Reina de mi corazón

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Dijeron a Rosi
que pasaríamos juntos
unas horas,
cogidos de la mano,
y le han impedido la entrada
los de las negras entrañas.
Rosi lloraba, lloraba
hasta hacer sangrar
mi herida.
Con las manitas
se cubría la cara.
Al marchar
clavó en los míos
sus ojos encendidos
y entonó una canción.
Era como una caricia
de un ángel doliente
de la tierra.
Y se ha ido
con los ojos inundados
en lágrimas.
¡Pobre hija mía!
Yo también me siento
más solo que antes,
triste y perdido
entre los muros
de la cárcel.

24 de abril de 1978

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