Vivimos en la época del Imperialismo y de la revolución proletaria

24 enero, 2016 por arenaslibertad

Texto "La década de la infamia"
extraído del libro En Defensa del Comunismo
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Hoy podemos afirmar que se ha confirmado la tesis que hemos defendido a lo largo de todos estos últimos años. Y es que, verdaderamente, no puede haber marcha atrás en la evolución de la historia. Esta es la causa profunda del fracaso final del revisionismo y de la crisis que ha provocado, lo cual era previsible que ocurriera, dado el curso que venían siguiendo los acontecimientos. Pero de ahí al restablecimiento del capitalismo, en una situación de crisis generalizada de este sistema, va mucho trecho, un trecho que no se ha podido ni se puede recorrer por más que lo intenten. Y no es que los revisionistas no le hayan facilitado las cosas a la burguesía. Pero unos y otros han chocado con unas barreras, digamos naturales, que nadie, que ninguna fuerza, ni siquiera con todos los arsenales nucleares juntos, podrá nunca romper. Estas barreras son las leyes económicas que gobiernan la vida y el desarrollo de la sociedad. Nosotros, analizando el problema desde este punto de vista, sostenemos que las condiciones objetivo-materiales para la realización del socialismo están prácticamente dadas a nivel general. Ahora bien, los hechos han demostrado que, precisamente por esto, el problema principal que se le plantea al movimiento revolucionario no es de tipo económico, sino esencialmente ideológico y político.

Por el contrario, hay quienes desde otro punto de vista atribuyen la crisis del socialismo a la falta de condiciones económicas para su realización, argumentando que, si el socialismo ha sido derrotado o no puede avanzar, es porque aún existen posibilidades de desarrollo por la vía capitalista. Estas personas parecen ignorar que ya hace bastante tiempo que el capitalismo alcanzó la última fase de su desarrollo, la fase monopolista o imperialista, a partir de la cual comenzó su decadencia en todo el mundo. Esta es una tesis fundamental del marxismo-leninismo que caracteriza nuestra época, la cual se ha hecho más vigente en nuestros días, pues si bien es cierto que el monopolismo no impide todo desarrollo económico, social, científico, etc., hay que tener en cuenta el carácter unilateral de dicho desarrollo, las grandes desigualdades y las nuevas contradicciones que genera en todas partes. Desde que el capitalismo entró en su fase última, monopolista, no existe posibilidad alguna de alcanzar un desarrollo que no conlleve la dependencia económica, política, tecnológica y cultural respecto a las grandes potencias y grupos financieros. Yeso en los países de un nivel de industrialización relativamente alto. ¿Qué pueden hacer el resto, la inmensa mayoría de los países y pueblos del mundo? Estos no tienen más vía para un desarrollo independiente y verdaderamente democrático que empeñarse en la revolución y la construcción del socialismo basándose en sus propias fuerzas; para ellos no existen y nunca han existido dos posibles vías de desarrollo y mucho menos una «tercera», distinta de las ya conocidas. En lo que respecta a los países socialistas es indudable que, de haber existido una vía de desarrollo distinta a la vía socialista, ésta habría obrado a favor de una rápida restauración del capitalismo y se habría implantado hace ya tiempo en aquellos países regidos por el revisionismo.

Los acontecimientos recientes de Rusia, de Polonia, de Eslovenia, de Bulgaria, etc., ilustran bastante bien lo que decimos: no hay salida a la crisis por la vía capitalista, en la marcha atrás de todo proceso histórico. Y es el intento de buscar por ahí una salida lo que ha provocado el gran desastre que estamos presenciando y los aún mayores que habremos de presenciar. Porque la burguesía nunca va a reconocerlo, y menos aún va a renunciar a sus privilegios. Este es el profundo significado del momento en que vivimos.

Lo que supone una estupidez, y más que eso, un crimen imperdonable, es creer que el socialismo, como toda verdadera revolución, puede afianzarse y avanzar sin imponer una férrea dictadura sobre la burguesía y una amplia democracia popular; que el socialismo puede triunfar sin librar una lucha permanente, y en todos los terrenos, contra las clases explotadoras y sin movilizar a las masas, sin despertar su entusiasmo, para resolver los numerosos problemas y contradicciones que se plantean; y más estúpido y criminal aún resulta pensar que la revolución pueda contar alguna vez con la ayuda o colaboración del imperialismo. Sin embargo, como todo el mundo sabe, ésta ha sido la concepción que ha predominado en las últimas décadas en el movimiento obrero y popular, por lo que no exageramos lo más mínimo cuando aseguramos que ha sido esa «línea», y no los factores de tipo económico, ni la supuesta «superioridad» o «vitalidad» del sistema capitalista, la causa principal de la crisis y de todos los desastres que han sobrevenido.

