Sobre la muerte de la revolución

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agrupemonos todos
Dicen que la revolución ha muerto
sin dejar semilla,
que no podrá florecer,
que agotó inútilmente vida.

Yo aseguro que la revolución
no puede perecer,
que vive en las entrañas mismas
del capitalismo,
que tan sólo podrá ser “negada”,
superada, aumentada, corregida.

La revolución no es cosa de unos días
ni de una noche de cuchillos.
No es un fin sino un camino
largo y sinuoso.
Quienes se desvían de él
no podrán llegar a su destino.

La revolución no es
ni será nunca un buen negocio
para unos pocos.
En este punto, todos estamos de acuerdo.
La revolución une voluntades,
acumula fuerzas dispersas,
solidaridades…

La revolución iguala
en lo que es preciso.
No quita a los pobres
para entregarlo a los ricos.
Saca de donde sobra
para ponerlo donde falta.

La revolución hace infelices
a los canallas,
a los burgueses,
a los egoístas,
a los enfermos del alma.
Les obliga a comportarse
como los humanos
porque se niegan a serlo.

Por eso no la dejaron crecer
y la maldicen.
Por eso fue acosada,
agredida,
hambreada
y saboteada por ellos.

Por eso también no se cansan
de repetir
que la revolución “ha muerto”.

Agosto, 1992.

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