Prensa amarilla y prensa roja

1 noviembre, 2015 por arenaslibertad

Texto "Prensa amarilla y prensa roja" 
extraído de la revista "Resistencia nº58 y nº59, abril y junio de 2002"

La coartada de la libertad de prensa

Prensa amarilla es un término de uso corriente, que nació en los EE.UU. y que después se ha ido extendiendo a todos los demás países como una mancha. Es el equivalente al «sindicalismo amarillo», tipo CCOO-UGT, sólo que con una misión o un cometido diferente.

En España, dentro de la propia profesión periodística, ha sido acuñada recientemente la denominación de sindicato del crimen para marcar a los periodistas que escriben en El Mundo, en el ABC y en otros periódicos. Pero éstos no son, a decir verdad, los únicos criminales, la nómina es mucho más numerosa, como se ha puesto de manifiesto en las denuncias que ellos mismos han realizado de la colaboración del gremio en el terrorismo de Estado y la guerra sucia. Es bien sabido que en esta colaboración (incitación y encubrimiento de la larga cadena de asesinatos, torturas y extorsiones perpetradas por las fuerzas represivas del Estado contra las organizaciones de la resistencia popular), el diario El País se ha llevado la palma (y algo más), sobre todo durante la etapa felipista.

Hoy día toda la profesión periodística, salvo muy escasas excepciones, está infectada de amarillismo, hiede y amarillea cosa mala, aparte de constituir el soporte principal (junto a algunos intelectuales de pacotilla, profesores de universidad, sociólogos y filósofos orgánicos), de los aparatos ideológicos del Estado. Se puede asegurar que en España, salvo en muy cortos períodos y a diferencia de lo sucedido en la mayor parte de los países capitalistas, nunca ha existido una prensa burguesa democrática. De modo que la transición al amarillismo se ha tenido que hacer directamente desde la «Prensa del Movimiento» fascista acaudillado por Franco e integrado por un revoltillo de monárquicos, falangistas y propagandistas católicos. Con estos mimbres se ha tejido el actual entramado mediático del régimen; lo que, por otra parte, explica la lucha «cainita» que mantienen entre sí por las influencias políticas y las prebendas económicas.

Aunque también es verdad que, debido a la relativa autonomía financiera que se han procurado algunos de esos medios – con base en la Banca y en las subvenciones estatales-, entre ellos existen distintos grados de amarillismo o amarillez: unos son de un amarillo rabioso (es el caso de El Mundo); otros son atornasolados (El País); y los hay también de tonos pardos, como el desaparecido Diario 16, el cual dependía casi exclusivamente de la financiación del ministerio de la represión, a cuyos fondos de reptiles se había adherido corno las lapas.

No vamos a juzgar aquí la «línea» editorial de cada uno de esos periódicos, su «estilo» ni los intereses de los grupos políticos y financieros que defienden, pues nos llevaría demasiado lejos. Bástenos, por el momento, con señalar que una de las características más destacadas de esta prensa venal, sobornada por el capitalismo y subordinada a él, es su proclamada «libertad». Esta es su gran coartada, que utilizan todos los días para intoxicar la conciencia de las masas populares y recubrir su truculenta mercadería «informativa». Los marxistas siempre hemos preguntado, como escribió Lenin en 1921:

«¿Qué libertad de prensa? ¿para quién? ¿para qué clase?

«Nosotros no creemos en los “absolutos”. No creemos en la democracia pura.

«La consigna de “libertad de prensa” se hizo universalmente grande en las postrimerías de la Edad Media hasta el siglo XIX. ¿Por qué? Porque era un exponente de la burguesía progresista, es decir, de su lucha contra curas y reyes, contra los señores feudales y los terratenientes.

(…)

«La libertad de prensa en todo el mundo donde hay capitalistas es la libertad para comprar periódicos, para comprar    de escritores, para sobornar, comprar y fabricar la «opinión pública» en favor de la burguesía.

«Esto es un hecho.

«Nadie podrá refutarlo jamás»56

La burguesía puede presumir de la «libertad» de sus periódicos, revistas, editoriales, etc., por que cuenta, no sólo con el dinero, sino también con la organización de sus empresas y el apoyo del Estado para la defensa de sus intereses explotadores frente a los obreros. Todo esto les permite camuflar su aparato de propaganda (compuesto por la prensa, radio, TV, etc.), encargado de organizar el «consenso» sobre el reparto entre ellos del botín de la explotación y de llevar la guerra ideológica permanente contra nosotros, presentándolo en público como si se tratara de una institución «libre» e «independiente», no sólo respecto del Estado, sino también de los partidos oligárquicos y de las empresas industriales, comerciales y financieras. ¡Como si todos esos medios no fueran ellos mismos a grandes empresas capitalistas o no dependieran, en otros casos, de los bancos ni estuvieran sometidos a ellos!

