Mis ojos ya están secos

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Hoy siento necesidad de hablar con vosotros,
Juan, Francisco, Abelardo…
y también contigo, modesto camarada,
del que ni tan siquiera supe el nombre.
Me he despertado con un peso
oprimiéndome el pecho
y he caído en la cuenta
de que tengo contraída
una demanda con todos vosotros.
A los muertos se les despide muy pronto,
con dos palabras.
Pero detrás de ellos queda toda una vida.
Y si se trata de la vida de unos revolucionarios,
queda algo más que eso:

sois nuestras raíces
y desde la profundidad de la tierra
seguís alimentando
la roja llama de nuestros corazones.

Juan, recuerdo nuestro primer encuentro,
allá, en la playa de la Victoria,
en el invierno de Cádiz.
Te presentaste con una aureola
de largos y ensortijados cabellos.
“Este es un romántico”, pensé yo.
Después supe que habías jurado
consagrarte por entero a la causa
y darlo todo por ella,
hasta la vida si fuera preciso.
Bien sabemos cómo has cumplido ese juramento.

Francisco, hermano:
Nos encontramos en tu domicilio
del barrio parisién de Neulli,
en tiempos ya lejanos
de la V Reunión General de la Organización.
Habíamos recibido noticias uno del otro,
y al abrazarnos,
sentí el contagio de tu ancha sonrisa de niño.
Eras el “hombre fuerte” de la Organización.
Fuerte porque sostenías sobre tus hombros
los restos de un naufragio.
La OMLE fue tu obra.

Y tú, noble Abelardo.
¡Cuánto hemos llorado tu muerte!
Te seguimos nombrando y hablamos de ti
como si nada te hubiese ocurrido.
Mis últimos recuerdos son de la cárcel.
Te veo travieso, siempre atareado,
cavando túneles, “reventado prisiones”.
Tu enorme energía te impulsaba a los primeros puestos.
Nuestro primer encuentro fue en Vigo,
cuando la Huelga General Revolucionaria.
Bastó una mirada para reconocernos.
Contigo estaban de más las palabras. Eras un hombre
de Corazón y de Inteligencia tan clara
como el diáfano azul de tus ojos.
“Hay que unirse” dijiste escuetamente.
Y tus compatriotas te siguieron.
Y todos nos sentimos orgullosos de tenerte.

Inolvidables camaradas:

Manos asesinas os han convertido en mártires.
Pero no os vamos a llorar eternamente.
Mis ojos están ya secos.
Me siento reconfortado con vuestro ejemplo
y miro con una nueva Luz la Vida.

Herrera de la Mancha, 20 Marzo, 1981.

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