Ha sido esa misma concepción revisionista, reformista, burguesa, la que, a despecho de todas las evidencias, ha continuado prevaleciendo en la URSS durante los años de la «Perestroika» y aún más recientemente. Este hecho revela también la debilidad del movimiento comunista, lo que no ha hecho sino alejar aún más a las masas del puñado de sedicentes reformadores, hasta colocar a un considerable número de trabajadores a remolque de los aventureros agentes del imperialismo, frente a cuyas iniciativas los juegos florales parlamentarios y los ejercicios escolares de «constitucionalismo» se han mostrado completamente ineficaces. La cuestión es que ahora la reacción burguesa no va a dejarse desalojar de una manera pacífica y parlamentaria de las posiciones que ha ocupado aprovechando la desorganización, la confusión y el caos que ella misma ha provocado; Tendrá que ser la lucha política de resistencia, combinada con la lucha armada, la que la desaloje.

¿Quién dijo que la historia había terminado? Para eso tendría que acabar con la humanidad, y aun así podemos estar seguros de que ésta surgiría de nuevo. Lo mismo cabe decir de la «muerte» del marxismo. Francamente, a mí me parece que hoy está más vivo que nunca antes. Lo que ocurre es que la burguesía necesita enterrarlo de vez en cuando para ver si de este modo se salva ella misma de la muerte segura, cuyo aliento siente cada vez más cerca. Esto es lo que demuestra la prolongada crisis rusa.

No se sabe cuánto tiempo podrá durar aún esta crisis, pero lo que sí sabemos con certeza absoluta es que, independientemente de los giros o virajes que habrá de tomar la lucha de clases en aquel país y de la repercusión que ésta pueda tener en el plano internacional, el comunismo habrá de triunfar allí, en un plazo no muy lejano. La fuerza de las leyes económicas, determinantes siempre en última instancia, acabará por realizar su obra. De esto hemos estado y seguiremos estando completamente convencidos.

No hay pues motivos para temer la lucha. Vivimos en una época revolucionaria, de transición de un modo de producción caduco a otro nuevo; una época en la que, tal como ya advirtió Lenin, son necesarias e inevitables las crisis prolongadas y los enfrentamientos armados. ¿De qué serviría lamentarse por ello? Además, no debemos perder de vista que la sociedad, cualquiera que sea su carácter, no avanza ni se desarrolla siguiendo una línea recta, sino zigzagueante.

Lo que desde luego no va a ocurrir, por más que presionen, es que Rusia se convierta en una colonia del imperialismo, en una nueva república bananera dependiente de EEUU o de la gran Alemania. Para conseguir esto, los Estados imperialistas necesitarían contar con mucha más fuerza de la que realmente poseen; haría falta, además, tener resueltos los problemas en su propia casa y los que les mantienen cada día más enfrentados entre sí. Por eso prometen al mismo tiempo que amenazan, pero saben muy bien lo que se juegan. No ignoran que están sentados encima de un polvorín. Evidentemente resultaba mejor para todos ellos la situación de antes, cuando tenían a los revisionistas al frente de todos esos países, haciendo de muro de contención de la lucha. Pero una vez que éstos han sido desenmascarados por el propio desarrollo de los acontecimientos como unos vulgares lacayos, vendeobreros y vendepatrias, ¿qué porvenir les queda a los tiburones imperialistas ya toda su morralla y clientela? Para los pueblos que formaban la Unión Soviética, el socialismo, el internacionalismo y la unidad del Estado es una cuestión de vida o muerte; también lo es, como ya se ha demostrado, proseguir la revolución desde donde fue interrumpida para alcanzar la meta del comunismo. Sólo así podrán sortear el peligro de aniquilación y lograr todas sus aspiraciones. De cualquier otra manera, jamás conseguirán salir adelante.

Ahora resulta claro que ha sido gracias a los enormes esfuerzos y sacrificios realizados por todos los pueblos que integraron la Unión Soviética como se ha podido garantizar la paz, el progreso casi ininterrumpido y una situación internacional favorable para todos los trabajadores del mundo. Resulta igualmente claro hoy día que Stalin y los «stalinistas», pese a sus errores, no enterraron al socialismo, sino que fueron los que, en medio de enormes dificultades, lo construyeron y lo defendieron con firmeza, erigiéndose así en el principal obstáculo que encontró la burguesía y sus agentes revisionistas en su loca carrera restauracionista; en realidad, la crítica al «culto a la personalidad» de Stalin no encubría sino el ataque más feroz al leninismo y a toda la obra de la revolución de Octubre. A la luz de todas las experiencias acumuladas, ¿no estaba más que justificada la forma que adoptó la dictadura proletaria en la época de Stalin contra las conspiraciones, los crímenes y los sabotajes organizados por el imperialismo y las fuerzas reaccionarias internas?