La cuestión clara e indiscutible para aquel que tenga ojos y no se haya dejado comer el tarro, es que ninguno de esos medios son ni pueden ser «independientes» respecto del capital, como pregonan a diario, y, consiguientemente, no pueden estar interesados en defender más verdad ni más libertad que la que les dictan los intereses privados de sus patronos o propietarios.

Todos los productos que fabrican esos medios, la opinión pública que tratan de formar, la selección de las noticias o la elaboración del material «noticiable» llevan ese mismo sello; y claro está que en modo alguno pueden ser «neutrales» en la lucha cada vez más enconada que enfrenta, en éste como en todos los demás terrenos, a la burguesía y al proletariado.

El carácter engañoso y terrorista de la «libertad» y de la «igualdad» burguesas, llevado al terreno de la prensa bajo el régimen de los monopolios, fue puesto al descubierto por Lenin en sus tesis para el II Congreso de la Internacional Comunista celebrado en 1920: «Lo mismo en la Alemania vencida que en la Norteamérica vencedora son puestas en juego todas las fuerzas del aparato estatal de la burguesía y todas las supercherías de sus reyes de las finanzas para arrebatar a los obreros sus periódicos: persecuciones judiciales, detenciones (o asesinatos valiéndose de sus mercenarios) de redactores, prohibición de utilizar los servicios postales, supresión del suministro de papel, etc., etc. Además, el material informativo necesario para un diario se encuentra en manos de las empresas telegráficas burguesas, y los anuncios, sin los que un gran periódico no cubre sus gastos, se hallan a la «libre» disposición de los capitalistas. En suma, la burguesía arrebata al proletariado revolucionario su prensa mediante el engaño y la presión del capital y del Estado burgués».

Esta situación que describe Lenin no ha hecho más que agravarse de día en día, hasta el extremo de que hoy son contados, por no decir inexistentes, lo diarios obreros que merezcan este nombre, pues la burguesía y su Estado ha arrasado con todos ellos. Esta es una realidad que no se puede disimular y de la que es preciso partir si queremos superarla.

Es en estas condiciones donde debemos situar la cuestión de la prensa obrera o prensa roja. Desde luego, este término que empleamos por oposición al amarillismo, no es tan de uso corriente, pues, como acabamos de señalar, la prensa roja u obrera escasea en nuestros días. Esta es una calamidad que no debemos atribuir únicamente a la burguesía, pero, en fin…

Por definición, la prensa roja no puede estar financiada por la Banca, no puede tampoco mantenerse con fondos oficiales ni formar parte, por tanto, del aparato de propaganda de la burguesía, de tal manera que es la única que puede ser verdaderamente libre e independiente en el más amplio sentido de la palabra; aunque también es cierto que no todos los periódicos, revistas, boletines, etc., que aparecen son tan «libres» como aparentan, y menos aún tan «rojos» como proclaman algunas de sus cabeceras y rimbombantes rótulos. En este campo, como en el célebre huerto del Señor, hay de todo, y es necesario decirlo, pues no cabe la menor duda de que las cuestiones políticas e ideológicas desempeñan aquí un papel esencial: son las que realmente determinan el carácter de clase (o el color) de un periódico o una revista.

No vamos a detenernos tampoco en analizar el contenido de ese material, ya que no acabaríamos nunca. A nosotros lo que más nos interesa en este momento es tratar de la prensa comunista, y más concretamente de Resistencia.

Un periódico político, revolucionario y de masas

La prensa comunista siempre ha sido un fiel exponente de la organización y de toda la labor militante del proletariado revolucionario de cualquier país, y en España, desde hace treinta años, ese papel ha correspondido a los tres órganos de expresión editados por nuestro Partido (Bandera Roja, Gaceta Roja y el actual Resistencia) los cuales han delimitado cada una de las más importantes etapas por las que hemos atravesado.

Esto va a continuar siendo así, por más que Antorcha y otros periódicos que podarnos publicar en un plazo más o menos próximo, tengan encomendado también un importante cometido. Los acuerdos tomados en la reunión del Pleno del C.C. celebrada hace ya casi un año (enero de 2000), no dejan lugar a ninguna duda a este respecto. Y conviene subrayarlo, ya que existe entre nosotros una inclinación «irresistible» a vaciar de contenido político Resistencia, para hacer de él un órgano de «masas», y a depositar la «carga» política e ideológica en Antorcha como órgano destinado a los militantes o «intelectuales».

Este plan no se expresa con claridad ni con todas las letras, pero existe de una forma vaga, difusa, y es preciso salirle al paso antes de que se concrete, por cuanto que, no sólo supone una desviación que está restando fuerzas y atención a la tarea principal, sino también porque, de llevarse a cabo, nos situaría tan sólo a un paso de los «economistas», los cuales, como es sabido, siempre se han preocupado por administrar a los trabajadores una buena ración de la «papilla económica».

