollo y que es la única política que pueden aplicar para asegurar su continuidad, la explotación, y no verse desbordados por el movimiento revolucionario de las masas. El mérito de la reforma, y en particular de los felipistas, ha consistido en ocultar esa realidad, lo que les ha permitido hacer el trabajo sucio que ningún otro partido burgués podría haber hecho en estas circunstancias. Pero que la guerra sucia es asunto oficial y está programada, financiada y dirigida directamente desde los despachos ministeriales; que fue Felipe González el que, ya desde el discurso de su primera investidura, dio garantías a los golpistas y demás poderes fácticos de que continuaría y aún perfeccionaría en toda su brutalidad, esa misma política de terror… todo esto y otras muchas cosas ya se sabían. ¿Por qué no han hablado de ello durante todo este tiempo, y sólo ahora los órganos de prensa de la «oposición» se han decidido a denunciar algunas cosillas? La razón no es otra que el pacto de silencio que todos los partidos institucionales habían establecido (pacto «Antiterrorista», lo denominaron). Ese pacto, por lo que se ve abarca también la concesión de un indulto para el Amedo y compañía, pues, ciertamente, no resulta muy legal ni «humano» que sean éstos, los peones, quienes paguen por el presidente, los ministros y demás señorías. Claro que ese silencio y colaboración tenían un precio. Así se han ido propagando los sobornos, la prevaricación, las estafas multimillonarias, etc., que han infectado a todo el cuerpo social. Esta ha sido la base sobre la que se ha establecido ese pacto antidemocrático y contrarrevolucionario que todavía se mantiene.

No es sólo la corrupción, sino la creciente oleada de indignación entre las masas populares por todos esos abusos y crímenes, la independencia y radicalización de sus luchas, los continuos progresos del «partido de la abstención» o en otros muchos casos la desvinculación del voto, la extensión del boicot político, de la desobediencia civil y de otras formas de resistencia de los trabajadores, lo que constituye la más clara manifestación de esa crisis que habíamos anunciado con tanta antelación. A esto hay que añadir los efectos de los recientes «ajustes» y «desastres» provocados por la recesión económica y por el fracaso de los planes de integración en Europa; de la irrupción del nacionalismo en sectores de la gran burguesía de Cataluña, el País Vasco, Galicia y Canarias; la aparición del regionalismo, del cantonalismo y otros fenómenos que parecían superados y que refuerzan las tendencias centrífugas y disgregadoras del Estado y de la sociedad.

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