En los últimos años la contrarrevolución se ha presentado bajo la bandera de la democracia y los derechos humanos. Pero pronto se ha visto a dónde conduce todo eso en las condiciones del imperialismo: a la reacción más negra que jamás haya existido, a la dictadura sangrienta de los sectores más degenerados y aventureros de la sociedad, puestos, además, al servicio del capital financiero internacional. Con ello han quedado al descubierto todas las cartas. Resulta que antes la democracia y el parlamentarismo burgués eran necesarios; hasta se consideraban como una causa sagrada e inviolable. Se trataba, evidentemente, de destruir lo que restaba del poder de los trabajadores, de despojarlos completamente de sus conquistas y de someterlos de nuevo al régimen de servidumbre y a la esclavitud asalariada. Pero como eso no está resultando tan fácil como imaginaban los Jruschov, los Gorbachov, los Yeltsin y Cía, y se intensifica todos los días y en todas partes la lucha y la resistencia contra la restauración y los restauradores, tienen éstos que arrancarse la máscara y apelar a las medidas de fuerza. Para eso, claro está, la democracia ya no les sirve, ya no es tan importante ni tiene nada de santa. Puede ser violada apenas nacida.

Es la misma lógica que ha aplicado la burguesía monopolista en todos los países cuyos pueblos se resistían a ser despojados de sus derechos y libertades por una banda de crápulas y aventureros fascistas; la misma que ha  llevado a los Estados imperialistas a desencadenar dos guerras mundiales, a mantener durante décadas al mundo entero bajo la permanente amenaza de destrucción y la que hoy día les empuja de nuevo a enfrentarse. La cuestión es que la burguesía no puede dejar de comportarse de esa manera en épocas de crisis, ya que está en la naturaleza misma del capital procurar las condiciones que le permiten mantener la tasa de ganancia, aunque para ello tenga que aniquilar a más de la mitad de la población del mundo. Esta es la causa principal de todos los males, conflictos, masacres, lacras sociales e innumerables sufrimientos que padece hoy día la humanidad y no podrán terminar mientras no se acabe con el sistema que los origina.

Bien es verdad que, en relación a lo que fue la URSS y los países socialistas del Este de Europa, no todo lo que ha sucedido puede ser atribuido a la burguesía y a los factores externos, es decir, a la presión, el bloqueo y el chantaje imperialista. Enfocar esta cuestión desde ese punto de vista resultaría erróneo. Por este motivo hace falta un análisis serio, marxista-leninista, de la etapa de Stalin y del período posterior que arroje luz y aclare muchos de los problemas que aún habremos de enfrentar en el futuro. Nosotros ya hemos avanzado algunas ideas y puntos de vista, sirviéndonos principalmente de los textos de Mao que resumen estas experiencias. De entre ellas destacamos las que se refieren a los aspectos ideológicos y políticos por considerar que han sido verdaderamente decisivas. La posición de nuestro Partido sobre este importante problema que se plantea hoy al movimiento revolucionario es bien conocida: sostenemos que no han sido los factores económicos ni la influencia externa, sino las contradicciones internas, propias de la sociedad socialista, las que principalmente han conducido a la crisis. El problema principal reside en que no se ha sabido captar la naturaleza de dichas contradicciones ni se les ha dado un justo tratamiento. Este ha sido el factor determinante del proceso de estancamiento, crisis y contrarrevolución: el abandono de los principios revolucionarios marxistas-leninistas y de la línea de masas, la renuncia a ejercer de manera resuelta la dictadura de clase sobre la burguesía, la instrumentalización del P.C. por parte del Estado y del Gobierno, las concesiones ideológicas y políticas hechas a la burguesía y a sus agentes revisionistas, la política de los estímulos materiales individuales, el fomento de los «valores» y modas del Occidente capitalista… con todo lo cual se ha ido creando el caldo de cultivo para que se extendiera entre los trabajadores el desinterés por la actividad económica, social y política, se ha fortalecido a la burguesía y se le ha facilitado la labor de zapa al imperialismo.

El revisionismo decidió suprimir por decreto la existencia de las clases y sus luchas, al objeto de poder convertir al proletariado en un mero instrumento de la producción. Para esto debía ser desarmado en todos los terrenos, comenzando por despojarlo de su propia identidad de clase y de su historia de lucha. No sospechaban que de esa manera daban entrada en su dominio privado a los burócratas y representantes directos de la burguesía y el imperialismo, los cuales habrían de darles la patada en el trasero cuando ya no los necesitaran. Así se explica lo «inexplicable»: la destrucción del Estado y la indiferencia y pasividad con que fue acogido por los obreros este hecho en los primeros momentos. Afortunadamente, esa fase de la crisis ya ha concluido. Ahora, como ya anunciamos a su debido tiempo y la realidad está corroborando, se ha entrado en una nueva fase que habrá de deparar algunas sorpresas. La historia, pues, no ha terminado.

El comunismo sale indemne de esta situación y habrá de ser el que a la larga se beneficie de ella, entre otras razones porque, como hemos visto, no es nuestra crisis y también porque la que hemos padecido podemos considerar que, con todos esos resultados, ya ha sido superada en sus aspectos ideológicos y políticos.

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