Esto quiere decir que debemos continuar haciendo un periódico político que sea revolucionario y verdaderamente de masas. Ese periódico es Resistencia, no tenemos otro, a pesar de las numerosas lagunas y limitaciones que presenta. Por lo demás, de sobra sabemos nosotros que con la propaganda sólo no basta, que la propaganda sólo es eficaz y hace mella en los trabajadores cuando es acompañada por la actuación revolucionaria orientada conforme a sus intereses y los objetivos de la organización comunista. Para eso necesitamos editar nuestro periódico.

Ninguna persona con conocimiento de este tipo de labor puede negar lo que en ella hemos avanzado, logrando, además, un grado «envidiable» de regularidad en la publicación, lo que supone toda una proeza si se tienen en cuenta las condiciones de rigurosa clandestinidad en que nos vemos obligados a trabajar. Esto puede ser, como indicaba Lenin, «el barómetro más exacto que nos permite comprobar cuan sólidamente hemos sabido organizar la primordial y más urgente rama de nuestra acción de combate»57. Sin embargo, no podemos darnos por satisfechos con la labor realizada hasta ahora, y eso no sólo por las nuevas demandas que nos plantea el movimiento obrero -que crece a pesar de todos los obstáculos que encuentra en su camino- sino también, porque nadie mejor que nosotros conoce las necesidades y carencias del trabajo que estamos llevando a cabo.

¿Podemos hacerlo mejor?

No hubiéramos formulado esta pregunta sin estar seguros de poder responderla positivamente, o sea, que no dudamos que podemos y llegaremos a crear un órgano que corresponda o satisfaga todas las necesidades de nuestro movimiento; y el primer paso para ello, tal como decimos, ya lo hemos dado. Pero es indudable que aún nos queda un buen trecho por recorrer para llegar a nuestra meta, y que alcanzarla exigirá de todos los militantes del Partido todavía mayores esfuerzos. No hay, pues, que cejar en el empeño. Y conviene repetirlo: «necesitarnos un periódico que sea indefectiblemente un órgano político ya que sin un órgano político es inconcebible en la Europa contemporánea un movimiento que merezca el nombre de político».58

Hay que tener en cuenta que para nosotros esta resulta ser la labor más importante, sobre todo en momentos como los que atravesamos; una labor básica, fundamental, no «superestructural» al modo como la conciben algunos «teóricos», interpretándola como algo que debe marchar por «separado», por encima y de forma independiente de toda la labor de organización de los militantes comunistas, así como de su trabajo político entre las masas. Esa es una concepción falsa, muy por el estilo de la concepción burguesa sobre la «libertad» e «independencia» de la prensa, del «cuarto poder» que supuestamente está situado «en lo alto» de los demás poderes capitalistas. Esta es una superchería que desmienten todos los días los numerosos escándalos que protagoniza en todo el mundo ese «cuarto poder» inmaculado o espumoso de la burguesía

Es cierto que la labor del publicista, del propagandista o del «comunicador» (como se les llama hoy a algunos voceras), reúne características que los distingue de los demás profesionales, pero esto no deja de ser un aspecto secundario e irrelevante determinado por la división del trabajo. Lo que nos importa subrayar es que, para nosotros, la actividad periodística, corno más en general la labor intelectual, es, ante todo, una labor colectiva, ligada a las masas y a todo el trabajo político del Partido.

¡Abajo los literatos sin partido!

«La emancipación de la clase obrera debe de ser obra de los obreros mismos», así se expresan los Estatutos de la Asociación Internacional de Trabajadores o I Internacional, redactados por Marx. Lenin, ateniéndose a este principio programático de todos los comunistas del mundo, escribe a su vez: para el proletariado revolucionario el quehacer literario no sólo «no es un instrumento de lucro para personas o grupos, sino que, generalmente, no puede ser una labor individual, independiente de la causa del proletariado. ¡Abajo los literatos sin partido! ¡Fuera los superhombres de la literatura! La labor literaria debe ser parte de la labor general del proletariado, debe ser “la ruedita y el tornillo” de un único y grandioso mecanismo social-democrata puesto en movimiento por el conjunto de la vanguardia consciente de toda la clase obrera. La labor literaria debe transformarse en una parte integrante de un trabajo partidista socialdemócrata, planificado, cohesionado».59

Esta labor general sólo puede ser realizada, y más aún en las condiciones de clandestinidad en que nos vemos, por una organización política fuertemente cohesionada y disciplinada. Por eso se puede considerar que el «aparato» de propaganda, en su acepción más amplia (es decir, no limitado a los que realizan su trabajo político desde la clandestinidad), forma el armazón fundamental del Partido y la base a partir de la cual se organiza todo el movimiento.

Lenin se refería a esto cuando explicaba: «el periódico es no sólo un propagandista y agitador colectivo, sino también un organizador colectivo. En este último sentido, puede compararse con el andamio de un edificio en construcción, que marca sus contornos, facilita el contacto entre los diversos grupos de obreros, les ayuda a distribuir las tareas y ver el resultado final obtenido gracias a un trabajo organizado».60

Convertir nuestra debilidad en fortaleza

El proletariado revolucionario no dispone de más libertad ni de más medios para confeccionar y distribuir sus periódicos y revistas que los que proporciona su propia organización política y la lucha más abnegada y consecuente por el socialismo. De modo que, hoy más que nunca, tanto su organización como sus órganos de expresión se hallan tan entrelazados y dependen tanto el uno del otro para poder existir, que no es posible separarlos ni establecer diferencia alguna entre ellos.

Nuestra debilidad en el terreno de los medios de propaganda respecto al capital y al aparato del Estado burgués que lo sostiene y defiende frente al movimiento obrero, se puede convertir en fortaleza si logramos hacer de nuestro periódico una obra verdaderamente democrática, colectiva, indestructible. Esto es posible, tal como lo estamos haciendo, desde el momento en que disponemos de un centro clandestino a resguardo de la represión, pero vinculado a toda una amplia red de corresponsales, comités, células, círculos, etc., que suministran buena parte del material informativo para confeccionar el periódico y lo distribuyen, de tal manera que cuanto mas extensa sea dicha red y mas estrechamente ligada se halle ‘a las masas, tanto mas difícil resultará a la policía política cortar sus hilos «invisibles» o desmantelarla.

En ello contribuye también en no poca medida el formato de Resistencia que, aunque bien es verdad que nos limita en las posibilidades técnicas o publicistas, facilita en cambio enormemente la reproducción, poniéndola al alcance de cualquier persona y sin excesivos gastos.

En fin, casi no hace falta repetir que nada de esto sería posible sin el trabajo serio, ordenado, disciplinado y sistemático de ese «intelectual colectivo» que es el Partido y la colaboración de los trabajadores avanzados en la redacción, distribución y pago de nuestros materiales de propaganda. Esta es, además, la única garantía que tenemos los obreros de que un periódico sea realmente nuestro y sirva a nuestros intereses de clase.

*          *          *

La asfixia económica o el jarabe de palo

La burguesía de todos países posee numerosos medios para impedir la edición y difusión de la prensa obrera. En nuestro país, el Estado utiliza también esos medios contra las publicaciones independientes o democráticas, lo que pone al descubierto el carácter fascista del régimen. ¿Cuántos proyectos de periódicos o revistas, promovidos por grupos de gente con «buena voluntad» se ha quedado en el n°0 en estos últimos años? La oligarquía no sólo no puede admitir la existencia de una prensa que divulgue la idea comunistas, que llame a la resistencia contra el régimen hasta acabar con él, ni siquiera tolera una prensa en la que se denuncien los abusos del Gobierno y de sus fuerzas represivas o simplemente critique a las instituciones del Estado, a la Monarquía, al Ejército o a su sacrosanta Constitución. El medio más utilizado para impedirla -y también el que pasa más desapercibido- es el de la asfixia económica. Pero cuando sucede que un periódico o revista cuenta con un buen número de suscripciones o lectores, el apoyo de diferentes colectivos, etc., y logra así los recursos suficientes para mantenerse, el Estado echa mano de la policía y de los jueces. Recordemos la detención del director de Área Crítica y el saqueo de los locales por parte de la policía en 1992 o los cierres del periódico Egin y la revista Aldi Beltza y el encarcelamiento de sus redactores.

Por otro lado, la «libertad de expresión» que se pueda ejercer desde los innumerables fanzines y boletines que son publicados en todos los rincones del país no es algo que preocupe excesivamente al Estado, dado el carácter «marginal» y el restringido ámbito de difusión que éstos tienen; por lo demás, en cuanto uno de ellos alcanza una cierta notoriedad, nada más fácil que aplicarle el jarabe de palo.

Dicho lo cual, es bien fácil de entender que la prensa de nuestro Partido se publique y se difunda de forma clandestina. Pese a los innumerables problemas y dificultades que ello comporta, sólo la clandestinidad garantiza la independencia inherente a la prensa roja.

56 Lenin: Carta a A.G. Miasnikov, 1921.

57 Lenin: ¿Por dónde empezar?.

58 Lenin: ¿Por dónde empezar?.

59 Lenin; La organización del partido y la literatura del partido.

6o Ibídem.

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